Essay · Austrian School · 1896

La conclusión del sistema marxiano

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1896
Summary

En este escrito polémico, publicado en 1896, Eugen von Böhm-Bawerk examina si el tercer volumen de El capital de Marx, publicado de manera póstuma, resuelve la contradicción anunciada en el primer volumen: que las mercancías se intercambian, por un lado, según el trabajo incorporado en ellas y, por otro lado, capitales de igual magnitud arrojan igual beneficio. Böhm-Bawerk expone primero la teoría marxiana del valor y de la plusvalía, así como la teoría de los precios de producción; luego descompone cuatro argumentos con los que Marx sostiene la vigencia continuada de la ley del valor, y concluye que el tercer volumen reniega del primero. En la cuarta sección reconduce el error a una derivación puramente dialéctica del teorema del valor-trabajo, desligada de la experiencia y del análisis psicológico. Una sección final se ocupa críticamente del intento de rescate de Werner Sombart, que interpreta el valor marxiano como un mero hecho mental.

NOTA PRELIMINAR

Como escritor, Karl Marx ha sido un hombre de una dicha envidiable. Nadie querrá sostener que su obra pertenezca a los libros de fácil lectura y fácil comprensión. Un lastre considerablemente menor de dialéctica difícil y de deducciones fatigosas que trabajan con aparato matemático habría bastado, en la mayoría de los demás libros, para convertirse en un obstáculo insuperable a la hora de abrirse camino hacia el gran público. Y, no obstante, Marx se ha convertido en un apóstol para los círculos más amplios, y precisamente para aquellos círculos que de ordinario no tienen por costumbre la lectura de libros difíciles. Por lo demás, sus argumentaciones dialécticas no poseían en absoluto una fuerza y una claridad incuestionablemente convincentes. Al contrario: hombres que figuraban entre los pensadores más serios y dignos de nuestra ciencia, como Carl Knies, habían formulado desde el primer instante el reproche, ciertamente nada fácil de desestimar y respaldado por argumentos de peso, de que la doctrina marxiana adolece ya en su propio fundamento de contradicciones lógicas y de hecho de toda índole. Así pues, a la obra marxiana fácilmente le habría podido suceder que no hallara buena acogida en ninguna parte del público: no en el gran público, porque éste no entendía en absoluto su difícil dialéctica, y no en los especialistas, porque éstos la entendían demasiado bien, a ella y a sus debilidades. De hecho, las cosas han ocurrido de otro modo.

Tampoco fue un obstáculo para el influjo de la obra marxiana la circunstancia de que en vida del autor permaneciera siendo un torso. Por lo demás, suele uno desconfiar de manera especial —y no sin razón— precisamente de los primeros volúmenes aislados de sistemas nuevos. En las «partes generales» pueden, en efecto, exponerse muy hermosamente principios generales; pero si poseen realmente la fuerza resolutiva que su autor les atribuye, eso sólo se pone a prueba en el desarrollo del sistema, sólo cuando se los contrasta uno tras otro con todos los hechos particulares. Y en la historia de las ciencias no son nada raros los casos en que a un primer volumen enviado al mundo con esperanza y grandes pretensiones jamás llegó a seguir un segundo, pese a la vida y la buena salud del autor, precisamente porque la nueva idea fundamental no pudo superar la prueba de fuego de los hechos concretos ante el propio autor, que miraba con mayor detenimiento. Karl Marx no padeció bajo semejante desconfianza. La masa de sus partidarios le adelantó, sobre la base del primer volumen, una confianza crédula y desmesurada también respecto del contenido de los volúmenes del sistema aún no escritos.

Esta fe a crédito fue sometida en un caso a una prueba particularmente dura. Marx había enseñado en su primer volumen que todo valor de las mercancías se funda en el trabajo encarnado en ellas y que, en virtud de la «ley del valor», las mercancías deben, por tanto, intercambiarse en proporción al trabajo encarnado en ellas: que, además, el beneficio o plusvalor que corresponde a los capitalistas es el fruto de una explotación ejercida sobre los trabajadores, pero que la magnitud del plusvalor no guarda proporción con la magnitud del capital total empleado por el capitalista, sino únicamente con la magnitud de la parte «variable» del mismo, es decir, la empleada en el pago de salarios, mientras que el llamado capital «constante», empleado en la compra de medios de producción, no puede «producir plusvalor». De hecho, sin embargo, en la vida real la ganancia del capital está en proporción con el capital total invertido, y —cosa que en buena parte guarda relación con ello— de hecho las mercancías tampoco se intercambian en proporción a la cantidad de trabajo encarnada en ellas. Había aquí, pues, una contradicción entre el sistema y los hechos, cuya resolución satisfactoria apenas parecía posible. Al propio Marx no le había pasado inadvertido el conflicto que tenía ante sí. Dice al respecto: «Esta ley» —a saber, que el plusvalor está en proporción únicamente con los componentes variables del capital— «contradice manifiestamente toda experiencia fundada en la apariencia». Pero prosigue declarando que la contradicción es meramente aparente, cuya solución requiere todavía muchos eslabones intermedios y queda prometida para volúmenes posteriores de su obra. La crítica erudita, ciertamente, creyó poder profetizar con toda determinación que Marx nunca podría cumplir esa promesa, por ser la contradicción irreconciliable, y procuró demostrarlo detalladamente. Sin embargo, sobre la masa de sus partidarios estas deducciones no causaron impresión alguna; la mera promesa de Marx valía para ellos más que todas las contrapruebas lógicas.

La tensión creció cuando también el segundo volumen de su obra, publicado ya tras la muerte del maestro, no aportó ni el anunciado intento de solución, que según el plan de la obra entera estaba reservado al tercer volumen, ni siquiera la más leve indicación acerca de en qué dirección se proponía Marx buscar la solución. En cambio, el prólogo del editor Friedrich Engels contenía, por un lado, el anuncio nuevamente determinado de que en el manuscrito dejado por Marx se hallaba la solución, y, por otro, un desafío público dirigido en principio a los partidarios del rival literario Rodbertus, a intentar por su propia cuenta, en el intervalo hasta la aparición del tercer volumen, la solución del enigma de «cómo no sólo sin violación de la ley del valor, sino más bien sobre la base de la misma, puede y debe formarse una tasa media de ganancia igual».

Tengo por uno de los más brillantes homenajes que podían rendirse al pensador Marx el hecho de que aquel desafío haya sido acogido tan numerosamente, y por cierto desde círculos mucho más amplios que aquellos a los que en principio había sido dirigido. No sólo partidarios de Rodbertus, sino también hombres del propio bando de Marx e incluso economistas que no rendían pleitesía a ninguno de estos dos cabezas de la teoría socialista, sino que probablemente habrían sido calificados por Marx de «economistas vulgares», se esforzaron a porfía por penetrar en la presunta estructura de los razonamientos marxianos aún envueltos en misterio. Entre 1885, año de aparición del segundo volumen, y 1894, año de aparición del tercer volumen de El Capital de Marx, se desarrolló una verdadera literatura de acertijos en torno a las «ganancias medias» y su relación con la «ley del valor». Ciertamente, ninguno de los concursantes se llevó el premio, como hizo constar el ya también fallecido Fr. Engels en el juicio que sobre ellos pronunció en su prólogo al tercer volumen.

Con la largamente demorada aparición de este volumen final del sistema marxiano, la cuestión ha entrado por fin en el estadio de la decisión definitiva. De la mera promesa de una solución cada cual podía hacer tanto o tan poco caso como quisiera. Promesas por un lado y razones por el otro eran, en cierto modo, inconmensurables. Tampoco los partidarios de la teoría marxiana tenían por qué reconocer los éxitos obtenidos contra intentos ajenos de solución, por mucho que éstos, según la opinión y el empeño de sus autores, estuviesen concebidos en el espíritu de dicha teoría: siempre podían apelar de la copia fallida al original prometido. Ahora éste ha salido por fin a la luz, y con ello se ha ganado, para la disputa de treinta años, un campo de batalla firme, estrecha y claramente delimitado, dentro del cual ambas partes, en vez de aplazar las cosas remitiéndolas continuamente a futuras revelaciones o de saltar a interpretaciones inauténticas que se desplazan como Proteo, han de mantenerse firmes como es debido y dirimir la cuestión. ¿Resolvió el propio Marx su enigma? ¿Su sistema concluido permaneció fiel a sí mismo y a los hechos, o no?

Chapter I.

LA TEORÍA DEL VALOR Y DEL PLUSVALOR

Los pilares fundamentales del sistema marxiano son su concepto de valor y su ley del valor. Sin ellos sería imposible, como Marx repite a menudo, todo conocimiento científico de los procesos económicos. El modo en que deriva ambos ha sido expuesto y comentado innumerables veces. No obstante, en aras de la conexión, hemos de recapitular brevemente los eslabones más esenciales de su razonamiento.

El campo de investigación que Marx emprende explorar para «dar con la pista del valor» (I. 23)1 lo limita de entrada a las mercancías, por las cuales, en su sentido, no hemos de entender, con seguridad, todos los bienes económicos, sino únicamente los productos del trabajo elaborados para el mercado⁶. Comienza con el «análisis de la mercancía» (I. 9). La mercancía es, por un lado, en cuanto cosa útil que mediante sus propiedades satisface necesidades humanas de cualquier índole, un valor de uso; por otro lado, constituye el soporte material del valor de cambio. Sobre este último pasa ahora el análisis. «El valor de cambio aparece de entrada como la relación cuantitativa, la proporción, en que valores de uso de una clase se intercambian por valores de uso de otra clase, una relación que cambia constantemente con el tiempo y el lugar». Parece, pues, ser algo casual. Sin embargo, en este cambio tiene que haber algo permanente, cuya pista emprende rastrear Marx. Lo hace a su conocida manera dialéctica. «Tomemos dos mercancías, por ejemplo trigo y hierro. Sea cual fuere su relación de intercambio, siempre es representable en una ecuación en la que una cantidad dada de trigo se iguala a una cantidad cualquiera de hierro, por ejemplo 1 quarter de trigo = a quintales de hierro. ¿Qué dice esta ecuación? Que en dos cosas distintas existe algo común de la misma magnitud, en 1 quarter de trigo e igualmente en a quintales de hierro. Ambos son, por tanto, iguales a un tercero, que en sí y por sí no es ni lo uno ni lo otro. Cada uno de los dos, en cuanto valor de cambio, tiene, pues, que ser reducible a este tercero».

«Este algo común» —prosigue Marx— «no puede ser una propiedad geométrica, física, química o cualquier otra propiedad natural de las mercancías. Sus propiedades corpóreas sólo entran en consideración, en general, en cuanto las hacen utilizables, es decir, en cuanto valores de uso. Por otra parte, sin embargo, la relación de intercambio de las mercancías se caracteriza manifiestamente por la abstracción de sus valores de uso. Dentro de ella, un valor de uso vale exactamente lo mismo que cualquier otro, con tal de que esté presente en la debida proporción. O, como dice el viejo Barbon: "Una clase de mercancía es tan buena como la otra si su valor de cambio es igual de grande. No existe diferencia ni distinción alguna entre cosas de igual valor de cambio". En cuanto valores de uso, las mercancías son ante todo de cualidad diversa; en cuanto valores de cambio, sólo pueden ser de cantidad diversa, no contienen, por tanto, ni un átomo de valor de uso».

«Si se prescinde ahora del valor de uso de los cuerpos de las mercancías, sólo les queda una propiedad, la de ser productos del trabajo. Sin embargo, también el producto del trabajo se nos ha transformado ya entre las manos. Si abstraemos de su valor de uso, abstraemos también de los componentes y formas corpóreas que lo convierten en valor de uso. Ya no es mesa, ni casa, ni hilo, ni ninguna otra cosa útil. Todas sus cualidades sensibles están borradas. Tampoco es ya el producto del trabajo de carpintería, o del trabajo de construcción, o del trabajo de hilatura, o de cualquier otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo desaparece el carácter útil de los trabajos representados en ellos; desaparecen, por tanto, también las diversas formas concretas de estos trabajos; ya no se distinguen, sino que están todos reducidos a igual trabajo humano, a trabajo humano abstracto.»

«Consideremos ahora el residuo de los productos del trabajo. Nada ha quedado de ellos salvo esa misma objetualidad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, es decir, del gasto de fuerza de trabajo humana sin atención a la forma de su gasto. Estas cosas ya sólo representan que en su producción se ha gastado fuerza de trabajo humana, que se ha acumulado trabajo humano. En cuanto cristales de esta sustancia social que les es común, son: valores.»

Con ello se ha hallado y determinado el concepto de valor. Según su forma dialéctica, no es idéntico al valor de cambio, pero está con él, como ya desde ahora quisiera dejar establecido, en la relación más íntima e inseparable: es una especie de destilado conceptual del valor de cambio. Es, por hablar con las propias palabras de Marx, «lo común que se representa en la relación de intercambio o valor de cambio de las mercancías», así como, a la inversa, «el valor de cambio es el modo de expresión o la forma de manifestación necesaria del valor» (I. 13).

De la determinación del concepto de valor avanza Marx a la exposición de su medida y su magnitud. Puesto que el trabajo es la sustancia del valor, consecuentemente también la magnitud del valor de todos los bienes se mide por la cantidad de trabajo contenida en ellos, o bien por el tiempo de trabajo. Pero no por aquel tiempo de trabajo individual que casualmente necesitó precisamente el individuo que confeccionó el bien, sino por el «tiempo de trabajo socialmente necesario», que Marx define como el «tiempo de trabajo requerido para representar un valor de uso cualquiera con las condiciones de producción socialmente normales existentes y con el grado social de destreza e intensidad del trabajo» (I. 14). «Sólo la cantidad de trabajo socialmente necesario, o el tiempo de trabajo socialmente necesario para la elaboración de un valor de uso, es lo que determina su magnitud de valor. La mercancía individual vale aquí, en general, como ejemplar medio de su clase. Las mercancías en las que están contenidas cantidades de trabajo de igual magnitud, o que pueden elaborarse en el mismo tiempo de trabajo, tienen por ello la misma magnitud de valor. El valor de una mercancía se relaciona con el valor de cualquier otra mercancía como el tiempo de trabajo necesario para la producción de la una con el tiempo de trabajo necesario para la producción de la otra. En cuanto valores, todas las mercancías son sólo determinadas masas de tiempo de trabajo coagulado».

De todo ello se deriva ahora el contenido de la gran «ley del valor», que es «inmanente al intercambio de mercancías» (I. 141, 150) y rige las relaciones de intercambio. Dice, y según lo precedente no puede decir otra cosa, que las mercancías se intercambian entre sí según la proporción del trabajo medio socialmente necesario encarnado en ellas (por ejemplo I. 52). Otras formas de expresión de la misma ley son que las mercancías «se intercambian por sus valores» (por ejemplo I. 142, 183, III. 167), o que se «intercambia equivalente por equivalente» (por ejemplo I. 150, 183). Cierto es que en el caso particular, según las oscilaciones momentáneas de la oferta y la demanda, aparecen también precios que están por encima o por debajo de los valores. Pero estas «constantes oscilaciones de los precios de mercado... se compensan, se anulan recíprocamente y se reducen ellas mismas al precio medio como su regla interna» (I. 151, nota 37) (MEW 23, p. 180). A la larga, «en las relaciones de intercambio casuales y siempre fluctuantes» se impone, no obstante, siempre «el tiempo de trabajo socialmente necesario por la fuerza, como ley natural reguladora» (I. 52). Marx designa esta ley como la «ley eterna del intercambio de mercancías» (I. 182), como «lo racional», como «la ley natural del equilibrio» (III. 167): los casos, que sin duda se dan, como ya se ha dicho, en que las mercancías se intercambian a precios que se apartan de sus valores, han de considerarse, en relación con la regla, como «casuales» (I. 150, nota 37), y la desviación misma como «violación de la ley del intercambio de mercancías» (I. 142).

Sobre estos fundamentos de la teoría del valor erige luego Marx la segunda parte de su edificio doctrinal, su célebre doctrina del «plusvalor». Investiga la fuente de la ganancia que los capitalistas extraen de sus capitales. Los capitalistas adelantan una cierta suma de dinero, la transforman en mercancías y luego transforman éstas de nuevo —con o sin un proceso de producción intermedio— mediante la venta en más dinero. ¿De dónde procede este incremento, este excedente del dinero extraído sobre la suma de dinero originalmente adelantada, o, como lo llama Marx, el «plusvalor»?

Marx delimita primero, a su modo peculiar de exclusión dialéctica, las condiciones del problema. Expone en primer lugar que el plusvalor no puede surgir ni de que el capitalista, como comprador, compre las mercancías regularmente por debajo de su valor, ni de que, como vendedor, las venda regularmente por encima de su valor. El problema se presenta, pues, del siguiente modo: «Nuestro... poseedor de dinero tiene que comprar las mercancías por su valor, venderlas por su valor y, sin embargo, al final del proceso extraer más dinero del que arrojó en él... Estas son las condiciones del problema. Hic Rhodus, hic salta!» (I. 150 ss.).

La solución la encuentra ahora Marx en que existe una mercancía cuyo valor de uso posee la peculiar condición de ser fuente de valor de cambio. Esta mercancía es la capacidad de trabajo o la fuerza de trabajo. Se ofrece en venta en el mercado bajo la doble condición de que el trabajador sea personalmente libre —pues de lo contrario no estaría en venta su fuerza de trabajo, sino su persona entera, como esclavo— y de que el trabajador esté desprovisto de «todas las cosas necesarias para la realización de su fuerza de trabajo», pues de lo contrario preferiría producir por cuenta propia y ofrecer en venta sus productos en lugar de su fuerza de trabajo. Mediante el comercio con esta mercancía adquiere ahora el capitalista el plusvalor. Del modo siguiente.

El valor de la mercancía «fuerza de trabajo» se rige, igual que el de cualquier otra mercancía, por el tiempo de trabajo necesario para su reproducción, esto es, en este caso, por el tiempo de trabajo necesario para producir tantos medios de subsistencia cuantos resulten necesarios para la conservación del trabajador. Si, por ejemplo, para la producción de los medios de subsistencia necesarios para un día se requiere un tiempo de trabajo social de 6 horas, y si al mismo tiempo, como queremos suponer, este mismo tiempo de trabajo está encarnado en 3 chelines de oro, entonces la fuerza de trabajo de un día se podrá comprar por 3 chelines. Una vez que el capitalista ha cerrado esta compra, el valor de uso de la fuerza de trabajo le pertenece, y lo realiza haciendo que el trabajador trabaje para él. Si lo hiciera trabajar diariamente sólo tantas horas cuantas están encarnadas en la propia fuerza de trabajo, y cuantas había tenido que pagar al comprarla, no surgiría plusvalor alguno. Pues, según el supuesto, 6 horas de trabajo no pueden añadir al producto en que se encarnan un valor mayor de 3 chelines; pero el capitalista ha pagado también esa misma cantidad en salario. Sin embargo, los capitalistas no obran así. Aunque hayan comprado la fuerza de trabajo a un precio que corresponde sólo a un tiempo de trabajo de seis horas, hacen que el trabajador trabaje para ellos todo el día. Ahora están encarnadas en el producto creado durante ese día más horas de trabajo que las que el capitalista tuvo que pagar; tiene, por tanto, un valor mayor que el salario pagado, y la diferencia es «plusvalor», que corresponde al capitalista.

Un ejemplo. Supongamos que un trabajador puede hilar 10 libras de algodón en 6 horas. Supongamos que este algodón ha requerido para su propia producción 20 horas de trabajo y posee, en consecuencia, un valor de 10 chelines. Supongamos, además, que el hilador, durante las seis horas de trabajo de hilatura, desgasta en herramienta tanto como corresponde a un trabajo de cuatro horas y representa, por tanto, un valor de 2 chelines: entonces el valor total de los medios de producción consumidos en la hilatura ascenderá a 12 chelines, correspondientes a 24 horas de trabajo. En el proceso de hilatura, el algodón «absorbe» otras 6 horas de trabajo más: el hilado terminado es, por tanto, en total el producto de 30 horas de trabajo y tendrá, en consecuencia, un valor de 15 chelines. Bajo el supuesto de que el capitalista haga trabajar al trabajador contratado sólo 6 horas al día, la elaboración del hilo también le ha costado al capitalista 15 chelines completos: 10 chelines de algodón, 2 chelines de desgaste de herramientas, 3 chelines de salario. No aparece plusvalor alguno.

Muy distinto es el caso si el capitalista hace trabajar al trabajador 12 horas diarias. En 12 horas, el trabajador transforma 20 libras de algodón, en las que ya están encarnadas previamente 40 horas de trabajo y que valen, por tanto, 20 chelines; desgasta además en herramientas el producto de 8 horas de trabajo por valor de 4 chelines, pero añade a la materia prima, durante un día, 12 horas de trabajo, es decir, un valor nuevo de 6 chelines. Ahora el balance queda del siguiente modo. El hilo producido durante un día ha costado en total 60 horas de trabajo, tiene, por tanto, un valor de 30 chelines; los desembolsos del capitalista ascendieron a 20 chelines de algodón, 4 chelines de desgaste de herramientas y 3 chelines de salario, es decir, en conjunto sólo 27 chelines; queda ahora un «plusvalor» de 3 chelines.

El plusvalor es, por tanto, según Marx, una consecuencia de que el capitalista hace trabajar al trabajador una parte del día para sí, sin pagarle por ello. En la jornada de trabajo del trabajador pueden distinguirse dos partes. En la primera parte, el «tiempo de trabajo necesario», el trabajador produce su propio sustento, o bien el valor del mismo; por esta parte de su trabajo recibe un equivalente en el salario. Durante la segunda parte, el «tiempo de trabajo excedente», es «explotado», produce el «plusvalor» sin obtener él mismo equivalente alguno por ello (I. 205 ss.). «Todo plusvalor... es, según su sustancia, materialización de tiempo de trabajo no pagado» (I. 554).

Muy importantes y características del sistema marxiano son las determinaciones de magnitud del plusvalor que siguen a continuación. La magnitud del plusvalor puede ponerse en relación con diversas otras magnitudes. Las relaciones y razones que de ello resultan han de mantenerse netamente separadas entre sí.

Ante todo, dentro del capital que sirve al capitalista para apropiarse de la plusvalía, hay que distinguir dos componentes que desempeñan un papel completamente distinto en lo que respecta a la génesis de la plusvalía. En efecto, solo puede crear plusvalía realmente nueva el trabajo vivo que el capitalista hace ejecutar a los obreros, mientras que el valor de los medios de producción consumidos se conserva sin más, en cuanto reaparece bajo una forma modificada en el valor del producto, pero no puede generar plusvalía alguna. «La parte del capital, por tanto, que se convierte en medios de producción, es decir, en materia prima, materias auxiliares y medios de trabajo, no altera su magnitud de valor en el proceso de producción»; por eso Marx la denomina «capital constante». «La parte del capital convertida en fuerza de trabajo, en cambio, altera su valor en el proceso de producción. Reproduce su propio equivalente y un excedente por encima de él», precisamente la plusvalía. Por eso Marx la llama la «parte variable del capital» o «capital variable» (I. 199) (I, pág. 244). Ahora bien, la proporción en que la plusvalía se halla respecto de la parte variable del capital adelantada, en la cual esta «se valoriza», la denomina Marx la tasa de la plusvalía. Es idéntica a la proporción en que el tiempo de trabajo excedente se halla respecto del tiempo de trabajo necesario, o el trabajo no pagado respecto del pagado, y por ello vale para Marx como «la expresión exacta del grado de explotación del trabajo» (I. 207 y sigs.). Si, por ejemplo, el tiempo de trabajo necesario, en el cual el obrero produce el valor de su jornal de 3 ch., asciende a 6 horas, pero el tiempo de trabajo diario asciende a 12 horas, produciendo el obrero durante las segundas 6 horas, como tiempo de trabajo excedente, igualmente un valor de 3 ch. en concepto de plusvalía, entonces la plusvalía asciende a exactamente lo mismo que el capital variable adelantado para fines de salario, y la tasa de la plusvalía se calcula en 100 %.

Completamente distinta de ello es la tasa de ganancia. En efecto, el capitalista calcula la plusvalía de la que se apropia no solo sobre la parte variable del capital, sino sobre la totalidad de su capital empleado. Si, por ejemplo, el capital constante asciende a 410 libras esterlinas, el variable a 90 libras esterlinas y la plusvalía igualmente a 90 libras esterlinas, entonces la tasa de la plusvalía es, ciertamente, como antes, del 100 %, pero la tasa de ganancia es solo del 18 %, a saber, 90 libras esterlinas de ganancia sobre un capital total invertido de 500 libras esterlinas.

Resulta ahora, además, evidente que una y la misma tasa de plusvalía puede y debe representarse en tasas de ganancia muy diversas, según la composición del capital de que se trate: la tasa de ganancia será tanto mayor cuanto más fuertemente esté representada la parte variable y cuanto más débilmente la parte constante del capital, la cual no contribuye a la génesis de la plusvalía, pero sí agranda la base sobre la que ha de calcularse como ganancia la plusvalía, que se determina únicamente según la parte variable del capital. Si, por ejemplo —lo cual en la práctica apenas es posible—, el capital constante es igual a cero y el capital variable es de 50 libras esterlinas, y si, según el supuesto anterior, la tasa de plusvalía asciende al 100 %, entonces la plusvalía generada se cifra igualmente en 50 libras esterlinas, y como esta ha de calcularse sobre un capital total de solo 50 libras esterlinas, en este caso también la tasa de ganancia se cifraría en un 100 % pleno. Si, por el contrario, el capital total está compuesto de capital constante y variable en la proporción de 4 : 1, es decir, con otras palabras, si al capital variable de 50 libras esterlinas se le añade uno constante de 200 libras esterlinas, entonces la plusvalía de 50 libras esterlinas formada con una tasa de plusvalía del 100 % ha de repartirse sobre un capital total de 250 libras esterlinas y representa para este solo una tasa de ganancia del 20 %. Si, por último, la proporción de composición fuese de 9 : 1, esto es, 450 libras esterlinas de capital constante por 50 libras esterlinas de capital variable, entonces una plusvalía de 50 libras esterlinas correspondería a un capital total de 500 libras esterlinas, y la tasa de ganancia sería solo del 10 %.

Esto conduce ahora a una consecuencia sumamente interesante y de gran trascendencia y, en su ulterior desarrollo, a una etapa completamente nueva del sistema marxiano, la innovación más importante del tercer tomo.

Chapter II.

LA TEORÍA DE LA TASA MEDIA DE GANANCIA Y DE LOS PRECIOS DE PRODUCCIÓN

Aquella consecuencia es, sin embargo, la siguiente. La «composición orgánica» (III. 124) de los capitales es necesariamente distinta, por razones técnicas, en las diversas «esferas de producción». En las distintas industrias, que requieren manipulaciones técnicas muy diferentes, con una sola jornada de trabajo se elabora un volumen muy desigual de materias primas; o bien, aun cuando, en manipulaciones semejantes, el volumen de las materias primas sea aproximadamente igual, su valor puede no obstante ser muy distinto, como, por ejemplo, entre el cobre y el hierro como materias primas de la industria metalúrgica; o, por último, la cantidad y el valor de las instalaciones fabriles, herramientas y máquinas que corresponden a cada obrero ocupado puede ser desigual. Todos estos momentos de diferencia condicionan, en tanto no se compensen acaso por azar, en raros casos excepcionales, justamente entre sí, una proporción distinta, para las diversas ramas de producción, entre el capital constante invertido en medios de producción y el capital variable empleado en la compra de trabajo. Por consiguiente, cada rama de producción de una economía nacional tiene su propia y divergente «composición orgánica» del capital empleado en ella. En el sentido de las exposiciones anteriores, por tanto, con una tasa de plusvalía igual cada rama de producción debería y tendría que presentar también una tasa de ganancia distinta, divergente, si realmente, como Marx ha supuesto siempre hasta ahora, las mercancías se cambiaran «por sus valores» o en la proporción del trabajo incorporado en ellas.

Con ello llega Marx ante aquel famoso gran escollo de su teoría, cuya superabilidad ha constituido el punto de controversia más importante de la literatura marxista de los últimos diez años. Su teoría exige que capitales de igual magnitud, pero de desigual composición orgánica, presenten ganancias desiguales; el mundo real, sin embargo, se muestra del modo más claro dominado por la ley de que capitales de igual magnitud, sin atender a su eventual diversa composición orgánica, arrojan igual ganancia. Dejemos que Marx exponga esta contradicción con sus propias palabras:

«Hemos demostrado, pues: que en distintas ramas industriales, conforme a la diversa composición orgánica de los capitales, y dentro de los límites indicados también conforme a sus diversos tiempos de rotación, reinan tasas de ganancia desiguales, y que, por tanto, aun con una tasa de plusvalía igual, solo para capitales de igual composición orgánica —supuestos iguales tiempos de rotación— rige la ley (según la tendencia general) de que las ganancias se comportan como las magnitudes de los capitales y, por consiguiente, capitales de igual magnitud arrojan en iguales períodos de tiempo ganancias de igual magnitud. Lo expuesto rige sobre la base que en general ha sido hasta ahora la base de nuestra exposición: que las mercancías se venden por sus valores. Por otra parte, no cabe duda alguna de que en la realidad, prescindiendo de diferencias inesenciales, casuales y que se compensan, la diversidad de las tasas medias de ganancia para las distintas ramas industriales no existe ni podría existir sin suprimir todo el sistema de la producción capitalista. Parece, pues, que la teoría del valor es aquí incompatible con el movimiento real, incompatible con los fenómenos efectivos de la producción, y que, por tanto, hay que renunciar en general a comprender estos últimos.» (III. 131 y sig.)

¿Cómo intenta ahora el propio Marx resolver esta contradicción? Ello sucede, dicho brevemente, a costa del supuesto del que Marx había partido siempre hasta ahora, a saber, que las mercancías se venden por sus valores. Marx deja caer ahora este supuesto sin más. Lo que esta renuncia significa para el sistema marxiano lo habremos de juzgar críticamente algo más adelante. Por de pronto prosigo mi exposición resumida del curso del pensamiento marxiano, y lo hago con un ejemplo tabular que también Marx tomó como base de su exposición.

El mismo pone en comparación cinco esferas de producción distintas, con una composición orgánica cada vez diferente de los capitales invertidos en ellas, manteniendo además, por de pronto, el supuesto anterior de que las mercancías se venden por sus valores. Para aclaración de la tabla siguiente, que expone los resultados de este supuesto, conviene aún observar que c significa el capital constante, v el capital variable, y que, a fin de hacer justicia a las diferencias efectivas de la vida real, en el ejemplo se admite (con Marx) que los capitales constantes empleados se «desgastan» con desigual rapidez, de modo que solo una parte del capital constante, y por cierto una parte desigualmente grande en las distintas esferas de producción, se consume anualmente. En el valor del producto entra naturalmente solo la parte consumida del capital constante, la «c consumida», mientras que para el cálculo de la tasa de ganancia entra en consideración la totalidad de la «c empleada».

Tabla 1

Capitales N.º Tasa de plusvalía Plusvalía Tasa de ganancia c consumida Valor de las mercancías
I 80 c + 20 v 100% 20 20% 50 90
II 70 c + 30 v 100% 30 30% 51 111
III 85 c + 15 v 100% 15 15% 40 70
IV 60 c + 40 v 100% 40 40% 51 131
V 95 c + 5 v 100% 5 5% 10 20

Como se ve, esta tabla muestra, para las distintas esferas de producción, con una explotación uniforme del trabajo, tasas de ganancia muy diversas, conforme a la diversa composición orgánica de los capitales. Pero estos mismos hechos y datos pueden también considerarse desde otro punto de vista.

«La suma total de los capitales invertidos en las cinco esferas es = 500; la suma total de la plusvalía producida por ellos = 110; el valor total de las mercancías producidas por ellos = 610. Si consideramos las 500 como un único capital, del cual I - V solo forman partes distintas (como, por ejemplo, en una fábrica de algodón existe en las distintas secciones, en la sala de cardado, la de hilado previo, la de hilado y la de tejido, una proporción distinta de capital variable y constante, y la proporción media para toda la fábrica solo ha de calcularse después), entonces la composición media del capital de 500 sería, en primer lugar, = 390 c + 110 v, o, en porcentaje, 78 c + 22 v. Considerado cada uno de los capitales de 100 solo como 1/5 del capital total, su composición sería esa media de 78 c + 22 v; del mismo modo correspondería a cada 100 como plusvalía media 22; de ahí que la tasa media de la ganancia sería = 22 %» (III. 133/4)

¿A qué precios deben venderse ahora las distintas mercancías, para que cada uno de los cinco capitales parciales obtenga efectivamente esta misma tasa media de ganancia? Eso lo muestra la tabla siguiente. En ella se ha intercalado como eslabón intermedio la rúbrica «precio de coste», por la cual entiende Marx aquella parte del valor de la mercancía que reembolsa al capitalista el precio de los medios de producción consumidos y el precio de la fuerza de trabajo empleada, pero que no contiene todavía plusvalía ni ganancia alguna, equivaliendo así a la suma de v + c consumida.

Tabla 2

20 v | 20 | 50 | 90 | 70 | 92 | 22% | + 2 | | II

70 c +

30 v | 30 | 51 | 111 | 81 | 103 | 22% | - 8 | | III

40 v | 40 | 51 | 131 | 91 | 113 | 22% | - 18 | | IV

Capitales N.º Plusvalía c consumida Valor de las mercancías Precio de coste mercancías Precio de las mercancías Tasa de ganancia Desviación precio respecto del valor
I
80 c +
60 c +
85 c +
95 c + 5
v 5 10 20 15 37 22% + 17

«En conjunto» —comenta Marx los resultados de esta tabla— «las mercancías se venden 2 + 7 + 17 = 26 por encima y 8 + 18 = 26 por debajo del valor, de modo que las desviaciones de precio, mediante el reparto uniforme de la plusvalía o mediante la adición de la ganancia media de 22 por cada 100 de capital adelantado a los respectivos precios de coste de las mercancías I - V, se anulan mutuamente; en la misma proporción en que una parte de las mercancías se vende por encima, otra se vende por debajo de su valor. Y solo su venta a tales precios hace posible que la tasa de ganancia para I - V sea uniforme, 22 %, sin atender a la distinta composición orgánica de los capitales I - V» (III, 135).

Todo esto, como Marx expone a continuación, no es ahora un mero supuesto hipotético, sino plena realidad. El agente operante es la competencia. Ciertamente, a consecuencia de la diversa composición orgánica de los capitales invertidos en distintas ramas de producción, «las tasas de ganancia que reinan en distintas ramas de producción son originariamente muy diferentes». Pero «estas distintas tasas de ganancia se nivelan por la competencia en una tasa general de ganancia, que es el promedio de todas estas distintas tasas de ganancia. La ganancia que, conforme a esta tasa general de ganancia, corresponde a un capital de magnitud dada, sea cual fuere su composición orgánica, se llama la ganancia media. El precio de una mercancía que es igual a su precio de coste más la parte de la ganancia media anual sobre el capital empleado (no solo el consumido en la producción) en su producción que le corresponde en proporción a sus condiciones de rotación, es su precio de producción» (III. 136). Este es efectivamente idéntico al natural price de Adam Smith, al price of production de Ricardo, al prix nécessaire de los fisiócratas (III. 178). Y la proporción de cambio efectiva de las distintas mercancías ya no se determina por sus valores, sino por sus precios de producción, o, como gusta de expresarlo Marx: «los valores se transforman en precios de producción» (p. ej. III. 176). Valor y precio de producción coinciden solo excepcionalmente y, por así decir, casualmente en aquellas mercancías que se producen con ayuda de un capital cuya composición orgánica equivale por azar justamente a la composición media del capital social global. En todos los demás casos, valor y precio de producción divergen necesariamente y por principio. Y por cierto en el siguiente sentido. Denominamos, según Marx, «capitales que contienen porcentualmente más capital constante, es decir, menos capital variable que el capital social medio: capitales de composición más alta; a la inversa, aquellos en los que el capital constante ocupa un espacio relativamente pequeño, y el variable uno mayor que en el capital social medio, capitales de composición más baja». Así, en todas aquellas mercancías que se producen con ayuda de un capital de composición «más alta» que la media, el precio de producción estará por encima de su valor; en el caso opuesto, por debajo del valor. O bien, las mercancías de la primera clase se venderán necesaria y regularmente por encima de su valor, las mercancías de la segunda clase por debajo de su valor (III. 142 y sigs. y a menudo).

«Aunque los capitalistas de las distintas esferas de producción, al vender sus mercancías, recuperan los valores de capital consumidos en la producción de estas mercancías, no realizan la plusvalía y, por tanto, la ganancia producida en su propia esfera en la producción de estas mercancías, sino solo tanta plusvalía y, por tanto, ganancia como corresponde, en un reparto igual sobre cada parte alícuota del capital total, de la plusvalía total o ganancia total que el capital total de la sociedad produce en todas las esferas de producción tomadas en conjunto en un período de tiempo dado. Por cada 100, cada capital adelantado, sea cual fuere su composición, obtiene en cada año u otro período de tiempo la ganancia que corresponde a 100 en cuanto parte enésima del capital total para ese período de tiempo. Los distintos capitalistas se comportan aquí, en lo que respecta a la ganancia, como meros accionistas de una sociedad anónima, en la cual las participaciones en la ganancia se reparten uniformemente por cada 100, y por ello se diferencian para los distintos capitalistas solo según la magnitud del capital invertido por cada uno en la empresa total, según su participación proporcional en la empresa total, según el número de sus acciones.» (III. 136 y sig.)

Ganancia total y plusvalía total son magnitudes idénticas (III. 151, 152). Y la ganancia media no es otra cosa «que la masa total de la plusvalía, repartida sobre las masas de capital en cada esfera de producción en proporción a sus magnitudes» (III. 153).

Una consecuencia importante que se deriva de esto es que la ganancia que obtiene el capitalista individual no procede en absoluto solo del trabajo ocupado por él mismo (III. 149), sino que a menudo en buena parte, y a veces, por ejemplo en el capital comercial (III. 265), íntegramente, proviene de obreros con los que el capitalista en cuestión no tiene contacto alguno. Marx encuentra, por último, todavía una cuestión que plantear y responder, que considera la «cuestión propiamente difícil»: a saber, la cuestión de cómo «se produce esta nivelación de las ganancias en la tasa general de ganancia, ya que es evidentemente un resultado y no puede ser un punto de partida» (III. 153).

Desarrolla primero la idea de que en un estado social en el que el modo de producción capitalista aún no domina, en el que, por tanto, los propios obreros se hallan en posesión de los medios de producción necesarios, las mercancías se cambiarían de hecho según su valor real y las tasas de ganancia no se nivelarían, por tanto. Pero la diversidad efectivamente existente de las tasas de ganancia sería, dado que los obreros, no obstante, recibirían y podrían retener para sí siempre por igual tiempo de trabajo igual plusvalía, es decir, igual valor por encima de sus necesidades necesarias, «una circunstancia indiferente, exactamente como hoy es para el obrero asalariado una circunstancia indiferente en qué tasa de ganancia se exprese el volumen de plusvalía que se le arranca» (III. 155). Ahora bien, como tales relaciones, en las que los medios de producción pertenecen al obrero, son históricamente las anteriores y se encuentran tanto en el mundo antiguo como en el moderno, por ejemplo en el campesino propietario de tierras que trabaja por sí mismo y en el artesano, Marx se considera autorizado a afirmar que es «del todo conforme a la materia considerar los valores de las mercancías no solo teórica, sino también históricamente como el prius de los precios de producción» (III. 156).

En la sociedad organizada capitalistamente tiene lugar, sin embargo, esta transformación de los valores en precios de producción y la nivelación de las tasas de ganancia con ella relacionada. Sobre las fuerzas impulsoras de este proceso de nivelación y sobre el modo de su acción se pronuncia Marx, tras largas exposiciones preparatorias en las que se trata de la formación del valor de mercado y del precio de mercado, en particular en el caso de la producción de distintas partes de la mercancía que llega al mercado bajo distintas condiciones favorables de producción, de manera muy clara y concisa, con las siguientes palabras: «Si las mercancías... se venden por sus valores, surgen... tasas de ganancia muy distintas... Pero el capital se retira de una esfera con tasa de ganancia baja y se lanza a la otra que arroja mayor ganancia. Mediante esta constante emigración e inmigración, en una palabra, mediante su distribución entre las distintas esferas, según que allí la tasa de ganancia baje y aquí suba, produce tal relación de la oferta con la demanda que la ganancia media en las distintas esferas de producción llega a ser la misma y, por ello, los valores se transforman en precios de producción» (III. 175/6)2

15 v | 15 | 40 | 70 | 55 | 77 | 22% | + 7 | | V

Chapter III.

LA CUESTIÓN DE LA CONTRADICCIÓN

El autor de estas líneas había, hace ya una larga serie de años, mucho antes de que se desarrollara la literatura descrita al comienzo acerca de la compatibilidad de una tasa media de ganancia igual con la ley marxiana del valor, expresado su parecer sobre este objeto en las siguientes palabras: «O bien los productos se cambian realmente, a la larga, en la proporción del trabajo adherido a ellos... —entonces es imposible una nivelación de las ganancias del capital. O bien tiene lugar una nivelación de las ganancias del capital— entonces es imposible que los productos sigan cambiándose en la proporción del trabajo adherido a ellos».⁹

La incompatibilidad efectiva de estos dos supuestos había sido admitida desde el campo marxista por vez primera, hace algunos años, por Conrad Schmidt.¹⁰ Ahora poseemos la confirmación auténtica del propio maestro. Con toda claridad y nitidez ha declarado que una tasa de ganancia uniforme solo se hace posible mediante la venta de las mercancías a tales precios, según los cuales una parte de las mercancías se cambia por encima, y otra por debajo de su valor, es decir, de manera divergente respecto de la proporción del trabajo en ellas incorporado. Tampoco nos ha dejado en la duda sobre cuál de los dos principios incompatibles considera él como aquel que corresponde a la realidad. Enseña con plausible claridad y franqueza que esta es la nivelación de las ganancias del capital. Y no vacila en enseñar, con la misma claridad y franqueza, que efectivamente las distintas mercancías no se cambian entre sí en la proporción del trabajo adherido a ellas, sino en aquella proporción divergente de ella que la nivelación de las ganancias del capital exige.

¿En qué relación se halla esta doctrina del tercer tomo con la famosa ley del valor del primero? ¿Contiene la solución, esperada con tanta expectación, de la contradicción «aparente»? ¿Contiene la demostración de «cómo no solo sin lesión de la ley del valor, sino mucho más sobre la base de la misma, puede y debe formarse una tasa media de ganancia igual»? ¿O no contiene más bien justamente lo contrario: a saber, la constatación de una contradicción real e irreconciliable y la demostración de que la tasa media de ganancia igual solo puede formarse si y porque la pretendida ley del valor no rige?

Creo que quien observe sin prejuicios y con sobriedad no podrá permanecer mucho tiempo en la duda. En el primer tomo se había enseñado con el mayor énfasis posible que todo valor se funda en el trabajo y solo en el trabajo, que los valores de las mercancías se relacionan entre sí como el tiempo de trabajo necesario para su producción; estas proposiciones habían sido derivadas y destiladas precisa y exclusivamente de las relaciones de cambio de las mercancías, a las que les son «inmanentes»; se nos había instruido para «partir del valor de cambio y de la relación de cambio de las mercancías a fin de seguir la pista al valor en ellas oculto» (I, 23); el valor se nos explicó como aquello común «que se manifiesta en la relación de cambio de las mercancías» (I, 13), y con la forma y el énfasis de una conclusión concluyente, que no admite excepción alguna, se nos había dicho que la equiparación de dos mercancías en el cambio significa que en ellas existe «algo común de la misma magnitud», a lo que cada una de las dos «debe ser reducible» (I, 11); por consiguiente, prescindiendo de las desviaciones momentáneas y casuales, que sin embargo «aparecen como una violación de la ley del cambio de mercancías» (I, 142), a la larga y en principio deben intercambiarse entre sí mercancías que encarnan la misma cantidad de trabajo. Y ahora, en el tercer tomo, se nos explica de manera concisa y seca que aquello que según la doctrina del primer tomo debe ser, no es ni puede ser; que, y por cierto no de modo casual o pasajero, sino necesario y duradero, las mercancías individuales se intercambian y deben intercambiarse entre sí en una proporción distinta de la del trabajo encarnado.

No puedo evitarlo: aquí no veo nada de una explicación ni de una conciliación de un conflicto, sino la pura contradicción misma. El tercer tomo de Marx desmiente al primero. La teoría de la tasa media de ganancia y de los precios de producción no se compadece con la teoría del valor. Esa es la impresión que, a mi juicio, todo el que piense lógicamente debe recibir. Parece, además, haberse impuesto de forma bastante general. Loria, en su modo de expresión vivaz y plástico, se siente obligado al «duro pero justo juicio» de que Marx ha ofrecido «en lugar de una solución, una mistificación»; ve en la publicación del tercer tomo «la campaña de Rusia» del sistema marxiano, su «más completa bancarrota teórica», un «suicidio científico», la «más formal renuncia a su propia doctrina» (l'abdicazione più esplicita alla dottrina stessa) y la «plena y total adhesión a las doctrinas más ortodoxas de los aborrecidos economistas».¹¹

Pero incluso un hombre tan próximo al sistema marxiano como Werner Sombart no puede menos que calificar de efecto más probable que el tercer tomo producirá en la mayoría de los lectores «un generalizado mover de cabeza». «La mayoría no estará en absoluto dispuesta a considerar como una "solución" la "solución" del "enigma de la tasa media de ganancia" tal como ahora se da; opinarán que el nudo ha sido cortado, pero en modo alguno desatado. Pues si ahora, de pronto, emerge del escotillón una teoría "muy corriente" de los costes de producción, ello significa justamente que la célebre teoría del valor ha quedado bajo la mesa. Pues si al final acabo recurriendo de todos modos a los costes de producción para explicar la ganancia, ¿para qué entonces todo el pesado aparato de la teoría del valor y de la plusvalía?»¹² Para sí mismo, ciertamente, Sombart se reserva otro juicio. Emprende un peculiar intento de salvamento, en el cual, sin embargo, se arroja por la borda tanto de lo que ha de salvarse que me parece harto cuestionable que con ello vaya a ganarse el agradecimiento de ninguno de los implicados. En todo caso, abordaré más de cerca este interesante e instructivo intento de salvamento. Pero aún no hemos llegado a ese punto; antes que al defensor póstumo, debemos prestar oído al maestro mismo, y por cierto con toda la atención y el esmero que merece un asunto tan importante.

Como es por completo natural, Marx mismo tuvo que prever que se reprocharía a su «solución» que no fuera una «solución», sino una renuncia a su ley del valor. A esta previsión debe evidentemente su origen una autodefensa anticipada que, si no en la forma, sí en la sustancia, se halla en la obra marxiana. Marx, en efecto, no deja de intercalar en numerosos pasajes la afirmación expresa de que, a pesar del dominio inmediato de las relaciones de cambio por parte de los precios de producción que se apartan de los valores, todo se mueve sin embargo aún dentro del marco de la ley del valor, y de que esta, al menos «en última instancia», ejerce todavía el dominio sobre los precios. Intenta hacer plausible esta concepción mediante diversas exposiciones y observaciones. Estas no llevan un sello unitario. Marx no desarrolla sobre este tema, como es por lo demás su costumbre, un razonamiento probatorio formal y cerrado, sino que se limita a dar una serie de observaciones ocasionales que corren paralelas unas a otras, las cuales contienen argumentos probatorios o giros de diversa índole que pueden interpretarse como tales. Dada esta situación, no es posible juzgar a cuál de estos argumentos quiso atribuir Marx mismo el peso principal, ni cómo se representaba la relación recíproca de estos argumentos de diversa índole. Sea como fuere, en todo caso, si queremos hacer justicia tanto al maestro como a nuestra tarea crítica, debemos a cada uno de estos argumentos la más exacta atención y una valoración imparcial.

Argumento: aunque las mercancías individuales se vendan entre sí por encima o por debajo de sus valores, estas desviaciones opuestas se compensan no obstante mutuamente, y en la sociedad misma —considerada la totalidad de todas las ramas de producción— sigue siendo por tanto la suma de los precios de producción de las mercancías producidas igual a la suma de sus valores.

Argumento: la ley del valor domina el movimiento de los precios, en cuanto que la disminución o el aumento del tiempo de trabajo requerido para la producción hace subir o bajar los precios de producción (III, 158; de modo análogo III, 156).

Argumento: la ley del valor domina, según la afirmación de Marx, con autoridad no menguada el cambio de mercancías en ciertos estadios «originarios» en los cuales aún no se ha consumado la transformación de los valores en precios de producción.

Argumento: en la economía complicada, la ley del valor «regula» al menos indirectamente y «en última instancia» los precios de producción, en cuanto que el valor total de las mercancías, que se determina según la ley del valor, regula la plusvalía total, y esta a su vez la magnitud de la ganancia media y, por ende, la tasa general de ganancia (III, 159).

Examinemos estos argumentos, cada uno por sí, en cuanto a su contenido.

PRIMER ARGUMENTO

Marx concede que las mercancías individuales, según haya intervenido en su producción capital constante en una proporción superior o inferior a la media, se intercambian entre sí por encima o por debajo de su valor. Pero se hace hincapié en que estas desviaciones individuales, que tienen lugar en sentidos opuestos, se compensan o se anulan en todo momento mutuamente, de suerte que la suma de todos los precios pagados corresponde, no obstante, exactamente a la suma de todos los valores. «En la misma proporción en que una parte de las mercancías se vende por encima de su valor, otra se vende por debajo» (III, 135). «El precio total de las mercancías I-V (en el ejemplo tabular utilizado por Marx) sería, pues, igual a su valor total, ... en realidad, por tanto, expresión monetaria de la cantidad total de trabajo, pretérito y recién añadido, contenida en las mercancías I-V. Y de este modo, en la sociedad misma —considerada la totalidad de todas las ramas de producción— la suma de los precios de producción de las mercancías producidas es igual a la suma de sus valores» (III, 138). De ahí se extrae finalmente —con mayor o menor claridad— el argumento de que, al menos para la suma de todas las mercancías o para la sociedad en su conjunto, la ley del valor acredita su validez. «No obstante, esto siempre se resuelve en que lo que en una mercancía entra de más en concepto de plusvalía, en otra entra de menos, y en que por ello también las desviaciones respecto del valor que residen en los precios de producción de las mercancías se anulan entre sí. En toda la producción capitalista la ley general se impone como tendencia dominante siempre solo de una manera muy complicada y aproximada, como promedio nunca fijable de perpetuas oscilaciones» (III, 140).

Este argumento no es nuevo en la literatura marxista. Hace algunos años, en una situación afín, fue esgrimido por Conrad Schmidt con gran énfasis y quizá con mayor claridad de principio que ahora por Marx mismo. En su intento de resolver el enigma de la tasa media de ganancia, también Schmidt, aunque con una motivación intermedia distinta de la de Marx, había llegado al resultado de que las mercancías individuales no pueden intercambiarse entre sí en la proporción del trabajo que les es inherente. También él tuvo que plantearse la pregunta de si y cómo, ante ello, cabía aún hablar de una validez de la ley marxiana del valor, y apoyó su opinión afirmativa precisamente en el argumento que ahora se expone.3

Lo tengo por completamente desacertado. Lo dije en su momento frente a Conrad Schmidt con una fundamentación a la que aún hoy, y frente a Marx mismo, no tengo motivo para cambiar una sola palabra. Por ello puedo contentarme con repetirla simplemente al pie de la letra. Frente a Schmidt pregunté cuánto o cuán poco, después de aquella concesión efectiva, quedaba todavía de la célebre ley del valor, y proseguí entonces:

«Que no queda mucho lo ilustran del mejor modo precisamente los esfuerzos que el autor dedica a la demostración de que la ley del valor, pese a todo, permanece en vigor. En efecto, después de haber concedido que el precio efectivo de las mercancías puede divergir de su valor, observa que esta divergencia se refiere, sin embargo, solo a aquellos precios que alcanzan las mercancías individuales; que, en cambio, desaparece tan pronto como se considera la suma de todas las mercancías individuales, el producto nacional anual. La suma de precios que se paga por el producto nacional en su conjunto coincide, ciertamente, por completo con la suma de valor efectivamente cristalizada en él» (Böhm-Bawerk, pág. 51).

No sé si lograré ilustrar debidamente el alcance de esta afirmación. Quiero al menos intentar darle un indicio.

«¿Cuál es, pues, en general, la tarea de la "ley del valor"? Ninguna otra que esclarecer la relación de cambio de los bienes observada en la realidad. Queremos saber por qué, en el cambio, por ejemplo, una chaqueta vale exactamente tanto como 20 varas de lienzo, por qué 10 libras de té valen tanto como 1/2 tonelada de hierro, etcétera. Así concibió también Marx mismo la tarea explicativa de la ley del valor. Ahora bien, de una relación de cambio evidentemente solo puede hablarse entre distintas mercancías individuales entre sí. Pero tan pronto como se consideran todas las mercancías tomadas en conjunto y se suman sus precios, se prescinde necesaria y deliberadamente de la relación que existe en el interior de esa totalidad. Las diferencias relativas de precio en el interior se compensan, en efecto, en la suma. Aquello en lo que, por ejemplo, el té vale más que el hierro, en eso vale el hierro menos que el té, y viceversa. En todo caso, no es respuesta alguna a nuestra pregunta que, al inquirir por la relación de cambio de los bienes en la economía nacional, se nos responda con la suma de precios que todos juntos alcanzan; tan poco como si, al inquirir cuántos minutos o segundos menos que sus competidores ha necesitado el vencedor de una carrera para recorrer la pista, se nos respondiera: todos los competidores en conjunto han necesitado 25 minutos 13 segundos» (Böhm-Bawerk).

«Ahora bien, la cosa se presenta del modo siguiente. A la pregunta del problema del valor responden los marxistas en primer término con su ley del valor: que las mercancías se intercambian en proporción al tiempo de trabajo en ellas encarnado; luego revocan —velada o descaradamente— esta respuesta para el ámbito del cambio de mercancías individuales, es decir, precisamente para aquel ámbito en el que la pregunta tiene siquiera un sentido, y la mantienen en toda su pureza tan solo para el producto nacional entero tomado en conjunto, es decir, para un ámbito en el cual aquella pregunta, por carente de objeto, ni siquiera puede plantearse. Como respuesta a la verdadera pregunta del problema del valor, la "ley del valor" queda así, por confesión propia, desmentida por los hechos, y en la única aplicación en que no resulta desmentida, ya no es respuesta a la pregunta que propiamente reclama solución, sino que, en el mejor de los casos, podría ser respuesta a alguna otra pregunta» (Böhm-Bawerk).

«Pero ni siquiera es respuesta a otra pregunta, sino que no es respuesta en absoluto: es una simple tautología. Pues, como sabe todo economista, cuando se mira a través de las formas encubridoras del tráfico monetario, las mercancías se intercambian al cabo de nuevo por mercancías. Toda mercancía que entra en el cambio es a la vez mercancía, pero también el precio de su contraprestación. La suma de las mercancías es, por tanto, idéntica a la suma de los precios pagados por ellas. O bien: el precio del producto nacional entero tomado en conjunto no es otra cosa que el producto nacional mismo. En estas circunstancias es, en efecto, del todo correcto que la suma de precios que se paga por el producto nacional entero en conjunto coincida por completo con la suma de valor, o de trabajo, cristalizada en este último. Solo que esta sentencia tautológica no significa incremento alguno de conocimiento real, ni puede en particular servir de prueba direccional de la pretendida ley de que los bienes se intercambian según la proporción del trabajo en ellos encarnado. Pues por este camino podría verificarse igual de bien —o más bien igual de mal— cualquier otra "ley" que se quiera, por ejemplo, la "ley" de que los bienes se intercambian según la medida de su peso específico. Pues aunque, ciertamente, una libra de oro como "mercancía individual" no se intercambia por una libra de hierro, sino por 40.000 libras de hierro, la suma de precios que se paga por una libra de oro y 40.000 libras de hierro tomadas en conjunto no es ni más ni menos que 40.000 libras de hierro y 1 libra de oro. El peso total de la suma de precios —40.001 libras— corresponde, pues, exactamente al peso total encarnado en la suma de mercancías, igualmente de 40.001 libras, ¡y, por consiguiente, el peso es la verdadera medida según la cual se regula la relación de cambio de los bienes?!» (Böhm-Bawerk)

De este juicio, hoy que lo vuelvo contra Marx mismo, no tengo nada que rebajar, ni tampoco nada que añadirle, salvo acaso que Marx, al aducir el argumento aquí enjuiciado, incurre todavía en cierto desliz adicional que Schmidt en su día no había cometido. Marx, en efecto, busca en el pasaje recién citado de la pág. 140 del tercer tomo crear ambiente, en favor de la idea de que a su ley del valor pueda atribuírsele, no obstante, cierto dominio real aunque los casos individuales no la obedezcan, mediante una sentencia general que tiene por objeto el modo de operar de esta ley. Después de haber hablado de que «las desviaciones respecto del valor que residen en los precios de producción se anulan entre sí», añade en efecto la observación de que la ley general, en toda la producción capitalista, «se impone en general siempre solo de una manera muy complicada y aproximada, como promedio fijable de perpetuas oscilaciones, como tendencia dominante».

Marx confunde aquí dos cosas muy distintas: un promedio de oscilaciones y un promedio entre magnitudes duradera y fundamentalmente desiguales. Tiene toda la razón en que más de una ley general se impone solo de modo que el promedio resultante de constantes oscilaciones corresponde a la norma enunciada por la ley. Todo economista conoce tales leyes, como, por ejemplo, la ley de que los precios igualan a los costes de producción, de que la magnitud del salario en distintas ramas de ocupación, la magnitud de la ganancia del capital en distintas ramas de producción tienden, prescindiendo de motivos particulares de desigualdad, a situarse en un mismo nivel; y todo economista se inclina a reconocer estas leyes como «leyes», aunque acaso ni un solo caso les corresponda con la más minuciosa exactitud. Y por ello reside también en la remisión a un modo de operar tal, que solo se manifiesta en promedio y en conjunto, un momento fuertemente cautivador. Pero el caso en cuyo favor emplea Marx esta cautivadora remisión es de muy otra índole. En el caso de los precios de producción que se apartan de los «valores» no se trata de oscilaciones, sino de divergencias necesarias y duraderas. De dos mercancías A y B que encarnan la misma cantidad de trabajo, pero que han sido producidas con capitales de composición orgánica desigual, no oscila cada una en torno a uno y el mismo promedio, por ejemplo, en torno al promedio de 50 florines, sino que cada una ocupa de modo duradero otro nivel de precio, por ejemplo, la mercancía A, en la que ha intervenido poco capital constante y que reclama remuneración, el nivel de 40 florines, y la mercancía B, que tiene que remunerar mucho capital constante, el nivel de 60 florines, a reserva de oscilaciones en torno a estos niveles divergentes. Si tuviéramos que habérnoslas solo con oscilaciones en torno al mismo nivel, de suerte que tan pronto la mercancía A estuviese a 48 florines y la mercancía B a 52 florines, como, a la inversa, la mercancía A a 52 y la mercancía B solo a 48 florines, entonces, ciertamente, podría decirse que, en promedio, ambas mercancías están al mismo nivel de precio, y cabría ver en tal estado de cosas, si pudiera observarse de modo general, pese a las oscilaciones, una verificación de la «ley» de que las mercancías en las que se encarna la misma cantidad de trabajo se intercambian entre sí en pie de igualdad.

Pero si de dos mercancías que encarnan la misma cantidad de trabajo la una mantiene de modo duradero y regular un precio de 40 y la otra, con igual constancia y regularidad, un precio de 60 florines, entonces, ciertamente, el matemático puede también trazar entre estas magnitudes desiguales un promedio de 50 florines. Pero un promedio tal tiene un significado muy distinto o, dicho con más exactitud, no tiene significado alguno para nuestra ley. Un promedio matemático puede trazarse siempre, en efecto, incluso entre las magnitudes más desiguales, y una vez que se ha trazado, las desviaciones opuestas respecto de él «se anulan» siempre, en cuanto a la magnitud, «mutuamente»: aquello en lo que una magnitud supera al promedio, en eso justamente debe necesariamente la otra quedar por detrás de él. Pero, evidentemente, mediante un juego tal con «promedios» y «desviaciones que se anulan» tan poco puede reinterpretarse el hecho de que entre mercancías de iguales costes de trabajo, pero desigual composición de capital, existen diferencias de precio necesarias y duraderas, convirtiéndolo de una refutación en una confirmación de la pretendida ley del valor, como cabría tener inclinación y derecho a demostrar con ello la proposición de que todas las especies animales, incluidas las efímeras y los elefantes, poseen una misma duración de vida. Pues, ciertamente, los elefantes viven por término medio 100 años, las efímeras solo un único día. Pero entre estas magnitudes puede trazarse, en efecto, un promedio común de 50 años; aquello en lo que los elefantes viven más, justamente viven menos las efímeras; las desviaciones respecto del promedio «se anulan, pues, mutuamente», ¡y así, en conjunto y en promedio, triunfa no obstante la ley de que todas las especies animales tienen la misma duración de vida!

Sigamos adelante.

SEGUNDO ARGUMENTO

Marx reivindica en diversos pasajes del tercer tomo para la ley del valor que «domina el movimiento de los precios», y considera prueba de este dominio el hecho de que, donde cae el tiempo de trabajo requerido para la producción de las mercancías, caen también los precios, y donde sube, suben también los precios, manteniéndose por lo demás iguales las circunstancias.4

También esta conclusión descansa sobre un error de razonamiento tan llamativo que ha de extrañar cómo pudo escapar al propio Marx. Que, en efecto, manteniéndose por lo demás iguales las circunstancias, los precios suban y bajen con la magnitud del gasto de trabajo, evidentemente no prueba ni más ni menos que el trabajo es un factor determinante de los precios. Prueba, pues, un hecho sobre el que todo el mundo está de acuerdo, que no es opinión particular de Marx, sino que es reconocido y enseñado exactamente igual por los clásicos y por los «economistas vulgares». Pero Marx, con su ley del valor, había afirmado mucho más: había afirmado que el gasto de trabajo es la única circunstancia que regula las relaciones de cambio de las mercancías (prescindiendo de las casuales oscilaciones momentáneas de la oferta y la demanda). Que esta ley domine el movimiento de los precios solo podría decirse, manifiestamente, si una variación (duradera) de los precios no pudiera ser producida ni mediada por ninguna otra causa que por una alteración en la magnitud del tiempo de trabajo. Pero eso Marx no lo afirma en absoluto, ni puede afirmarlo; pues está en la consecuencia de su propia doctrina que una variación de precio deba sobrevenir, por ejemplo, también cuando el gasto de trabajo permanece inalterado, pero, a consecuencia de un acortamiento del proceso de producción y cosas semejantes, se altera la composición orgánica del capital. Cabe, pues, sin más, poner junto a la proposición aducida por Marx la otra proposición como perfectamente equiparable: que los precios suben y bajan donde, manteniéndose por lo demás iguales las circunstancias, sube y baja la duración de la inversión de capital. Pero, en la medida en que con esta última proposición evidentemente tan poco puede probarse o verificarse que la duración de la inversión de capital es la única circunstancia que domina las relaciones de cambio, exactamente igual de poco cabe, a la inversa, ver en la circunstancia de que las variaciones en la magnitud del gasto de trabajo dejen en general huellas en el movimiento de los precios, una corroboración de la pretendida ley de que el trabajo solo domina las relaciones de cambio.

TERCER ARGUMENTO

Este argumento no ha sido desarrollado por Marx con explícita claridad, pero sí ha sido entretejido el material para él en aquellas exposiciones que tienen por objeto la elucidación de la «cuestión propiamente difícil», «cómo se opera la igualación de la tasa de ganancia hasta llegar a la tasa general de ganancia» (III, 153 y ss.).

El núcleo del argumento puede desentrañarse del modo más breve de la manera siguiente. Marx afirma —y debe afirmar— que «las tasas de ganancia son originariamente muy diferentes» (III, 136), y que su igualación en una tasa general de ganancia solo «es un resultado y no puede ser un punto de partida» (III, 153). Esta tesis implica además la pretensión de que existen algunos estados «originarios» en los cuales aún no se ha consumado la «transformación de los valores en precios de producción» que conduce a la igualación de las tasas de ganancia, y que, por tanto, se hallan todavía bajo el dominio pleno y literal de la ley del valor. Se reivindica, pues, para esta cierto ámbito de validez por completo sometido a ella.

Veamos con más exactitud qué ámbitos deban ser estos, y qué pruebas aporta Marx de que en ellos las relaciones de cambio se norman realmente solo por el trabajo encarnado en las mercancías.

La igualación de las tasas de ganancia está ligada, según Marx, a dos premisas: primera, que ya impere en general un modo de producción capitalista (III. 154), y segunda, que la competencia ejerza con eficacia su actividad niveladora (III. 136, 151, 159, 175/76). Tendremos, pues, que buscar lógicamente los «estados originarios» con régimen puro de la ley del valor allí donde falte una u otra de las dos premisas (o, naturalmente, ambas a la vez).

Sobre el primer caso se ha pronunciado el propio Marx con todo detenimiento. Hace de los procesos en un estado social en el que aún no se produce de manera capitalista, sino «donde los medios de producción pertenecen al trabajador», el objeto de una descripción pormenorizada que muestra, en efecto, los precios de las mercancías en este estadio regidos exclusivamente por sus valores. Para permitir al lector un juicio imparcial sobre cuánta fuerza probatoria es inherente a esta descripción, debo presentarla en todo su tenor literal.

«El punctum saliens resaltará por lo general con mayor claridad si concebimos la cosa así: Supóngase que los trabajadores mismos se hallen en posesión de sus respectivos medios de producción e intercambien entre sí sus mercancías. Estas mercancías no serían entonces productos del capital. Según la naturaleza técnica de sus trabajos, el valor de los medios de trabajo y de las materias de trabajo empleados en las distintas ramas laborales sería diferente; igualmente, prescindiendo del valor desigual de los medios de producción empleados, se requeriría una masa diferente de los mismos para una masa de trabajo dada, según que una determinada mercancía pueda terminarse en una hora, otra solo en un día, etc. Supóngase, además, que estos trabajadores trabajen por término medio el mismo tiempo, computadas las igualaciones que resultan de la distinta intensidad, etc., del trabajo. Dos trabajadores habrían entonces, en las mercancías que constituyen el producto de su jornada laboral, en primer lugar, repuesto sus desembolsos, los precios de coste de los medios de producción consumidos. Estos serían distintos según la naturaleza técnica de sus ramas laborales. Ambos habrían, en segundo lugar, creado igual cantidad de valor nuevo, a saber, la jornada laboral añadida a los medios de producción. Esto comprendería su salario más la plusvalía, el plustrabajo por encima de sus necesidades indispensables, cuyo resultado, sin embargo, les pertenecería a ellos mismos. Si nos expresamos en términos capitalistas, ambos reciben el mismo salario más la misma ganancia, pero también el valor expresado, por ejemplo, en el producto de una jornada laboral de diez horas. Pero, en primer lugar, los valores de sus mercancías serían distintos. En la mercancía I, por ejemplo, estaría contenida una mayor parte de valor para los medios de producción empleados que en la mercancía II. Las tasas de ganancia serían también muy distintas para I y II, si llamamos aquí tasa de ganancia a la relación de la plusvalía con el valor total de los medios de producción desembolsados. Los medios de vida que I y II consumen diariamente durante la producción, y que sustituyen al salario, constituirán aquí la parte de los medios de producción adelantados que de otro modo llamamos capital variable. Pero las plusvalías serían, para igual tiempo de trabajo, las mismas para I y II, o, más exactamente todavía: puesto que I y II reciben cada uno el valor del producto de una jornada laboral, reciben, tras deducir el valor de los elementos «constantes» adelantados, valores iguales, de los cuales una parte puede considerarse como reposición de los medios de vida consumidos en la producción, y la otra como plusvalía excedente más allá de ello. Si I tiene mayores desembolsos, estos quedan repuestos por la mayor parte de valor de su mercancía que sustituye a esa parte «constante», y por tanto él tiene también, a su vez, que reconvertir una mayor parte del valor total de su producto en los elementos materiales de esa parte constante, mientras que II, si recauda menos por ello, tiene también tanto menos que reconvertir. La diferencia de las tasas de ganancia sería, bajo esta premisa, una circunstancia indiferente, exactamente como hoy es una circunstancia indiferente para el obrero asalariado en qué tasa de ganancia se expresa el quantum de plusvalía que se le ha arrancado, y exactamente como en el comercio internacional la diferencia de las tasas de ganancia entre las distintas naciones es una circunstancia indiferente para su intercambio de mercancías.» (III. 154 y sig.)

Y ahora Marx pasa de golpe del modo hipotético de expresión de la «suposición», con su «se hallen» y su «serían», a conclusiones del todo positivas. «El intercambio de mercancías a sus valores o aproximadamente a sus valores requiere, pues, un estadio mucho más bajo que el intercambio a precios de producción ...» .. y «es, pues, del todo conforme a la realidad considerar los valores de las mercancías, no solo teórica, sino también históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto vale para estados en que los medios de producción pertenecen al trabajador, y este estado se encuentra tanto en el mundo antiguo como en el moderno, en el campesino terrateniente que trabaja por sí mismo y en el artesano» (III. 155, 156).

¿Qué hemos de pensar de estas exposiciones?

Ante todo, ruego al lector que se convenza y compruebe que la parte mantenida en el tono de la «suposición» contiene, ciertamente, una descripción llevada con gran coherencia acerca de cómo tendría que verse el intercambio en aquellos estados sociales primitivos si todo transcurriera conforme a la ley marxiana del valor, pero que en ella no se contiene ni la sombra de una prueba, ni siquiera de un intento de prueba, de que, bajo las premisas dadas, todo tendría que suceder así. Marx relata, «supone», afirma, pero no demuestra con una sola palabra. Es, por tanto, un salto osado, por no decir ingenuo, cuando Marx, sobre esa base, como si hubiera llevado felizmente a término un verdadero proceso demostrativo, proclama como resultado consumado que es, «por tanto», del todo conforme a la realidad considerar los valores también históricamente como el prius de los precios de producción. De hecho, no cabe hablar de que Marx, con su «suposición», haya probado la existencia histórica de tal estado; meramente lo ha postulado, a partir de su teoría, como una hipótesis, sobre cuya credibilidad ha de quedarnos, naturalmente, en libertad formarnos un juicio fundado.

De hecho, existen ahora contra su credibilidad los más serios reparos internos y externos. Es internamente inverosímil, y, en cuanto aquí pueda hablarse de una prueba empírica, también esta habla en su contra.

Es internamente del todo inverosímil. Exigiría, en efecto, que para los productores el momento en que reciben la retribución por su actividad fuera algo del todo indiferente, y eso es imposible económica y psicológicamente. Aclarémoslo desarrollando numéricamente el ejemplo empleado por el propio Marx. Marx compara dos trabajadores, I y II. El trabajador I representa una rama de producción que técnicamente necesita relativamente muchos y valiosos medios de producción preparatorios, materias primas, herramientas, materias auxiliares. Supongamos, para configurar el ejemplo en términos numéricos, que la elaboración de los medios de producción preparatorios requiera cinco años de trabajo, mientras que su transformación en productos acabados se efectúa en un sexto año de trabajo. Supongamos, además —lo que ciertamente no contradice el espíritu de la hipótesis marxiana, que precisamente quiere describir un estado bien primitivo, originario—, que el trabajador I ejecute por sí mismo ambas clases de trabajo, tanto la elaboración de los medios de producción preparatorios como su transformación en productos acabados. En estas circunstancias recibirá, manifiestamente, de la venta del producto acabado, que no puede efectuarse antes del final del sexto año de trabajo, la remuneración también por el trabajo preparatorio de los primeros años; o, dicho de otro modo, tendrá que esperar la remuneración por el trabajo del primer año cinco años, por el del segundo año cuatro años, por el del tercer año tres años, etc., o, por término medio de los seis años de trabajo, tendrá que esperar la remuneración aproximadamente tres años después de realizado el trabajo. El trabajador II, en cambio, que representa una rama de producción que necesita relativamente pocos medios de producción preparatorios, quizá complete todos los trabajos preparatorios y de acabado en un turno de solo un mes, y recibirá, por tanto, casi inmediatamente después de prestado su trabajo, también la remuneración por el mismo del producto de su venta.

La hipótesis de Marx supone ahora que los precios de las clases de mercancías I y II se fijan exactamente en proporción a las cantidades de trabajo empleadas, de suerte que el producto de seis trabajos anuales en la clase I se vende exactamente igual de caro que la suma de los productos de seis trabajos anuales en la clase II. De ello se sigue, además, que en la clase I el trabajador se conforma, por cada año de trabajo, con el pago retrasado por término medio tres años del mismo importe que el trabajador en la clase II recibe sin retraso alguno; que, por tanto, el retraso temporal de la percepción de un salario es una circunstancia que en la hipótesis marxiana no desempeña papel alguno y, en particular, no es capaz de ejercer influencia alguna sobre la competencia, sobre la mayor o menor afluencia de fuerzas a las distintas ramas de producción, según que estas, a causa de la duración de su período de producción, impongan un tiempo de espera más corto o más largo.

Si esto es verosímil, lo dejo al juicio del lector. Por lo demás, Marx reconoce, del todo acertadamente, que circunstancias accesorias particulares inherentes al trabajo de alguna rama de producción —intensidad, esfuerzo, incomodidad particulares de un trabajo— se procuran, mediante el juego de la competencia, una compensación en la cuantía del salario. ¿No habría de ser también una espera de años en la retribución del trabajo una circunstancia necesitada de compensación? Y, además: aun suponiendo que todos los productores quisieran de igual buen grado esperar tres años que no esperar nada por su salario, ¿pueden acaso todos esperar? Marx presupone, ciertamente, que «los trabajadores se hallan en posesión de sus respectivos medios de producción», pero no presupone, ni puede tampoco presuponer, que cada uno de ellos esté en posesión de tantos medios de producción como se requieren para el ejercicio de aquella rama de producción que, por razones técnicas, exige la disposición sobre la mayor suma de medios de producción. Por tanto, las distintas ramas de producción no son en absoluto accesibles por igual a todos los productores. Antes bien, aquellas ramas que requieren el menor adelanto de medios de producción son las más generalmente accesibles, mientras que las ramas con mayor exigencia de capital lo son para una minoría cada vez más reducida. ¿No habría de tener esto influencia alguna en que la oferta en estas últimas ramas experimente cierta restricción, por la cual finalmente el precio de sus productos se eleve por encima del nivel proporcional de aquellas ramas que se ejercen sin la odiosa condición accesoria de la espera y son accesibles a un círculo mucho más amplio de competidores?

Que aquí entra en juego cierta inverosimilitud lo ha sentido también el propio Marx. Registra, en primer lugar, asimismo, aunque en otra forma, que la medición de los precios meramente en proporción a la cantidad de trabajo conduce, en otra dirección, a una desproporción. Lo registra en la forma —por lo demás igualmente acertada— de que la «plusvalía» que los trabajadores de ambas ramas de producción obtienen por encima de su necesidad de subsistencia, calculada sobre los medios de producción adelantados, representa tasas de ganancia desiguales. Naturalmente se impone la pregunta de por qué esta desigualdad no habría de ser limada por la competencia igual que en la sociedad «capitalista». Marx siente la necesidad de dar una respuesta a esto, y esta es también la única adición que, junto a meras afirmaciones, lleva el carácter del intento de una fundamentación. ¿Qué responde, pues? Lo esencial sería que ambos trabajadores reciben, por igual tiempo de trabajo, las mismas plusvalías, o, designado todavía con mayor exactitud: que reciben, por igual tiempo de trabajo, «tras deducir el valor de los elementos constantes adelantados, valores iguales», y que bajo esta premisa la diferencia de las tasas de ganancia es para ellos «una circunstancia indiferente, exactamente como hoy es una circunstancia indiferente para el obrero asalariado en qué tasa de ganancia se expresa el quantum de plusvalía que se le ha arrancado».

¿Es esta una comparación afortunada? Si no recibo algo, puede en verdad serme del todo indiferente que aquello que no recibo represente, calculado sobre el capital de un tercero, un porcentaje alto o bajo. Pero si recibo algo en principio, como el trabajador en la hipótesis no capitalista ha de recibir la plusvalía como ganancia, entonces no me es en absoluto indiferente según qué medida haya de calcularse y repartirse esa ganancia. Cuando mucho podrá ser una cuestión abierta si esa ganancia ha de calcularse y repartirse meramente según la medida del trabajo prestado o también según la medida de los medios de producción adelantados; pero sencillamente «indiferente» no lo es, con certeza, para los interesados; y si, por tanto, se afirma el hecho un tanto inverosímil de que tasas de ganancia desiguales pueden subsistir permanentemente una junto a otra sin ser limadas por la competencia, ello no puede ciertamente motivarse con que la cuantía de las tasas de ganancia sea algo del todo indiferente para los intereses de los implicados.

Pero ¿son los trabajadores tratados igual, en la hipótesis marxiana, siquiera como trabajadores? Reciben, por igual tiempo de trabajo, valores y plusvalías iguales como salario, pero los reciben en momentos distintos: el uno inmediatamente después de prestado el trabajo, el otro ha de esperar años la remuneración. ¿Es esto un trato realmente igual, o no encierra más bien este proceso una desigualdad en una circunstancia accesoria de la retribución, que no puede ser indiferente a los trabajadores, frente a la cual, por el contrario, como muestra la experiencia, son —y con todo derecho— muy sensibles? ¿A qué trabajador le sería hoy indiferente recibir su salario semanal el sábado por la noche, o bien un año después, o tres años después? ¿Y desigualdades tan sensibles no habrían de ser limadas por la competencia? Esta es una inverosimilitud sobre la cual Marx nos ha quedado debiendo el esclarecimiento.

Pero su hipótesis no solo es internamente inverosímil, sino que también está en pugna con los hechos de la experiencia. Cierto que del caso supuesto, en su plena pureza típica, no tenemos, naturalmente, experiencia inmediata alguna, ya que un estado en el que no se dé en absoluto trabajo asalariado, y en el que cada productor sea propietario independiente de sus medios de producción, no puede ya observarse en ninguna parte en su plena pureza. Pero también «en el mundo moderno» se encuentran estados y relaciones que corresponden, al menos aproximadamente, a la hipótesis marxiana. Se encuentran, como el propio Marx destaca (III. 156), «en el campesino terrateniente que trabaja por sí mismo y en el artesano». Según la hipótesis marxiana tendría que poder observarse ahora que la magnitud del ingreso de estas personas es del todo independiente de la magnitud del capital que emplean en su producción. Cada uno de ellos tendría que percibir el mismo importe de salario y plusvalía, sea igual que el capital que representan sus medios de producción ascienda a 10 fl. o a 10.000 fl. Pero creo no tropezar con la duda de ningún lector si afirmo que en los círculos descritos rara vez existe, ciertamente, una contabilidad tan exacta como para poder determinar las relaciones con precisión numérica, pero que la impresión predominante con certeza no confirmará la hipótesis marxiana, sino que, por el contrario, irá en el sentido de que, en líneas generales, en aquellas ramas económicas y personas que trabajan con el apoyo de un capital considerable se encuentra también un ingreso más abundante que en aquellas que no disponen de nada salvo de los brazos del productor.

Pero esta prueba de los hechos, desfavorable a la hipótesis marxiana, recibe finalmente una nada pequeña corroboración indirecta por el hecho de que también en el segundo caso, en el cual, según la teoría marxiana, tendría que poder observarse un imperio puro de la ley del valor, y que es mucho más accesible a la prueba directa de los hechos, no se halla en realidad ni rastro del curso de los fenómenos pretendido por Marx.

Marx enseña, en efecto, como sabemos, que también en una economía plenamente desarrollada la igualación de las tasas de ganancia originariamente distintas se produce solo por el efecto de la competencia. «Si las mercancías se venden a sus valores» —escribe en el más detenido de los pasajes pertinentes5—, «surgen, como se ha desarrollado, tasas de ganancia muy distintas en las distintas esferas de producción, según la distinta composición orgánica de las masas de capital invertidas en ellas. Pero el capital se retira de una esfera con tasa de ganancia baja y se arroja sobre la otra, que arroja mayor ganancia. Mediante esta constante emigración e inmigración, en una palabra, mediante su distribución entre las distintas esferas, según que allí baje la tasa de ganancia y aquí suba, produce tal relación de la oferta con la demanda que la ganancia media en las distintas esferas de producción llega a ser la misma».

Lógicamente tendríamos ahora que esperar que dondequiera que esta clase de competencia de los capitales no se haya hecho plenamente efectiva, o al menos no todavía, se encontrara también, en su plena pureza, o al menos aproximadamente, la configuración originaria de la formación de precios y de ganancia afirmada por Marx. Dicho de otro modo, tendrían que mostrarse rastros de hechos de que, antes de la nivelación de las tasas de ganancia, las ramas de producción con el capital constante relativamente mayor obtuvieron y obtienen la menor tasa de ganancia, y las ramas con el capital constante menor, la mayor. Tales rastros no se encuentran ahora, en realidad, en ninguna parte, ni en el pasado histórico ni en el presente. Esto ha sido expuesto recientemente, de manera tan convincente, por un erudito por lo demás en alto grado prendado de Marx, que no puedo hacer nada mejor que citar simplemente las palabras de Werner Sombart.

«Nunca jamás se ha cumplido el desarrollo del modo indicado, ni se cumple así, lo que sin embargo tendría que ser el caso al menos en cada nueva rama de negocio que surge. Si aquella concepción fuera correcta, habría que pensarse evidentemente el avance del capitalismo, históricamente, de tal modo que primero hubiera ocupado la esfera con predominio de trabajo vivo, es decir, de composición de capital inferior a la media (c pequeño, v grande), y luego hubiera pasado lentamente a otras esferas en la medida en que, por la proliferación de la producción en aquellas primeras esferas, los precios hubieran descendido. En una esfera con predominio de los medios de producción frente al trabajo vivo, dependiendo de la plusvalía producida individualmente, habría realizado naturalmente en los comienzos una ganancia tan exigua que nada le habría tentado a emigrar a aquella esfera. Pero la producción capitalista comienza históricamente a desarrollarse, en parte, precisamente también en ramas de producción de esta última índole: minería, etc. El capital no habría tenido motivo alguno para pasar de la esfera de la circulación, donde se encontraba muy a gusto, a la esfera de la producción, sin perspectiva de una «ganancia usual en el país», la cual —esto sí ha de tenerse en cuenta— existía, antes de toda producción capitalista, en la ganancia comercial. Pero la falsedad de aquella suposición puede probarse también desde el otro lado: si en esferas con predominio de trabajo vivo se obtuvieran, en los comienzos de la producción capitalista, ganancias exorbitantemente altas, ello presupondría que el capital ocupara de un golpe, como obreros asalariados, al correspondiente círculo de productores hasta entonces independientes, es decir, digamos, a la mitad de la tasa de ingreso que antes habían percibido, y se embolsara por completo la diferencia con precios de mercancías que correspondieran inicialmente a los valores. Lo que, además, sería una representación del todo irrealista: la producción capitalista ha comenzado con existencias desclasadas, en parte en ramas de producción de creación enteramente nueva, y con seguridad ha partido de inmediato, en la fijación de precios, del desembolso de capital» (Werner Sombart).

«Pero así como la suposición de un enlace empírico de la tasa de ganancia con la tasa de plusvalía es históricamente falsa, es decir, para los comienzos del capitalismo, así lo es igualmente, y aún más, para los estados de un modo de producción capitalista desarrollado. Cuando hoy se abre una empresa, por alta o por baja que sea su composición de capital, la fijación de precios de sus productos y el cálculo (y realización) de la ganancia se efectúan exclusivamente sobre la base del desembolso de capital».

«Si en todo tiempo, antes como ahora, en efecto, ininterrumpidamente migran capitales de una esfera de producción a otra, ello tiene su razón principal, con certeza, en la desigualdad de las tasas de ganancia. Pero esta desigualdad procede con toda seguridad no de la composición orgánica de los capitales, sino de cualesquiera causas de la competencia. Las ramas de producción que aún hoy más bien florecen son, en parte, precisamente aquellas con composición de capital muy alta, como minas, fábricas químicas, cervecerías, molinos de vapor, etc. ¿Son estos los campos de los que se han retirado capitales, han emigrado, hasta que la producción quedó restringida en consecuencia y los precios subieron?»6

Estas exposiciones brindarían materia para muchas aplicaciones útiles que se vuelven contra la teoría marxiana. Por el momento extraigo de ellas una sola, que se refiere inmediatamente al argumento en el que precisamente se detiene nuestra investigación: la ley del valor, que, según se admite, ha de ceder su pretendido imperio a los precios de producción en la economía sometida a la plena competencia, jamás ha ejercido ni ha podido ejercer un imperio real tampoco en los estados originarios.

Hemos visto fracasar, así, uno tras otro, tres pretensiones que afirmaban la existencia de ciertos ámbitos de dominio reservados, en los cuales la ley del valor habría de alcanzar vigencia inmediata: la aplicación de la ley del valor a la suma de todas las mercancías y precios de mercancías en lugar de a sus relaciones individuales de intercambio (primer argumento) se ha revelado, en general, un sinsentido conceptual; el movimiento de los precios (segundo argumento) no obedece en realidad a la pretendida ley del valor, y tampoco esta ejerce un imperio real en los estados «originarios» (tercer argumento). Queda ahora solo una posibilidad más: la ley del valor, que en ninguna parte se muestra en vigencia real e inmediata, ¿ejerce quizá al menos un imperio indirecto, una especie de soberanía superior?

Marx no deja de afirmar también esto. Es la materia del cuarto argumento, a cuya consideración hemos de volvernos ahora.

CUARTO ARGUMENTO

Este argumento es indicado por Marx a menudo de modo lapidario, pero, por lo que veo, solo en un único pasaje es expuesto con mayor exactitud. En lo esencial viene a sostener que los «precios de producción» que rigen la formación efectiva de los precios están, a su vez, bajo el influjo de la ley del valor, y que esta, por tanto, mediante el recurso a los precios de producción, rige las relaciones efectivas de intercambio. Los valores «están detrás de los precios de producción» y «los determinan en última instancia» (III. 188); los precios de producción son, como Marx se expresa con frecuencia, meros «valores transformados» o «formas transformadas del valor» (III. 142, 147, 152 y a menudo). La índole y la medida del influjo que la ley del valor ejerce sobre los precios de producción hallan, sin embargo, su exacta explicación en un pasaje de las págs. 158 y 159. «La ganancia media, que determina el modo de producción, debe ser siempre aproximadamente igual al quantum de plusvalía que recae sobre un capital dado como parte alícuota del capital social total. Como ahora el valor total de las mercancías regula la plusvalía total, y esta, a su vez, la cuantía de la ganancia media y, por tanto, de la tasa general de ganancia —como ley general o como lo que rige las oscilaciones—, la ley del valor regula los precios de producción».

Sigamos este hilo de pensamiento paso a paso, examinándolo. La ganancia media, dice Marx al principio, determina los precios de producción. Esto es correcto en el sentido de la doctrina marxiana, pero no completo. Hagamos del todo clara la relación.

El precio de producción de una mercancía se compone, en primer lugar, del «precio de coste» de los medios de producción para el empresario y de su beneficio medio sobre el capital desembolsado. El precio de coste de los medios de producción se compone, a su vez, de dos componentes: del desembolso en capital variable, es decir, de los salarios pagados directamente, y del desembolso por el capital constante consumido o desgastado, materias primas, máquinas y similares. Como Marx, además, explica con toda exactitud en las págs. 138 s., 144 y 186, en una sociedad en la que los valores ya se han transformado en precios de producción, también el precio de adquisición o de coste de estos medios materiales de producción no corresponde a su valor, sino a la suma de los desembolsos que los productores de estos medios de producción han destinado, por su parte, a salarios y a medios auxiliares materiales, más el beneficio medio sobre estos desembolsos. Si se prosigue este análisis, se llega, exactamente igual que con el natural price de Adam Smith, con el que Marx identifica expresamente su precio de producción (III. 178), finalmente a la resolución del precio de producción en dos componentes o determinantes: en la suma de todos los salarios pagados durante las distintas fases de producción, que en conjunto constituyen el verdadero precio de coste de la mercancía7, y en la suma de todos los beneficios calculados sobre estos desembolsos salariales pro rata temporis, y precisamente calculados según la tasa media de beneficio.

Es, por tanto, ciertamente el beneficio medio que se acumula en la producción de una mercancía un factor determinante del precio de producción de la mercancía en cuestión. Del segundo factor determinante, la suma salarial pagada, Marx no sigue hablando en este pasaje. Pero como, según se ha mencionado, habla en otro lugar de manera del todo general de que «los valores están detrás de los precios de producción» y de que «la ley del valor los determina en última instancia», debemos, para no dejar ningún vacío, incluir también este segundo factor en nuestra investigación y, en consecuencia, examinar si puede afirmarse de él, y en qué grado, que sea determinado por la ley del valor.

Evidentemente, la suma de los salarios pagados es un producto de la cantidad de trabajo empleado multiplicada por la cuantía de la tasa salarial. Pues bien, dado que, según la ley del valor, las relaciones de cambio deben estar determinadas exclusivamente por la cantidad de trabajo empleado, y que Marx niega repetidamente y con el mayor énfasis a la cuantía del salario de trabajo todo influjo sobre el valor de las mercancías,8 resulta igualmente evidente que, de los dos componentes del factor «desembolso salarial», solo uno, la cantidad de trabajo empleado, armoniza con la ley del valor, mientras que en el segundo componente, la cuantía del salario de trabajo, entra entre los factores determinantes de los precios de producción un factor determinante ajeno a la ley del valor.

Para cortar de raíz todo malentendido, ilústrese aún el modo y la medida del efecto de este factor con un sencillo ejemplo numérico.

Tomemos tres mercancías A, B y C, que inicialmente representan el mismo precio de producción de 100 marcos cada una, pero con una composición típica distinta de los componentes de coste. Supongamos, además, que el salario de trabajo de una jornada asciende inicialmente a 5 marcos, que la tasa de plusvalía o el grado de explotación asciende al 100 %, de modo que del valor total de las mercancías de 300 marcos, 150 marcos recaen sobre los salarios y otros 150 marcos sobre la plusvalía; que el capital total (aplicado a las tres mercancías en proporción desigual) asciende a 1500 marcos y, por consiguiente, los beneficios medios al 10 %. A este supuesto corresponde la siguiente representación tabular:

Tabla 3

Mercancía Jornadas de trabajo empleadas Salarios de trabajo empleados Capital aplicado Beneficio medio correspondiente Precio de producción
A 10 50 500 50 100
B 6 30 700 70 100
C 14 70 300 30 100
Suma 30 150 1500 150 300

Supongamos ahora un aumento del salario de trabajo de 5 a 6 marcos. Este, permaneciendo invariables las demás circunstancias, según Marx solo puede ir a costa de la plusvalía.9 Del producto total, que ha permanecido igual, de 300 marcos recaerán, por tanto —disminuyendo el grado de explotación—, 180 sobre los salarios de trabajo y solo 120 marcos sobre la plusvalía, con lo cual la tasa media de beneficio para el capital empleado de 1500 marcos desciende al 8 %. Los desplazamientos que se producen por ello en la composición de los componentes del capital y en los precios de producción los muestra la siguiente tabla.

Tabla 4

Mercancía Jornadas de trabajo empleadas Salarios de trabajo empleados Capital aplicado Beneficio medio correspondiente Precio de producción
A 10 60 500 40 100
B 6 36 700 56 92
C 14 84 300 24 108
Suma 30 180 1500 120 300

Se muestra, así pues, que el aumento de los salarios de trabajo, permaneciendo invariable la cantidad de trabajo, ha provocado un desplazamiento sensible de los precios de producción y de las relaciones de cambio, inicialmente iguales. Este desplazamiento se debe en parte, pero evidentemente no por entero, a la simultánea y necesaria variación de la tasa media de beneficio afectada por la modificación salarial. Ciertamente no por entero, digo, porque, por ejemplo, el precio de producción de la mercancía C, a pesar del descenso del importe de beneficio comprendido en él, ha aumentado, de modo que esta modificación de precio no puede haber sido provocada con seguridad solo por la modificación del beneficio. Destaco este asunto —por lo demás evidente de suyo— únicamente para poner fuera de toda duda que en la cuantía del salario nos las habemos con un factor determinante del precio cuya eficacia no se agota en la influencia sobre la cuantía del beneficio, sino que ejerce además un influjo propio y directo, y que, por tanto, teníamos efectivamente motivo para someter a una consideración autónoma el eslabón de los factores determinantes del precio que Marx pasó por alto en el pasaje arriba citado. Los resultados finales de esta consideración me reservo resumirlos para más adelante. Sigamos por el momento, examinando paso a paso, la exposición que Marx ofrece del modo y manera en que el segundo factor determinante de los precios de producción, el beneficio medio, ha de ser regulado por la ley del valor.

mercancías;10 el valor total de las mercancías determina la plusvalía total contenida en ellas; esta regula, repartida sobre el capital social total, la tasa media de beneficio; esta, aplicada al capital ocupado en la producción de una mercancía individual, arroja el beneficio medio concreto, que finalmente entra como elemento en el precio de producción de la mercancía en cuestión. De este modo, el factor que se halla al comienzo de esta serie, la «ley del valor», «regula» el eslabón final, los precios de producción.

Acompañemos esta cadena lógica con nuestras observaciones.

Lo primero que llama la atención y que cabe constatar es que Marx no afirma en absoluto una conexión del beneficio medio que entra en el precio de producción de las mercancías con el valor que, sobre la base de la ley del valor, se halla encarnado en determinadas mercancías individuales. Al contrario, destaca con énfasis en numerosos pasajes que la cantidad de plusvalía que entra en el precio de producción de una mercancía es independiente, e incluso de principio distinta, de la «plusvalía realmente producida en la esfera particular de producción» (III. 146; de manera análoga III. 144 y a menudo). No vincula, por tanto, el influjo atribuido a la ley del valor en absoluto a la función característica de la ley del valor, en virtud de la cual esta normaliza las relaciones de cambio de las mercancías individuales, sino únicamente a una supuesta otra función, sobre cuyo carácter sumamente problemático ya nos hemos formado antes nuestro juicio: a saber, a la determinación del valor total de todas las mercancías tomadas en conjunto. En esta aplicación, según nos hemos convencido, la ley del valor es simplemente vacía de contenido. Si, como hace al fin y al cabo también Marx, se acuña el concepto y la ley del valor sobre las relaciones de cambio de los bienes,11 no tiene sentido aplicar el concepto y la ley a un todo que como tal nunca puede entrar en aquellas relaciones: para el intercambio, que no tiene lugar, de este todo no hay naturalmente ni una medida ni un factor determinante, y por tanto tampoco puede haber un contenido para una «ley del valor». Pero si la ley del valor no tiene en absoluto un influjo real sobre un quimérico «valor total de todas las mercancías tomadas en conjunto», naturalmente tal influjo tampoco puede ser transmitido a otras relaciones, y toda la cadena de múltiples eslabones que Marx se afanaba por seguir anudando con una lógica externamente pulcra queda, por consiguiente, suspendida en el aire.

Pero hagamos abstracción por completo de este primer defecto fundamental y examinemos los demás eslabones de la cadena con independencia de él, en cuanto a su propia consistencia. Supongamos, pues, que el valor total de las mercancías sea realmente una magnitud real y, además, determinada por la ley del valor: entonces el segundo eslabón afirma que este valor total de las mercancías regula la plusvalía total. ¿Es esto correcto?

La plusvalía no representa, sin duda, una cuota fija o invariable del producto nacional total, sino que resulta de la diferencia entre el «valor total» del producto nacional y el importe del salario que se paga a los obreros. Aquel valor total, por tanto, no regula en ningún caso por sí solo la magnitud de la plusvalía total, sino que, en el mejor de los casos, puede proporcionar un factor determinante de su magnitud, junto al cual entra como un segundo factor determinante, ajeno, la cuantía del salario de trabajo. Pero ¿no obedece acaso también este a la ley marxiana del valor?

En el primer tomo Marx aún había afirmado esto sin condiciones. «El valor de la fuerza de trabajo», escribe en la pág. 155, «al igual que el de cualquier otra mercancía, está determinado por el tiempo de trabajo necesario para la producción, y por tanto también para la reproducción, de este artículo específico». Y en la página siguiente continúa, determinando esta proposición con mayor exactitud: «Para su conservación, el individuo vivo necesita una cierta suma de medios de subsistencia. El tiempo de trabajo necesario para la producción de la fuerza de trabajo se resuelve, pues, en el tiempo de trabajo necesario para la producción de estos medios de subsistencia, o bien el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios para la conservación de su poseedor». En el tercer tomo, sin embargo, Marx se ve obligado a renunciar en buena medida también al rigor de esta afirmación. En efecto, en la pág. 186 del tercer tomo advierte, con pleno derecho, sobre la posibilidad de que también los medios de subsistencia necesarios de los obreros puedan venderse a precios de producción que se aparten del tiempo de trabajo necesario. En este caso, enseña Marx, también la parte variable del capital (es decir, los salarios pagados) puede «apartarse de su valor». Con otras palabras: también el salario de trabajo puede (haciendo del todo abstracción de meras oscilaciones temporales) apartarse de manera duradera de aquella tasa que correspondería a la cantidad de trabajo encarnada en los medios de subsistencia necesarios, o a la estricta exigencia de la ley del valor. Así pues, ya en la determinación de la plusvalía total participa al menos un factor determinante ajeno a la ley del valor.

El factor plusvalía total, así determinado, «regula», según Marx, la tasa media de beneficio. Pero, evidentemente, de nuevo solo de tal manera que la plusvalía total proporciona uno de los factores determinantes, mientras que como segundo factor determinante, del todo independiente de aquel y también de la ley del valor, actúa la magnitud del capital existente en la sociedad. Si, como en la tabla anterior, con una plusvalía del 100 % la plusvalía total es de 150 marcos, entonces la tasa de beneficio asciende al 10 %, si y porque el capital total empleado en todas las ramas de producción es de 1500 marcos; sería evidentemente, permaneciendo del todo igual la plusvalía total, solo del 5 % si el capital total que participa en ella ascendiera a 3000 marcos, y de un 20 % completo si el capital total fuera de solo 750 marcos. Entra, por tanto, evidentemente de nuevo en la cadena influyente un factor determinante del todo ajeno a la ley del valor.

La tasa media de beneficio, hemos de concluir además, regula la magnitud del beneficio medio concreto que se acumula en la producción de una determinada mercancía. Esto es de nuevo correcto solo con la misma restricción que en los eslabones anteriores. A saber, la suma del beneficio medio que se acumula en una determinada mercancía es el producto de dos factores: la magnitud del capital adelantado multiplicada por la tasa media de beneficio. Pero la magnitud del capital que ha de adelantarse en las distintas fases se determina, a su vez, según dos factores: a saber, según la cantidad de trabajo que ha de remunerarse (un factor que, ciertamente, no se halla en disonancia con la ley marxiana del valor), pero también según la cuantía del salario que ha de pagarse, y en este factor entra en juego, como acabamos de convencernos, un factor ajeno a la ley del valor.

Con el siguiente eslabón retornamos de nuevo al comienzo. El beneficio medio determinado según el eslabón 4 ha de regular el precio de producción de la mercancía. Esto es correcto, con la corrección anticipada al comienzo de que el beneficio medio es solo un factor determinante del precio junto al desembolso salarial, en el cual, como se ha expuesto repetidamente, actúa como codeterminante un elemento ajeno a la ley marxiana del valor.

Resumamos. ¿Cuál ha sido el tema a demostrar que Marx emprendió corroborar? Rezaba: «La ley del valor regula los precios de producción», o, según otra forma de expresión, «los valores determinan en última instancia los precios de producción». O bien, si insertamos en la fórmula el contenido del valor y de la ley del valor tal como Marx lo había determinado en el primer tomo, la afirmación reza: Los precios de producción están dominados «en última instancia» por la proposición de que la cantidad de trabajo es la única circunstancia que subyace a la relación de cambio de las mercancías.

¿Y qué muestra la comprobación de los distintos eslabones del razonamiento demostrativo? Muestra que el precio de producción se compone, en primer lugar, de dos componentes. Uno de ellos, el desembolso salarial, es el producto de dos factores, de los cuales uno, la cantidad de trabajo, es homogéneo con la sustancia del valor marxiano, y el segundo, la cuantía del salario, no. Del segundo componente, la suma de beneficio medio acumulada, el propio Marx solo logró afirmar una conexión con la ley del valor mediante una violenta dislocación de esta ley, al atribuirle una eficacia en un terreno en el que no existen relaciones de cambio en absoluto. Pero aun haciendo abstracción de esto, el factor «valor total de las mercancías», que Marx pretende todavía derivar de la ley del valor, hubo de compartir en todo caso, en la determinación del eslabón siguiente, la plusvalía total, con un factor ya no homogéneo con la ley del valor, la «cuantía del salario de trabajo»; la «plusvalía total» hubo de compartir con un elemento del todo ajeno, la masa del capital social, la determinación de la tasa media de beneficio, y esta, finalmente, con el elemento en parte ajeno del desembolso salarial, la determinación de la suma de beneficio acumulada. El factor «valor total de todas las mercancías», abonado con muy problemática justificación en favor de la ley marxiana del valor, interviene por tanto solo tras una triple dilución homeopática de su influjo y, naturalmente, también con una participación correspondientemente exigua, acorde a esta dilución, en la determinación del beneficio medio y, más allá, de los precios de producción. Una descripción sobria de los hechos habría de rezar, pues, del modo siguiente: La cantidad de trabajo, que según la ley marxiana del valor ha de dominar plena y exclusivamente las relaciones de cambio de las mercancías, se revela de hecho como un factor determinante de los precios de producción junto a otros factores determinantes. Tiene un influjo fuerte y bastante inmediato sobre uno de los componentes de los precios de producción, que consiste en el desembolso salarial, y uno mucho más remoto, más débil y en su mayor parte12 incluso problemático sobre el segundo componente, el beneficio medio.

Pregunto ahora: ¿Contiene este estado de cosas una confirmación o una refutación de la pretensión de que en última instancia sea, sin embargo, la ley del valor la que determine los precios de producción? Creo que la respuesta no puede ser dudosa ni por un instante: La ley del valor pretende que la cantidad de trabajo determine por sí sola las relaciones de cambio; los hechos implican que no es la cantidad de trabajo, ni sus factores homogéneos, lo que determina por sí solo las relaciones de cambio. Estas dos proposiciones se comportan entre sí como el sí y el no, como la afirmación y la contradicción. Quien reconoce la segunda proposición —y la teoría de Marx sobre los precios de producción contiene este reconocimiento— niega de hecho la primera. Y si Marx hubiera creído realmente que no se ha contradicho a sí mismo ni a su primera proposición, se ha dejado engañar por una grosera confusión. No habría visto entonces que, al fin y al cabo, son dos cosas muy distintas que un factor invocado en una ley ejerza algún tipo de influjo en algún grado, o que la ley misma ejerza su dominio.

El ejemplo más trivial quizá sea el mejor en un asunto tan palpable. Se habla del efecto de los cañones sobre las corazas de los buques, y alguien plantea la afirmación de que el grado del efecto destructor del disparo depende única y exclusivamente de la magnitud de la carga de pólvora empleada. Se le pide cuentas y se le demuestra, de la mano de la experiencia efectiva y con su propia anuencia paso a paso, que para el efecto del disparo importa no solo la cantidad de pólvora cargada, sino también su potencia, y más allá también la construcción, la longitud y similares del tubo del cañón, luego la forma y la dureza del proyectil, además la distancia del objeto y, no en último lugar finalmente, el grosor y la solidez de las planchas de la coraza. Y ahora, después de que todo esto se ha concedido paso a paso, nuestro hombre diría que, con su afirmación inicial, lleva razón de todos modos; pues, como se ha mostrado, el factor cantidad de pólvora invocado por él ejerce, después de todo, un influjo determinante sobre el efecto del disparo, lo cual se demuestra, entre otras cosas, en que, permaneciendo iguales las demás circunstancias, con la potencia de la carga de pólvora aumenta el efecto del disparo, y a la inversa.

No de otro modo Marx. Primero perora con el mayor énfasis imaginable que a las relaciones de cambio de la mercancía no puede subyacer otra cosa que única y exclusivamente la cantidad de trabajo; polemiza del modo más acerbo contra los economistas que, además de la cantidad de trabajo —cuyo influjo sobre el valor de cambio de los bienes libremente reproducibles nadie niega—, reconocen aún otros factores determinantes del valor y del precio; construye sobre la posición exclusiva de la cantidad de trabajo como único factor determinante de las relaciones de cambio, a lo largo de dos tomos, las más importantes conclusiones teóricas y prácticas, su teoría de la plusvalía y su anatema contra la organización social capitalista, para desarrollar en el tercer tomo una teoría de los precios de producción que materialmente reconoce el influjo también de otros factores determinantes. Pero, en lugar de analizar por completo estos otros factores determinantes, solo pone siempre, con gesto triunfante, el dedo sobre aquellos puntos en los que su ídolo, la cantidad de trabajo, ejerce todavía ahora un influjo, real o en su opinión: sobre la variación de los precios cuando la cantidad de trabajo varía, sobre la influencia en la tasa media de beneficio a través del «valor total» y similares. Sobre el influjo coordinado de factores determinantes ajenos, como sobre la influencia en la tasa de beneficio por la magnitud del capital social, sobre la variación de los precios por la modificación de la composición orgánica de los capitales o por la modificación de la cuantía del salario, guarda silencio en este contexto. Disquisiciones en las que reconoce estos influjos no faltan en su obra. El influjo de la cuantía del salario sobre los precios está desarrollado acertadamente, por ejemplo, en las págs. 179 ss. y luego 186; el influjo de la magnitud del capital social sobre la cuantía de la tasa media de beneficio, en las págs. 145, 184, 191 s., 197 s., 203 y a menudo; el influjo de la composición orgánica de los capitales sobre los precios de producción, en las págs. 142 ss. Pero, de manera característica, Marx pasa sin palabra alguna, en los pasajes dedicados a la apología de la ley del valor, por encima de estos influjos de otra índole, destaca de manera unilateral únicamente la participación de la cantidad de trabajo, para extraer de la premisa correcta y no discutida por nadie de que el factor cantidad de trabajo interviene como codeterminante en varios puntos en la conformación de los precios de producción, la conclusión del todo injustificada de que, después de todo, «en última instancia» la ley del valor, que proclama el dominio exclusivo del trabajo, determina los precios de producción. ¡Esto significa sustraerse a la confesión de la contradicción, pero ciertamente no evitar la contradicción misma!

Chapter IV.

EL ERROR EN EL SISTEMA MARXIANO; SU ORIGEN Y SUS RAMIFICACIONES

La demostración de que un escritor se ha contradicho a sí mismo puede ser una etapa necesaria, pero nunca debe ser la meta final de una crítica objetiva y fecunda. Es solo un grado comparativamente pobre del conocimiento crítico saber que en un sistema se esconde un error que, de manera concebible, podría ser también un mero error casual y personal del autor. Una verdadera superación de un sistema sólidamente trabado no es posible sino cuando se logra demostrar con toda exactitud el punto en el que el error penetró en el sistema, y las vías por las que se difundió y ramificó en él. Hay que comprender el punto de partida, el desarrollo y la catástrofe del error, que culmina en la autocontradicción, tan bien y, casi me atrevería a decir, también como adversario, tan compasivamente, como, a la inversa, uno se esfuerza por comprender las conexiones de un sistema al que se entrega.

Circunstancias de un modo del todo peculiar y aguzado han traído consigo que en el caso de Marx la cuestión de la autocontradicción haya alcanzado un significado mucho mayor del que habitualmente le corresponde, y en correspondencia con ello también yo he dedicado a aquella cuestión un amplio espacio. Precisamente frente a un pensador tan importante e influyente, tanto menos nos es lícito, sin embargo, sustraernos a la segunda parte de la tarea crítica, que, según creo, también en este caso es objetivamente aún más fecunda e instructiva.

Comencemos con una pregunta que nos lleva de inmediato ante lo principal: ¿por qué camino llegó Marx a la proposición teórica fundamental de su doctrina, a la proposición de que todo valor descansa única y exclusivamente sobre cantidades de trabajo encarnadas?

Que esta proposición no es en modo alguno un axioma evidente de suyo y, por tanto, no necesitado en absoluto de demostración, está fuera de duda. Valor y esfuerzo no son, como ya he expuesto en otro lugar en una ocasión, dos conceptos tan solidarios entre sí que uno haya de verse inmediatamente embargado por la intelección de que el esfuerzo es la razón del valor. «Que me haya afanado por una cosa es un hecho; que la cosa valga también el afán es un segundo hecho, distinto de aquel; y que ambos hechos no siempre vayan de la mano lo confirma la experiencia con demasiada seguridad como para que pudiera caber duda alguna al respecto. Cada uno de los innumerables esfuerzos infructuosos que a diario se malgastan, por torpeza técnica o por especulación fallida o simplemente por mala fortuna, en un resultado sin valor, da testimonio de ello. Pero no menos también cada uno de los numerosos casos en los que poco esfuerzo se recompensa con un alto valor».²³

Si, pues, a pesar de ello se afirma, para algún ámbito, una concordancia necesaria y conforme a ley de ambas magnitudes, hay que rendirse cuentas a uno mismo y a los lectores de algunas razones que sean capaces de sostener tal afirmación.

Marx aporta ahora también en su sistema una fundamentación. Creo, no obstante, poder demostrar que la vía de fundamentación emprendida era de raíz una vía antinatural, no acorde con la naturaleza del problema; que, además, la fundamentación expuesta en el sistema evidentemente no era aquella mediante la cual Marx mismo llegó a su convicción, sino que fue concebida a posteriori como un apoyo artificialmente acicalado para una opinión preconcebida, extraída de otras impresiones; que, por último —y esto es lo más decisivo—, la demostración está plagada de un cúmulo de los más palmarios errores lógicos y metodológicos, que la privan de toda fuerza probatoria.

Examinémoslo más de cerca.

La tesis fundamental que Marx propone a sus lectores que crean es que el valor de cambio de las mercancías —pues su análisis se dirige únicamente a este, no al valor de uso— encuentra su fundamento y su medida en las cantidades de trabajo incorporadas en las mercancías.

Ahora bien, tanto los valores de cambio, o bien los precios de las mercancías, como las cantidades de trabajo necesarias para su reproducción son magnitudes que se manifiestan externamente y que, en términos generales, resultan perfectamente accesibles a una constatación empírica. Por ello, lo más obvio para Marx habría sido evidentemente apelar a la experiencia para convencerse de una proposición cuya verdad o falsedad debe plasmarse en los hechos de la experiencia; en otras palabras: emprender también una demostración puramente empírica de su tesis, accesible a una demostración puramente empírica. Pero Marx no hace tal cosa. Y ni siquiera puede decirse que haya pasado de largo, descuidadamente, ante esta posible y ciertamente apropiada fuente de conocimiento y de demostración. Al contrario, como ponen de manifiesto las exposiciones de su tercer tomo, sabe muy bien cómo están constituidos los hechos empíricos y que estos contradicen su tesis. Sabe que los precios de las mercancías no se fijan en proporción a la cantidad de trabajo incorporada, sino en proporción a los costos de producción totales, que abarcan también otros elementos. Por ello eludió la prueba más natural de su tesis, ciertamente no por azar, sino con la clara conciencia de que por este camino no podía lograrse un resultado favorable a su tesis.

Pero existe todavía una segunda vía de demostración y de convicción, igualmente del todo conforme a la naturaleza de tales tesis, a saber, la psicológica. En efecto, puede investigarse —con una mezcla de inducción y deducción muy usual en nuestra ciencia— los motivos que guían a las gentes, por un lado, en la realización de las transacciones de cambio y en la fijación de los precios de cambio, y, por otro, en su participación en la producción; y pueden extraerse de la naturaleza de estos motivos conclusiones sobre un modo típico de obrar de las gentes, en el que, entre otras cosas, podría concebiblemente resultar también una conexión de los precios regularmente exigidos y concedidos con la cantidad de trabajo necesaria para la producción de las mercancías. Este método se ha aplicado precisamente en cuestiones semejantes a menudo y con el mejor de los éxitos —en él se basan, por ejemplo, la fundamentación habitual de la ley de la oferta y la demanda, la ley de los costos de producción, la explicación de la renta del suelo, etc.—, y el propio Marx se sirvió de él, al menos en bruto, no pocas veces. Solo precisamente en su tesis fundamental vuelve a rehuirlo. Aunque evidentemente la afirmada conexión externa entre los valores de cambio y las cantidades de trabajo solo podría hallar su plena comprensión mediante la revelación de los eslabones psicológicos intermedios que encadenan a ambos, Marx renuncia a la exposición de estas conexiones internas; en cierta ocasión llega incluso a declarar que «el análisis más profundo» de las «dos fuerzas impulsoras sociales» de «la demanda y la oferta», que conduciría precisamente a aquella vinculación interna, «no es aquí del caso» (III. 169); con lo cual el «aquí» se refiere, ciertamente, en un primer momento solo a una digresión sobre la influencia de la demanda y la oferta en la formación de los precios, pero de hecho y en la práctica se extiende, en cuanto se trata de un análisis realmente «profundo» y a fondo, a todo el sistema marxiano y, en particular, también a la fundamentación de su idea capital más importante.

Pero también aquí hay que advertir de nuevo algo peculiar. En efecto, tampoco ante este segundo método de investigación posible y natural pasa Marx de largo con imparcial despreocupación. Antes bien, lo rehúye una vez más deliberadamente y con plena conciencia del resultado que arrojaría y de que este no sería favorable a su tesis. En el tercer tomo, en efecto, invoca de hecho aquellos impulsos operantes en la producción y en el cambio, cuyo «análisis más profundo» rehúsa aquí y en otras partes, bajo su tosco nombre colectivo de «competencia», y sabe y expone que estos impulsos no conducen en realidad a una adaptación de los precios a las cantidades de trabajo incorporadas en las mercancías, sino que, por el contrario, los apartan de esa medida y los empujan hacia un nivel que corresponde a la concurrencia de al menos un segundo factor coordinado. Es precisamente la «competencia» la que, según Marx, produce la formación de la célebre tasa media de ganancia y la «transformación» de los puros valores-trabajo en «precios de producción» que se desvían de ellos y que encierran una porción de ganancia media.

En lugar, pues, de fundamentar su tesis empírica o psicológicamente, a partir de la experiencia o de sus motivos operantes, Marx prefiere emprender una tercera vía de demostración, ciertamente algo extraña para una materia de tal índole: la vía de una demostración puramente lógica, de una deducción dialéctica a partir de la esencia del cambio.

Ya en el viejo Aristóteles había encontrado Marx la idea de que «el cambio no puede existir sin la igualdad, ni la igualdad sin la conmensurabilidad» (I. 35). A esta idea se vincula. Se representa el cambio de dos mercancías bajo la imagen de una ecuación, infiere que en las dos cosas intercambiadas y por ello igualadas debe existir «algo común de la misma magnitud», y se dispone a buscar ese algo común, a lo cual las cosas igualadas, como valores de cambio, deben ser «reducibles» (I. 11).

Quisiera observar, a modo de inciso, que ya el primer supuesto, según el cual en el cambio de dos cosas habría de manifestarse una «igualdad» de las mismas, me parece muy poco moderno —cosa que, en definitiva, no tendría mayor importancia—, pero también muy poco realista o, por decirlo en buen romance, erróneamente pensado. Allí donde reinan la igualdad y un equilibrio exacto no suele producirse ningún cambio en la posición de reposo anterior. Por lo tanto, si en el caso del cambio la cosa termina con que las mercancías cambian de poseedor, ello es más bien un indicio de que entraba en juego alguna desigualdad o algún predominio, cuya inclinación forzó el cambio; exactamente igual que entre los componentes de cuerpos compuestos puestos en proximidad se contraen nuevas combinaciones químicas cuando la «afinidad química» con los componentes del cuerpo extraño aproximado no es precisamente igual de fuerte, sino más fuerte que con los componentes de la composición anterior. De hecho, la economía nacional moderna es unánime en que la antigua concepción escolástico-teológica de la «equivalencia» de los valores que se intercambian es desacertada. Pero no quiero conceder mayor peso a este punto y me dirijo a la investigación crítica de aquellas operaciones lógicas y metodológicas mediante las cuales Marx destila el trabajo como el «algo común» buscado.

Son precisamente estas operaciones de las que ya antes indiqué que me parecen constituir el punto más vulnerable de la teoría marxiana. Presentan casi tantos errores científicos capitales como eslabones de pensamiento —y estos no son pocos—, y llevan huellas palpables de haber sido ingeniadas y artificiosamente compuestas a posteriori, para hacer aparecer una opinión preconcebida como resultado aparentemente natural de un verdadero proceso de investigación.

En la búsqueda del «algo común» característico del valor de cambio, Marx emprende el siguiente procedimiento. Hace pasar revista a las diversas propiedades que poseen en general los objetos igualados en el cambio, descarta luego, según el método de la exclusión, todas aquellas que no superan la prueba, hasta que al final solo queda una única propiedad. Esta —es la propiedad de ser producto del trabajo— debe ser entonces la propiedad común buscada.

Este procedimiento es algo extraño, pero en sí mismo no es reprobable. Es ciertamente algo extraño que, en lugar de poner positivamente a prueba la propiedad característica supuesta —lo que, ciertamente, habría conducido a uno de los dos métodos antes tratados, deliberadamente evitados por Marx—, uno se procure la convicción de que es precisamente ella la propiedad buscada únicamente por la vía negativa de que todas las demás propiedades no lo son, pero alguna ha de serlo. Con todo, este método puede conducir a la meta deseada si se maneja con la cautela y la integridad necesarias; es decir, si se cuida con escrupulosa diligencia de que todo lo que corresponde sea efectivamente introducido en el tamiz lógico, y de que luego no se cometa ningún descuido respecto de ningún eslabón que sea excluido en el curso del cribado.

Pero ¿cómo procede Marx?

Desde un principio pone en el tamiz únicamente aquellas cosas dotadas de valor de cambio que poseen la propiedad que finalmente quiere cribar como la «común», y deja fuera todas las de otra índole. Hace como quien desea apremiantemente que de la urna salga una bola blanca y, prudentemente, favorece este resultado no poniendo en la urna otras bolas que blancas. En efecto, restringe el alcance de su investigación sobre la sustancia del valor de cambio, desde un principio, a las «mercancías», concibiendo este concepto, sin definirlo precisamente con cuidado, en todo caso de manera más estrecha que el de los «bienes», y limitándolo a los productos del trabajo por oposición a los dones de la naturaleza. Ahora bien, salta a la vista: si realmente el cambio significa una igualación que presupone la existencia de «algo común de igual magnitud», entonces ese algo común debe buscarse y hallarse en todas las clases de bienes que entran en el cambio; no solo en los productos del trabajo, sino también en los dones de la naturaleza, como el suelo y la tierra, la madera en pie, las fuerzas hidráulicas, los yacimientos de carbón, las canteras, los yacimientos de petróleo, las aguas minerales, las minas de oro y semejantes.13 Excluir, en estas circunstancias, de la búsqueda del algo común que subyace al valor de cambio los bienes dotados de valor de cambio que no son productos del trabajo es un pecado mortal metodológico. No es de otro modo que si un físico quisiera investigar el fundamento de una propiedad común a todos los cuerpos, por ejemplo la gravedad, mediante un cribado de las propiedades de un solo grupo de cuerpos, por ejemplo los cuerpos transparentes, haciendo pasar revista a todas las propiedades comunes a los cuerpos transparentes, demostrando de todas las demás propiedades de los mismos que no pueden ser el fundamento de la gravedad, y proclamando finalmente, sobre esta base, ¡que la transparencia debe ser la causa de la gravedad!

La exclusión de los dones de la naturaleza (que ciertamente no se le habría ocurrido al padre de la idea de la igualación en el cambio, Aristóteles) puede justificarse tanto menos cuanto que algunos dones de la naturaleza, como el suelo y la tierra, pertenecen a los objetos más importantes de toda la fortuna y del tráfico, y cuanto que tampoco puede afirmarse en modo alguno que, en el caso de los dones de la naturaleza, los valores de cambio se fijen siempre de manera del todo casual y arbitraria. Por un lado, también en los productos del trabajo se dan precios casuales, y, por otro, los precios de los dones de la naturaleza presentan a menudo las más nítidas relaciones con puntos de apoyo o razones determinantes fijos. Que, por ejemplo, el precio de compra de las fincas constituye un múltiplo de su renta, ajustado al tipo de interés usual del país, es tan conocido como seguro es que la madera en pie o el carbón en la mina, según su distinta calidad o en distintas situaciones con desiguales condiciones de extracción y transporte, no obtienen un precio diferente por mero azar, y semejantes.

Marx se guarda también de dar cuenta expresa de que, y de por qué, ha excluido de antemano de la investigación una parte de los bienes dotados de valor de cambio. También aquí, como tantas veces, sabe deslizarse sobre los pasajes delicados de su razonamiento con una destreza dialéctica resbaladiza como una anguila. Evita ante todo hacer notar a su lector que su concepto de «mercancía» es más estrecho que el del bien dotado de valor de cambio en general. Prepara, con extraordinaria habilidad, un punto de enlace natural para la posterior restricción de la investigación a las mercancías, mediante la frase general, en apariencia del todo inocua, colocada a la cabeza de su libro, de que «la riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como una inmensa acumulación de mercancías». Esta proposición es completamente falsa si se entiende la expresión mercancía en el sentido de productos del trabajo que Marx le atribuirá más adelante. Pues los dones de la naturaleza, incluidos el suelo y la tierra, constituyen una parte muy considerable y en modo alguno indiferente de la riqueza nacional. Pero el lector desprevenido pasa fácilmente por alto esta inexactitud, ya que no sabe que Marx más adelante atribuirá a la expresión mercancía un sentido mucho más estrecho.

Tampoco en lo que sigue se aclara esto todavía. Al contrario, en los primeros párrafos del primer capítulo se habla alternativamente de la «cosa», del «valor de uso», del «bien» y de la «mercancía», sin que entre esta última y los primeros se trace una clara distinción. «La utilidad de una cosa» —se dice en la p. 10— «la convierte en valor de uso». «El cuerpo de la mercancía... es un valor de uso o bien». En la p. 11 leemos: «El valor de cambio aparece... como la relación cuantitativa... en que se intercambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra clase». Adviértase: aquí se designa todavía sin más como campo del fenómeno del valor de cambio el valor de uso = bien. Y con la frase: «Consideremos la cosa más de cerca», que ciertamente no es apropiada para anunciar un salto a otro ámbito más estrecho de la investigación, prosigue Marx: «Una sola mercancía, un quarter de trigo por ejemplo, se intercambia en las más diversas proporciones con otros artículos». Y «Tomemos además dos mercancías», etc. En el mismo párrafo reaparece incluso una vez más la expresión «cosas», y precisamente en el giro importante para el problema, de que «en dos cosas diferentes existe algo común de la misma magnitud» (que precisamente son igualadas entre sí en el cambio). En la página siguiente, 12, lleva a cabo, sin embargo, Marx la búsqueda del «algo común» solo para el «valor de cambio de las mercancías», sin advertir con la menor palabra que con ello pretende haber estrechado el campo de investigación a una parte de las cosas dotadas de valor de cambio.14 Y de inmediato, en la página siguiente, p. 13, abandona de nuevo la restricción y aplica al círculo más amplio de los valores de uso de los bienes el resultado que acaba de obtener para el ámbito más estrecho de las mercancías. «¡Un valor de uso o bien tiene, pues, valor solo porque en él está objetivado o materializado trabajo humano abstracto!»

Si Marx no hubiera estrechado en el punto decisivo la investigación a los productos del trabajo, sino que hubiera buscado el algo común también en los dones de la naturaleza dotados de valor de cambio, habría sido palpable que el trabajo no puede ser el algo común. Si hubiera llevado a cabo aquel estrechamiento de manera expresa y manifiesta, él mismo y sus lectores habrían tropezado infaliblemente con el craso error metodológico, habrían tenido que sonreír ante el ingenuo truco mediante el cual la propiedad de ser producto del trabajo es felizmente destilada como propiedad común de un círculo, después de haber separado previamente de ese mismo círculo, adrede, todas las cosas dotadas de valor de cambio que por naturaleza pertenecían igualmente a él y que no son productos del trabajo. El truco solo podía hacerse como Marx lo hizo, de manera inadvertida, con una dialéctica que se desliza rápida y ligeramente sobre el punto delicado. Al expresar mi sincera admiración por la destreza con que Marx supo presentar de modo aceptable un procedimiento tan defectuoso, no puedo, naturalmente, sino constatar que el procedimiento era completamente defectuoso.

Pero sigamos adelante. Con el truco que acabamos de describir, Marx solo había logrado, en realidad, que el trabajo pudiera entrar en absoluto en la competición. Mediante el estrechamiento artificial del círculo, el trabajo se había convertido por primera vez en una propiedad «común» a este estrecho círculo. Pero junto a él podían entrar en consideración como comunes también otras propiedades. ¿Cómo se eliminan ahora estos otros competidores?

Esto sucede mediante otros dos eslabones de pensamiento, cada uno de los cuales contiene solo unas pocas palabras, pero en ellas uno de los más graves errores lógicos.

En el primer eslabón, Marx excluye todas «las propiedades geométricas, físicas, químicas u otras propiedades naturales de las mercancías». Pues «sus propiedades corporales solo entran en consideración en general en la medida en que las hacen útiles, es decir, valores de uso. Por otra parte, la relación de cambio de las mercancías está evidentemente caracterizada por la abstracción de sus valores de uso». Pues «dentro de la misma (la relación de cambio) un valor de uso vale exactamente tanto como cualquier otro, con tal de que esté presente en la debida proporción» (I. 12).

«¿Qué habría dicho Marx de la siguiente argumentación? En un escenario de ópera, tres cantantes excelentes, un tenor, un bajo y un barítono, tienen cada uno un sueldo de 20.000 fl. Se pregunta: ¿cuál es la circunstancia común en virtud de la cual se les iguala entre sí en el sueldo? Y yo respondo: en la cuestión del sueldo, una buena voz vale exactamente tanto como cualquier otra, una buena voz de tenor tanto como una buena voz de bajo o una buena voz de barítono, con tal de que esté presente en absoluto en la debida proporción. Por consiguiente, en la cuestión del sueldo se abstrae «evidentemente» de la buena voz; por consiguiente, la buena voz no puede ser la causa común del elevado sueldo. — Que esta argumentación es falsa, está claro. Pero igual de claro está también que la conclusión marxiana, según la cual está copiada con exactitud, no es ni un ápice más correcta. Ambas adolecen del mismo error. Confunden la abstracción de una circunstancia en general con la abstracción de las modalidades especiales bajo las cuales se presenta esa circunstancia. Lo que en nuestro ejemplo es indiferente para la cuestión del sueldo es evidentemente solo la modalidad especial bajo la cual aparece la buena voz, si como voz de tenor, de bajo o de barítono, pero en modo alguno la buena voz en general. Y del mismo modo, en la relación de cambio de las mercancías se abstrae, ciertamente, de la modalidad especial bajo la cual pueda aparecer el valor de uso de las mercancías, si la mercancía sirve para la alimentación, la vivienda, el vestido, etc., pero en modo alguno del valor de uso en general. Que no se abstrae lisa y llanamente de este último, podría haberlo deducido Marx ya del hecho de que no puede existir ningún valor de cambio donde no haya un valor de uso presente, un hecho que el propio Marx se ve obligado a reconocer repetidamente.» (Böhm-Bawerk)15

Pero todavía peor está la cosa con el siguiente eslabón del proceso demostrativo. «Si se prescinde del valor de uso de los cuerpos de las mercancías» —prosigue Marx textualmente— «solo les queda una propiedad, la de ser productos del trabajo». ¿De veras? pregunto hoy, igual que pregunté hace 12 años: ¿solo una propiedad? ¿No les queda en común a los bienes dotados de valor de cambio, por ejemplo, también la propiedad de ser escasos en relación con la necesidad? ¿O la de ser objeto de la demanda y de la oferta? ¿O la de estar apropiados? ¿O la de ser «productos de la naturaleza»? Pues que son tanto productos de la naturaleza como del trabajo, nadie lo dice con mayor claridad que el propio Marx, cuando alguna vez declara: «Los cuerpos de las mercancías son combinaciones de dos elementos, materia natural y trabajo». ¿O no es también común a los valores de cambio la propiedad de causar costos a sus productores, una propiedad de la que Marx se acuerda con tanta exactitud en el tercer tomo?

¿Por qué, pregunto también hoy de nuevo, no habría de residir el principio del valor igualmente bien en alguna de estas propiedades comunes, en lugar de en la propiedad de ser producto del trabajo? Pues en favor de esta última Marx no ha aducido ni siquiera la huella de una razón positiva; su única razón es la negativa de que el valor de uso, felizmente abstraído, no es el principio del valor de cambio. Pero ¿no corresponde esta razón negativa en igual medida a todas las demás propiedades comunes pasadas por alto por Marx?

¡Más aún! En la misma p. 12, en la que Marx ha abstraído la influencia del valor de uso sobre el valor de cambio con la motivación de que un valor de uso vale tanto como cualquier otro con tal de que esté presente en la debida proporción, nos cuenta acerca de los productos del trabajo lo siguiente:

«Sin embargo, también el producto del trabajo se nos ha transformado ya en las manos. Si abstraemos de su valor de uso, abstraemos también de los componentes y formas corporales que lo convierten en valor de uso. Ya no es mesa ni casa ni hilo ni ninguna otra cosa útil. Todas sus cualidades sensibles están borradas. Tampoco es ya el producto del trabajo del carpintero o del trabajo de la construcción o del trabajo de hilandería o de algún otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo desaparece el carácter útil de los trabajos representados en ellos, desaparecen, pues, también las diversas formas concretas de estos trabajos; ya no se distinguen, sino que están todos reducidos en conjunto a trabajo humano igual, trabajo humano abstracto.»

¿Puede decirse de manera más clara y expresa que, para la relación de cambio, no solamente un valor de uso, sino también una clase de trabajo y de productos del trabajo «cuenta exactamente tanto como cualquier otra, con tal de que se halle presente en la debida proporción»? ¿Que, dicho con otras palabras, el mismísimo estado de cosas en virtud del cual Marx acaba de pronunciar su veredicto de exclusión contra el valor de uso se da también respecto del trabajo? El trabajo y el valor de uso tienen un lado cualitativo y un lado cuantitativo. Del mismo modo que el valor de uso es cualitativamente distinto en cuanto mesa, casa o hilo, así también lo es el trabajo en cuanto trabajo de carpintería, trabajo de construcción o trabajo de hilado. Y del mismo modo que se puede comparar el trabajo de distinta clase según su cantidad, exactamente así se pueden comparar los valores de uso de distinta clase según la magnitud del valor de uso. Resulta absolutamente inconcebible por qué el estado de cosas idéntico haya de conducir, para uno de los competidores, a la exclusión, y para el otro, a su coronación con el precio. Si Marx, por casualidad, hubiera invertido el orden de la investigación, habría podido, con exactamente el mismo aparato deductivo con que ha excluido el valor de uso, excluir el trabajo, y luego, a su vez, con el mismo aparato deductivo con que ha coronado el trabajo, proclamar el valor de uso como la única propiedad común restante y, por tanto, buscada, y declarar el valor una «gelatina de valor de uso». Creo que puede afirmarse, no en broma, sino con plena seriedad, que en los dos pasajes de la pág. 12 —en el primero de los cuales se abstrae el influjo del valor de uso, y en el segundo se demuestra el trabajo como el elemento común buscado— los sujetos podrían intercambiarse mutuamente sin que se produjera alteración alguna en la corrección lógica externa; que en la estructura inalterada de las frases del primer pasaje podrían sustituirse por doquier el valor de uso por el trabajo y los productos del trabajo, y en la estructura del segundo, por doquier el trabajo por el valor de uso.

Tal es la lógica y la metodología con que Marx introduce en su sistema su proposición fundamental del trabajo como base única del valor. Tengo por completamente excluido que este hocus-pocus dialéctico fuera para el propio Marx fundamento y fuente de su convicción. Un pensador de la talla de Marx —y lo estimo como una potencia de pensamiento de primerísimo rango— habría sido del todo incapaz, si de lo que se hubiese tratado para él fuera formar primero su propia convicción y buscar realmente la conexión efectiva de las cosas con una mirada libre e imparcial, de buscar desde un principio por un camino tan torcido y contranatural; le habría sido del todo imposible incurrir, por mera y desdichada casualidad, en todos los errores lógicos y metodológicos descritos, uno tras otro, y traer a casa, como resultado espontáneo, no sabido ni querido de antemano, de semejante senda de investigación, la tesis del trabajo como única fuente del valor.

Creo que el verdadero estado de cosas era otro. No dudo en absoluto de que Marx estuviera real y honestamente convencido de su tesis. Pero las razones de su convicción no son las que escribió en el sistema. Eran, con toda probabilidad, más bien impresiones que razones.

Ante todo, las impresiones de la autoridad. Smith y Ricardo, las grandes autoridades, habían enseñado, según se creía al menos entonces, la misma proposición. Cierto es que no la habían fundamentado más que Marx, sino que la habían postulado únicamente a partir de ciertas impresiones generales y difusas. Al contrario, allí donde miraron con atención, y para ámbitos en que no podía evitarse un examen más detenido, la contradijeron expresamente. Para la economía nacional empírica desarrollada, Smith enseñó, exactamente igual que Marx en su tercer tomo, la gravitación de los valores y los precios hacia un nivel de costos que, además del trabajo, incluye también una ganancia media del capital; y Ricardo, en la célebre sección IV del capítulo «On value», expuso asimismo con toda claridad y de modo expreso que, junto al trabajo directo e indirecto, también la magnitud y la duración de la inversión de capital ejercen un influjo determinante sobre el valor de los bienes. Para poder entregarse, sin contradicción visible, al pensamiento filosófico predilecto del trabajo como la «verdadera» fuente del valor, hubieron de huir con él al país de la fábula y al tiempo fabuloso en que aún no había capitalistas ni propietarios de la tierra. Allí podía afirmarse sin que se le refutara, porque sin que se le controlara. No controlado por la experiencia, que para ello no existe, ni controlado por el análisis científico-psicológico, porque a un análisis tal —exactamente igual que Marx— lo eludieron: no fundamentaron, sino que postularon como estado «natural» un idilio del valor-trabajo.16

En tales disposiciones de ánimo y concepciones, que por la autoridad de Smith y Ricardo habían alcanzado un prestigio enorme, aunque ciertamente no incontestado, entró Marx como heredero. Y, como socialista fervoroso, creyó en ellas de buen grado. No es de extrañar que, frente a un pensamiento tan apto para apuntalar de modo tan excelente su concepción económica del mundo, no se comportara de manera más escéptica que un Ricardo, a quien aquel pensamiento, sin embargo, debía de resultarle por completo a contrapelo. Tampoco es de extrañar que las manifestaciones contradictorias de los clásicos no lo movieran a dudas críticas contra la tesis del valor-trabajo, sino que las interpretara únicamente como intentos de los clásicos de sustraerse, por un rodeo, a las consecuencias enojosas de una verdad incómoda. En suma, no es de extrañar que, sobre la base del mismo material que había inducido a los clásicos a sus manifestaciones unilaterales, mitad difusas, mitad contradichas y en absoluto fundamentadas, él, por su parte, creyera en esas mismas proposiciones, pero con fuerza, sin condiciones y con fervorosa convicción. Para sí mismo no necesitaba ulteriores razones. Solo para su sistema necesitaba una fundamentación formal.

Que en esta no pudiera apoyarse sencillamente en los clásicos se comprende, pues estos nada habían fundamentado. También sabemos que no podía apelar a la experiencia ni intentar una fundamentación económico-psicológica, pues estos caminos lo habrían conducido manifiestamente a lo justamente contrario de su tesis a demostrar. Así, pues, se volvió hacia la especulación lógico-dialéctica, que de todos modos convenía a su orientación intelectual. Y aquí valía la consigna: ¡que ayude lo que pueda ayudar! Sabía lo que quería sacar y debía sacar, y así estuvo amañando y retorciendo los pacientes conceptos y premisas con admirable refinamiento durante tanto tiempo, hasta que el resultado sabido de antemano salió realmente a la luz bajo una forma deductiva externamente respetable. Quizá estuviera en ello tan cegado por sus convicciones que ni siquiera advirtiera las monstruosidades lógicas y metodológicas que en ello necesariamente habían de deslizarse; quizá las advirtiera, pero las justificara ante sí mismo como meras ayudas formales, para procurar también a una verdad materialmente fundamentada, según su más profunda convicción, el ropaje sistemático que le correspondía: sobre esto no puedo juzgar yo, y probablemente nadie pueda hoy ya juzgarlo en absoluto. Pero lo que sí quisiera afirmar es que difícilmente jamás otra cabeza tan poderosa para el pensamiento como lo era Marx haya brindado una lógica tan grave, tan continua y tan palpablemente falsa como la que Marx brinda en la fundamentación sistemática de su tesis fundamental.

Esta tesis falsa la entreteje ahora en su sistema. Con una admirable habilidad táctica, que vuelve a manifestarse brillantemente acto seguido, ya en sus pasos inmediatos. Pues, aunque ha derivado su tesis, evitando cuidadosamente la prueba empírica, únicamente «desde lo hondo del ánimo», no por ello cabe descartar del todo la idea de poner a prueba el resultado de esta especulación apriorística mediante la experiencia. Si Marx mismo no lo hiciera, sus lectores lo harían previsiblemente por su propia cuenta. Pues bien, ¿cómo procede Marx?

Divide. En un punto, la incongruencia de su tesis con la experiencia es flagrante. Ese punto lo aborda él mismo, cogiendo al toro por los cuernos. En efecto, como consecuencia de su principio básico, ha enseñado que el valor de las distintas mercancías guarda la misma proporción que el tiempo de trabajo necesario para producirlas (I, 14). Ahora bien, hasta para el observador superficial es manifiesto que esta proposición no se sostiene frente a ciertos hechos; que, por ejemplo, el producto diario de un escultor, de un ebanista artístico, de un fabricante de violines, de un constructor de máquinas, etc., tiene con certeza no un valor igual de grande, sino un valor mucho más alto que el producto diario de un artesano corriente o de un obrero fabril, aunque en ambos esté «encarnado» igual cantidad de tiempo de trabajo. Marx pone ahora en escena él mismo estos hechos con un giro dialéctico magistral. Toma nota de ellos en un tono como si no encerraran una contradicción contra su principio básico, sino solo una leve variante del mismo, que aún se mantiene dentro de la regla y solo exige cierta aclaración o determinación más precisa de esta última. En efecto, declara que por trabajo, en el sentido de su teorema, quiere entender el «gasto de fuerza de trabajo simple que, por término medio, todo hombre común, sin desarrollo especial, posee en su organismo corpóreo»; con otras palabras, «trabajo simple medio» (I, 19), de modo semejante ya (I, 13). «El trabajo más complejo —prosigue luego— cuenta solo como trabajo simple potenciado, o más bien multiplicado, de suerte que una cantidad menor de trabajo complejo es igual a una cantidad mayor de trabajo simple. Que esta reducción se efectúa de continuo lo muestra la experiencia. Una mercancía puede ser el producto del trabajo más complejo; su valor la equipara al producto del trabajo simple y representa, por tanto, ella misma solo una determinada cantidad de trabajo simple. Las distintas proporciones en que las diversas clases de trabajo se reducen al trabajo simple como su unidad de medida son fijadas por un proceso social a espaldas de los productores, y por ello les parecen dadas por la costumbre».

Para un lector que se apresura, esta explicación quizá suene en verdad del todo plausible. Pero si se mira con un poco de sangre fría y sobriedad, la impresión se trueca en lo contrario.

El hecho con el que tenemos que habérnoslas es que el producto de un día o de una hora de trabajo cualificado tiene un valor mayor que el producto de un día o de una hora de trabajo simple; que, por ejemplo, el producto diario de un escultor equivale en valor a cinco productos diarios de un picapedrero. Ahora bien, Marx ha enseñado que las cosas que se equiparan entre sí en el cambio deben contener «algo común de la misma magnitud», y este algo común habría de ser un trabajo y un tiempo de trabajo. ¿Trabajo en general? Eso es lo que hacían suponer las primeras exposiciones generales de Marx hasta la pág. 13, pero eso evidentemente no se cumpliría: pues cinco días de trabajo no son ciertamente «la misma magnitud» que un día de trabajo. Por eso Marx ya no dice ahora trabajo a secas, sino «trabajo simple»: lo común habría de ser, pues, el contenido de igual cantidad de trabajo de cierta clase, a saber, de trabajo simple.

Pero esto, mirado con sangre fría, se cumple todavía menos, pues en el producto del escultor no está encarnado en absoluto ningún «trabajo simple», y mucho menos un trabajo simple de igual cantidad que en cinco productos diarios de un picapedrero. La sobria verdad es que ambos productos encarnan distintas clases de trabajo en distinta cantidad, y esto es precisamente, como reconocerá todo el que no esté prevenido, lo declaradamente contrario del estado de cosas que Marx exige y tiene que afirmar: ¡a saber, que encarnan trabajo de la misma clase en igual cantidad!

Cierto que Marx dice: el trabajo complejo «cuenta» como trabajo simple multiplicado; pero «contar» no es «ser», y la teoría apunta a la esencia de las cosas. Naturalmente, los hombres pueden, bajo algún respecto, tener un día de trabajo de escultor por igual a cinco días de trabajo de picapedrero, así como, por ejemplo, pueden también tener un corzo por igual a cinco liebres. Pero así como tal equiparación no autorizaría al estadístico a afirmar con seriedad científica, de un coto en el que se hallan 100 corzos y 500 liebres, que en él hay 1000 liebres, tampoco está autorizado el estadístico de precios o el teórico del valor a afirmar con seriedad que en el producto diario del escultor estén encarnados cinco días de trabajo simple, y que esta sea la razón real por la que en el cambio se equipara a cinco productos diarios del picapedrero. Cuántas cosas pueden demostrarse si uno se permite recurrir, allí donde el «ser» lo deja a uno en la estacada, al «contar» y al «hacer contar», procuraré ilustrarlo un instante después con un ejemplo directamente ajustado al problema del valor. Pero antes debo intercalar todavía otra consideración.

En efecto, en el pasaje citado Marx hace un intento de justificar su maniobra de la «reducción» del trabajo complejo al simple, y ello por medio de la experiencia. «Que esta reducción se efectúa de continuo lo muestra la experiencia. Una mercancía puede ser el producto del trabajo más complejo; su valor la equipara al producto del trabajo simple y representa, por tanto, ella misma solo una determinada cantidad de trabajo simple».

Bien. Démoslo por bueno de momento, y observemos solo un poco más de cerca de qué modo y por qué factores ha de determinarse la pauta de reducción para esa reducción empírica a la que Marx apela. Aquí tropezamos con la percepción muy natural, pero muy comprometedora para la teoría marxiana, de que la pauta de reducción no se determina por ninguna otra cosa que por las relaciones fácticas de cambio mismas. No está determinado ni es determinable a priori, a partir de alguna propiedad inherente a los trabajos cualificados, en qué proporción han de convertirse en trabajo simple en la formación del valor de sus productos, sino que nada decide sino el resultado efectivo, las relaciones efectivas de cambio. El propio Marx lo dice: «su valor la equipara al producto del trabajo simple», y remite a «un proceso social» mediante el cual «a espaldas de los productores se fijan las distintas proporciones en que las diversas clases de trabajo se reducen al trabajo simple como su unidad de medida», y que por ello estas proporciones «parecen dadas por la costumbre».

¿Qué significa, en tales circunstancias, la invocación del «valor» y del «proceso social» como factores determinantes de la pauta de reducción? Significa, prescindiendo de todo lo demás, el círculo desnudo y puro en la explicación. El objeto de la explicación habían de ser, en efecto, las relaciones de cambio de las mercancías, por ejemplo, también por qué una estatuilla que ha costado un día de trabajo de escultor se cambia por un carro de cascajo que ha costado cinco días de trabajo de picapedrero, y no, acaso, por una cantidad mayor o menor de cascajo que cuesta diez o solo tres días de trabajo. ¿Qué nos dice Marx a modo de explicación? La relación de cambio es esta y no otra porque el día de trabajo de escultor es reducible precisamente a cinco días de trabajo simple. ¿Y por qué es reducible precisamente a cinco días? Porque la experiencia muestra que es reducido así por un proceso social. ¿Y cuál es ese proceso social? El mismo que ha de explicarse: el mismo por el cual precisamente el producto de un día de trabajo de escultor se equipara en valor al producto de cinco días de trabajo común. Si de hecho se cambiara regularmente por el producto de solo tres días de trabajo simple, Marx nos indicaría igualmente que reconociéramos la pauta de reducción de 1 : 3 como la empírica, y que en ella apoyásemos la explicación de que, y de por qué, una estatuilla tiene que cambiarse precisamente por el producto de tres días de trabajo de un picapedrero, ni más ni menos. En suma, está claro que por este camino no averiguamos absolutamente nada sobre la causa propia por la que los productos de distintas clases de trabajo se cambian entre sí en una u otra proporción; se cambian así, nos dice Marx, aunque con palabras un poco distintas, ¡porque según la experiencia se cambian así!

Anoto todavía de pasada que epígonos de Marx, quizá reconociendo el círculo que acabo de describir, han hecho el intento de poner la reducción del trabajo complejo al simple sobre otra base real. «No es una ficción, sino un hecho —dice Grabski²⁸— que una hora de trabajo complejo contiene en sí varias de trabajo simple». Pues, «para ser consecuente», hay que «tomar en cuenta también aquel trabajo que se ha empleado en la adquisición de la destreza». Creo que no se necesitan muchas palabras para hacer evidente la total insuficiencia también de esta explicación. Nada quiero objetar contra que se sume al trabajo de ejercicio la cuota de trabajo de aprendizaje que proporcionalmente le corresponde. Pero, manifiestamente, las diferencias en la vigencia del trabajo complejo frente al simple solo podrían explicarse por este recargo si la magnitud de este correspondiera a la magnitud de aquella diferencia. Por ejemplo, en nuestro caso supuesto, solo se contendrían realmente en una hora de trabajo de escultor en ejercicio cinco horas de trabajo simple si por cada hora de ejercicio recayeran cuatro horas de aprendizaje, o, convertido a unidades mayores, si de 50 años de vida que un escultor consagra a su profesión, aprendiendo y ejerciendo, tuviera que aprender 40 años para poder ejercer 10. Pero que en la realidad tenga lugar una proporción tal, o siquiera aproximadamente semejante, nadie querrá, sin duda, afirmarlo. Me aparto, pues, de la hipótesis de apuro, manifiestamente insuficiente, del epígono, y vuelvo de nuevo a la doctrina del propio maestro, para ilustrar la índole y el alcance de sus desaciertos todavía con un ejemplo en el que la falsa manera de deducir de Marx, según creo, sale a la luz del modo más claro.

Pues con exactamente la misma clase de argumentación podría afirmarse y sostenerse también la proposición de que el principio y la pauta del valor de cambio residen en el contenido de materia de las mercancías, de que las mercancías se cambian en la proporción de la cantidad de materia encarnada en ellas. Diez kilos de materia en una forma de mercancía se cambian en todo momento por diez kilos de materia en otra forma de mercancía. Si contra esta afirmación se objeta, naturalmente, que ello es manifiestamente falso, ya que, por ejemplo, 10 kilos de oro no se cambian por 10, sino por 40.000 kilos de hierro, o por aún más kilos de carbón, replicamos según el modelo de Marx: para la formación del valor lo que importa es el contenido de materia común media. Esta funciona como unidad de medida. Las materias cualificadas, finas, costosas, «cuentan solo como materia simple potenciada, o más bien multiplicada, de suerte que una cantidad menor de materia cualificada es igual a una cantidad mayor de materia simple. Que esta reducción se efectúa de continuo lo muestra la experiencia. Una mercancía puede consistir en la materia más exquisita: su valor la equipara a las mercancías formadas de materia común y representa, por tanto, ella misma solo una determinada cantidad de materia común». Un «proceso social», cuya existencia efectiva ciertamente no puede ponerse en duda, reduce sin cesar, por ejemplo, la libra de oro en bruto a 40.000, la libra de plata en bruto a 1.500 libras de hierro en bruto. La elaboración del oro, por ejemplo, por un orfebre corriente o por la mano de un gran artista, da lugar a ulteriores matices en la cualificación de la materia, a los que la práctica hace justicia, según la experiencia, mediante pautas de reducción particulares. Si, por tanto, una libra de lingote de oro se cambia por lingotes de hierro de 40.000 libras, o si una copa de oro modelada por Benvenuto Cellini, de igual peso, se cambia por 4.000.000 de libras de hierro, ello no es una violación, sino una confirmación de la proposición de que las mercancías se cambian en la proporción de la «materia media» representada por ellas.

Creo que el lector imparcial reconocerá sin dificultad en estas argumentaciones los dos ingredientes de la receta marxiana: la sustitución del «contar» por el «ser» y el círculo explicativo que reside en derivar la pauta de reducción de las relaciones fácticas de cambio en la sociedad, que son justamente las que necesitan explicación.

Así se las ha arreglado Marx con la más chillona contradicción de los hechos contra su teoría: dialécticamente, sin disputa, con gran destreza; en la cosa misma, naturalmente, como no podía ser de otro modo, de manera del todo insuficiente.

Pero, junto a ello, hay todavía otras incongruencias con la experiencia efectiva, menos llamativas por su grado, a saber, aquellas que se derivan de la participación de la inversión de capital en la determinación de los precios fácticos de los bienes, las mismas que, como se señaló más arriba, Ricardo examina en la sección IV del capítulo «On value». Frente a estas incongruencias, Marx toma otra dirección. Cierra ante ellas por completo los ojos, de momento. Las ignora a lo largo de dos tomos. Hace como si no existieran, abstrayéndolas a modo de supuesto durante todo el primer y el segundo tomo. En efecto, a lo largo de toda la ulterior exposición de su doctrina del valor, lo mismo que en el desarrollo de su teoría de la plusvalía, parte siempre del «supuesto», en parte mantenido tácitamente, en parte enunciado de modo expreso, de que las mercancías realmente se cambian a sus valores, es decir, exactamente en la proporción del trabajo encarnado en ellas.17

También enlaza esta abstracción supositiva, de nuevo, con un giro dialéctico sumamente hábil. Hay, en efecto, ciertas desviaciones fácticas de la regla teórica de las que un teórico puede realmente abstraer: son las fluctuaciones casuales y pasajeras de los precios de mercado en torno a su nivel duradero regular. Pues bien, Marx no deja de dirigir, en tales ocasiones en que declara querer abstraer de las desviaciones de los precios respecto de los valores, la atención de los lectores hacia tales «circunstancias casuales» de las que habría que «prescindir», como hacia «las constantes oscilaciones de los precios de mercado», cuyo «alza y baja se compensan» y que «se reducen ellas mismas al precio medio como su regla interna».18 Con semejante indicación conquista la aprobación de los lectores para su abstracción; pero que con ello no abstrae solo de fluctuaciones casuales, sino también de «desviaciones» del todo firmes, duraderas, típicas, cuya existencia constituye lisa y llanamente una parte integrante de la regla misma que ha de explicarse, eso permanece oculto para el lector que no mira con toda exactitud, y este se desliza sin sospecha por encima del pecado mortal metodológico del autor.

Pues un pecado mortal metodológico es ignorar, en una investigación científica, justamente aquello que se debe explicar. Ahora bien, la teoría de la plusvalía de Marx no persigue otra cosa que una explicación, en su sentido, de la ganancia del capital. Pero la ganancia del capital reside precisamente en aquellas desviaciones constantes de los precios de las mercancías respecto del monto de sus meros costos de trabajo. Si, por tanto, se ignoran estas «desviaciones», se ignora lisa y llanamente la parte principal de lo que ha de explicarse. Hace 12 años censuré el mismo descuido metodológico tanto contra Rodbertus, que se había hecho culpable de él de igual modo, como contra el propio Marx.³¹ Permítaseme repetir las palabras finales de mi crítica de entonces:

«Ellos (los partidarios de la teoría de la explotación) afirman la ley de que el valor de todas las mercancías se basa en el tiempo de trabajo incorporado en ellas, para acto seguido atacar como “antijurídicas”, “antinaturales”, “injustas” todas las formaciones de valor que no armonizan con esta “ley” —por ejemplo, las diferencias de valor que recaen sobre el capitalista en calidad de plusvalía— y recomendar su erradicación. Primero ignoran, pues, la excepción para poder proclamar su ley del valor como general. Y después de haber obtenido de este modo subrepticiamente su validez general, vuelven a reparar en las excepciones para estigmatizarlas como infracciones contra la ley. Esta forma de razonar no es en verdad mejor que si, al percibir que hay muchos hombres necios, se ignorase que también hay hombres sabios, se llegase por esta vía a la “ley de validez general” de que “todos los hombres son necios”, y luego se exigiese la erradicación de los sabios que existen de manera “antijurídica”.» (Böhm-Bawerk)³²

Para su exposición, ciertamente, Marx obtuvo mediante su maniobra de abstracción una gran ventaja táctica. Ha excluido de su sistema, «por vía de premisa», la realidad perturbadora, y por ello no entra en conflicto alguno con ella mientras pueda mantener esa exclusión. Esto vale para la parte restante, con mucho la mayor, del primer tomo, para todo el segundo y también para el primer cuarto del tercer tomo. En este curso medio del sistema marxiano, la corriente de sus desarrollos y conexiones lógicas fluye con una unidad y una consecuencia interna realmente imponentes. Marx puede aquí hacer buena lógica, porque por vía de la «premisa» ha puesto de antemano los hechos en concordancia con sus ideas y por ello puede permanecer fiel a estas sin tropezar con aquellos; y allí donde a Marx le es lícito hacer buena lógica, también sabe hacerla, y por cierto de manera magistral. Estas partes intermedias del sistema, por más falso que pueda ser su punto de partida, asegurarán para siempre, gracias a su extraordinaria coherencia interna, la gloria de su autor como una potencia de pensamiento de primer rango. Y —cosa que, como efecto colateral, sin duda no contribuyó poco a la influencia práctica del sistema marxiano— durante este largo curso medio, en lo esencial realmente intachable en cuanto a coherencia interna, los lectores que una vez han superado felizmente el tumultuoso comienzo ganan tiempo para familiarizarse con el mundo conceptual marxiano y para cobrar confianza en aquellos encadenamientos de ideas que ahora fluyen realmente con tanta gracia unos de otros y se ensamblan tan bien ordenados en un todo. Así pues, son lectores ya afianzados en su confianza aquellos a quienes Marx aborda con las duras exigencias que finalmente se ve obligado a plantear en el tercer tomo.

Pues por más que Marx lo aplace, alguna vez tiene que abrir los ojos a los hechos de la vida real. Tiene que reconocer al fin ante sus lectores que las mercancías, en la vida efectiva, se intercambian regular y necesariamente no en la proporción del tiempo de trabajo incorporado en ellas, sino en parte por debajo y en parte por encima de esa proporción, según que el capital invertido requiera una cantidad menor o mayor de beneficio medio; en suma, que, junto al tiempo de trabajo, también la inversión de capital constituye un factor determinante coordinado de la relación de cambio de las mercancías. De ahí surgen para Marx dos arduas tareas. Tiene, en primer lugar, que intentar justificarse ante sus lectores por haber enseñado al comienzo y durante tanto tiempo que el trabajo constituye el único factor determinante de las relaciones de cambio; y, en segundo lugar —lo que acaso fue la tarea aún más ardua—, tiene que ofrecer además a sus lectores una explicación teórica para los hechos hostiles a su teoría, explicación que evidentemente no podía resolverse sin residuo en su teoría del valor-trabajo y que, por otra parte, tampoco debía contradecirla.

Que en estas demostraciones ya no fuera posible avanzar con una lógica buena y recta, se comprende. Asistimos ahora a la contrapartida del confuso comienzo del sistema. Allí Marx, para deducir un teorema que por vía recta no se dejaba deducir de los hechos, había tenido que violentar en parte estos y en parte —y principalmente— la lógica, y aceptar de paso algunos de los más increíbles errores de pensamiento. Ahora se repite la situación. Ahora vuelven a confluir con el teorema, que durante dos tomos había dominado solo y por ello sin estorbo el campo, los hechos, que naturalmente se avienen con él tan poco como al principio. Y, sin embargo, ha de mantenerse la armonía del sistema. Esto no puede ocurrir de otro modo que, una vez más, a costa de la lógica. Asistimos, por tanto, en el sistema marxiano al espectáculo a primera vista chocante, pero en realidad enteramente natural dadas las circunstancias descritas, de que la parte del sistema que con mucho predomina en extensión representa una obra maestra de lógica rigurosa y cerrada, digna de la potencia de pensamiento de su autor, pero en la que se intercalan, en dos lugares —por desgracia precisamente los decisivos—, pasajes de una conducción del pensamiento increíblemente endeble y descuidada: la primera vez justo al comienzo, donde la teoría se separó por primera vez de los hechos, y la segunda vez tras el primer cuarto del tercer tomo, donde los hechos vuelven a entrar en el horizonte de los lectores; es principalmente el capítulo décimo del tercer libro (págs. 151-179) el que aquí entra en consideración.

Una parte de ese contenido ya la hemos conocido y juzgado; se trata de la autodefensa de Marx contra el reproche de contradicción entre la ley de los precios de producción y la «ley del valor».19 Resta ahora todavía echar una mirada a la segunda tarea del capítulo señalado, a la explicación teórica con la que Marx introduce en su sistema la teoría de los precios de producción, que tiene en cuenta las relaciones de hecho.20 Esta consideración nos conduce además a uno de los puntos más instructivos y más característicos del sistema marxiano: a la posición de la «competencia» en su sistema.

La «competencia» es, como ya insinué antes una vez, una especie de nombre colectivo para todos los impulsos y motivos psíquicos por los que se dejan guiar las partes del mercado en su conducta y que de este modo ganan influencia sobre la formación de los precios. El comprador tiene sus motivos, que persigue al comprar y de los que brota para él cierta pauta para la altura del precio que está dispuesto a ofrecer al principio o, en último caso, como máximo. E igualmente el vendedor y el productor tienen ciertos motivos que los determinan a desprenderse de su mercancía a ciertos precios y a otros no, a continuar o incluso ampliar su producción a determinada altura del precio, pero a suspenderla a otra altura. En la competencia de compradores y vendedores se encuentran ahora todos estos impulsos y factores determinantes, y quien invoca la competencia para explicar una formación de precios invoca, en el fondo, bajo un nombre colectivo, el juego y el efecto de todos aquellos motivos e impulsos psíquicos que guiaban a ambas partes del mercado.

Ahora bien, Marx se esfuerza en general por asignar a la competencia y a las fuerzas que en ella actúan una posición lo más subordinada posible dentro de su sistema. Pasa por alto la competencia, o al menos procura rebajar la índole y la medida de su influencia donde y como puede. Esto se muestra en diversas ocasiones de manera drástica.

Ya desde luego en la deducción de su ley del valor-trabajo. Todo observador imparcial sabe y ve que aquel influjo que la cantidad de trabajo empleada ejerce, en general, sobre la configuración duradera de los precios de los bienes —influjo que, ciertamente, no es de índole tan exclusiva como lo afirma la ley marxiana del valor— solo se transmite a través del juego de la oferta y la demanda, o bien a través de la competencia. En intercambios aislados o en un monopolio pueden aparecer precios que (incluso prescindiendo de las pretensiones del capital invertido) están fuera de toda proporción con el tiempo de trabajo incorporado. Marx lo sabe naturalmente también. Pero, al principio, en la deducción de su ley del valor, no saca a relucir el asunto. Si lo hiciera, no podría en modo alguno desecharse la ulterior cuestión e investigación de por qué vía y a través de qué eslabones intermedios habría de corresponder precisamente al tiempo de trabajo, entre todos los motivos y factores que se vuelven operantes bajo la bandera de la competencia, el influjo único y decisivo sobre la altura de los precios. Y el análisis completo de aquellos motivos, inevitable en este caso, habría puesto infaliblemente en primer plano el valor de uso de las mercancías mucho más de lo que a Marx podía convenirle, habría mostrado algunas cosas bajo otra luz y algunas cosas, en fin, habría mostrado en absoluto, cosas a las que Marx no quería conceder vigencia alguna en su sistema.

Por eso, en aquella ocasión en que una fundamentación sistemáticamente completa de su ley del valor le habría impuesto el deber de exponer el papel mediador de la competencia, pasa al principio por encima de este punto guardando entero silencio. Más tarde se acuerda de él, sin duda, pero, por el lugar y el modo de la mención, no como de un eslabón importante en el sistema teórico, sino en observaciones fugaces y ocasionales que aducen el hecho con un par de palabras, como algo que se entiende más o menos por sí mismo, y sin tomarse el trabajo de una fundamentación más profunda.

  • que el intercambio de las mercancías no sea meramente «casual u ocasional»;
  • que las mercancías «se produzcan por ambas partes en las cantidades proporcionales que corresponden aproximadamente a la necesidad recíproca, lo que trae consigo la experiencia recíproca de la venta y lo que así surge como resultado del propio intercambio continuado», y que «ningún monopolio natural o artificial capacite a una de las partes contratantes para vender por encima del valor, ni la fuerce a desprenderse por debajo de él».

Así pues, una viva competencia recíproca, que también haya durado ya lo bastante para ajustar la producción a la venta experimentada, o bien a la necesidad de los compradores, exige aquí Marx como condición para que su ley del valor pueda entrar siquiera en vigor. Debemos retener bien este pasaje en la memoria.

No se le adjunta una fundamentación más precisa. Al contrario, poco después, y por cierto justo en medio de aquellas exposiciones en las que Marx habla todavía de manera comparativamente más detenida sobre la competencia, sus dos «lados», la demanda y la oferta, y su relación con la formación de los precios, rechaza expresamente un «análisis más profundo de estas dos fuerzas motrices sociales» por considerarlo «aquí improcedente».21

¡Pero todavía más! Para rebajar aún más la importancia de la oferta y la demanda para el sistema teórico, y sin duda también para justificar su descuido teórico de estos factores, Marx ha ideado una teoría propia y curiosa que, tras haberla rozado ya antes en indicaciones ocasionales, desarrolla en las págs. 169 y 170 del tercer tomo. Parte de que, cuando uno de los dos factores prepondera sobre el otro —por ejemplo, la demanda sobre la oferta, o a la inversa—, se forman precios de mercado irregulares que se apartan del «valor de mercado» que constituye el «centro de oscilación» para esos precios de mercado; de que, en cambio, si las mercancías han de venderse a ese su valor de mercado normal, la demanda y la oferta tienen que cubrirse exactamente. Y a ello enlaza la siguiente curiosa argumentación: «Si la demanda y la oferta se cubren, dejan de actuar. Cuando dos fuerzas actúan por igual en dirección opuesta, se anulan mutuamente, no actúan en absoluto hacia fuera, y los fenómenos que se producen bajo esta condición tienen que explicarse de otro modo que por la intervención de estas dos fuerzas. Si la demanda y la oferta se anulan mutuamente, dejan de explicar nada, no actúan sobre el valor de mercado y nos dejan más a oscuras aún sobre por qué el valor de mercado se expresa justamente en esta suma de dinero y en ninguna otra». De la relación entre demanda y oferta se dejan explicar, por tanto, las «desviaciones del valor de mercado» provocadas por la preponderancia de una fuerza sobre la otra, pero no la altura del valor de mercado mismo.

Que esta extraña teoría encaje bien a Marx en el sistema, está a la vista. Si de la relación entre oferta y demanda no hay absolutamente nada que explicar respecto de la altura de los precios duraderos, entonces estaba también enteramente en orden que Marx, en su fundamentación, no se preocupase más de estos factores intrascendentes y, sin rodeos, introdujese en el sistema aquel factor que, en su opinión, es el único que ejerce un influjo real sobre la altura del valor, a saber, el trabajo.

Pero no menos a la vista está, según creo, que aquella extraña teoría es completamente falsa. Su argumentación descansa, como tantas veces en Marx, en un juego de palabras.

Es enteramente cierto que en la venta de una mercancía a su valor de mercado normal, en cierto sentido, la oferta y la demanda tienen que cubrirse: es decir, que a ese precio se demanda efectivamente tanto de la mercancía como se ofrece. Pero esto vale no solo en la venta al valor de mercado normal, sino en cualquiera, también en un precio de mercado divergente e irregular. Además, es de todos —y también de Marx muy bien— conocido que la oferta y la demanda son magnitudes elásticas. Aparte de la demanda y la oferta que llegan de hecho al intercambio, hay siempre también una demanda y una oferta «excluidas»: una multitud de gentes que demandan asimismo la mercancía para su necesidad, pero que no quieren o no pueden ofrecer el precio ofrecido por sus competidores más fuertes, y una multitud de gentes que estarían igualmente dispuestas a suministrar la mercancía demandada, pero solo a precios más altos que los que entran en cuestión en el mercado actual. Ahora bien, la expresión de que la oferta y la demanda «se cubren» no vale en absoluto de la totalidad de la demanda y la oferta, sino solo de la parte exitosa. Pero, en fin, es también cosa sabida que la mecánica del mercado encuentra precisamente su tarea en la selección de la parte exitosa a partir de la demanda total y la oferta total, y que el medio más importante de esta selección es la formación de los precios. No pueden comprarse más mercancías de las que se venden. Por tanto, de ambos lados solo pueden llegar a concretarse igual número de interesados (o bien interesados por igual cantidad de mercancías). La selección de este número igual se produce ahora por el hecho de que el precio se desplaza automáticamente a una altura por la cual quedan excluidos los sobrantes de ambos lados, de suerte que el precio resulta a la vez demasiado alto para los compradores sobrantes y demasiado bajo para los vendedores sobrantes. En la determinación de esta altura del precio tienen ahora parte no solo los aspirantes que llegan a concretarse, sino también las circunstancias de los aspirantes excluidos,22 y ya por ello es falso inferir, de la igualdad de la parte que llega a concretarse de oferta y demanda, una total anulación del efecto que parte de la oferta y la demanda en general.

Pero esto es además falso por otra razón. Aun suponiendo que con la formación de los precios solo tenga que ver la parte exitosa de oferta y demanda, cuantitativamente en equilibrio, es una suposición enteramente errónea y acientífica que unas fuerzas que se mantienen justamente en equilibrio «dejen» por ello «de actuar». Al contrario, su efecto es precisamente el estado de equilibrio alcanzado, y cuando se trata de explicar ese estado de equilibrio con todas sus particularidades —entre las que de manera destacada figura la altura del nivel en que se halló el equilibrio—, ello no puede hacerse, como cree Marx, «de otro modo que por la intervención de las dos fuerzas», sino que, al contrario, solo puede hacerse mediante la intervención de las fuerzas que se mantienen en equilibrio. Por lo demás, tales proposiciones abstractas pueden hacerse evidentes del modo más contundente mediante un ejemplo práctico.

Dejamos elevarse un globo aerostático. Todo el mundo sabe que el globo se eleva entonces y por ello, cuando y porque está lleno de un gas que es menos denso que el aire atmosférico. Pero no se eleva hasta lo ilimitado, sino solo hasta cierta altura, en la cual permanece luego suspendido, mientras otras influencias —como el escape del gas, etc.— no modifiquen la situación. ¿Cómo se regula ahora, y por qué factores se determina, esta altura de elevación? También esto es enteramente claro y transparente. La densidad del aire atmosférico disminuye hacia arriba. El globo se eleva solo mientras la densidad de la capa de aire que justamente lo rodea es todavía mayor que su propia densidad, y deja de elevarse cuando la propia densidad y la densidad de la capa de aire circundante se mantienen justamente en equilibrio. El globo se elevará, pues, tanto más alto cuanto menor sea la densidad de su gas de relleno y cuanto más alta sea la capa de aire en la que se encuentre el mismo grado de densidad en el aire atmosférico. Dadas estas circunstancias, está a la vista que la explicación de la altura de elevación no puede obtenerse de otro modo que invocando las relaciones recíprocas de densidad del globo, por un lado, y del aire atmosférico, por otro.

Pero ¿cómo se presentaría el asunto según el círculo de ideas marxiano? Alcanzada la altura de elevación, las dos fuerzas, densidad del globo y densidad del aire circundante, se mantienen justamente en equilibrio. «Dejan por ello de actuar», «dejan de explicar nada», «no actúan sobre la altura de elevación», y si queremos, por tanto, explicar esta última, ¡tenemos que explicarla «de otro modo que por la intervención de estas dos fuerzas»! Sí, ¿por qué, pues?

O bien, cuando una báscula decimal, al pesar un cuerpo, marca 50 kilos, ¿cómo puede explicarse esa posición de la báscula? Por la relación entre el peso del cuerpo a pesar, por un lado, y el peso que sirve para pesarlo, por otro, no, pues estas dos fuerzas se mantienen justamente en equilibrio en la posición correspondiente de la báscula, dejan por ello de actuar, ¡y de su relación no puede explicarse absolutamente nada, ni siquiera la posición de la báscula!

Creo que el error es bastante claro, y no menos también que la misma especie de error subyace a las exposiciones en las que Marx razona suprimiendo el influjo de la oferta y la demanda sobre la altura de los precios duraderos. Por lo demás, para que no surja malentendido alguno: en modo alguno es mi opinión que la invocación de la fórmula de la oferta y la demanda contenga ya una explicación completa y satisfactoria de los precios duraderos. Al contrario, mi opinión, expresada a menudo y por extenso en otro lugar, va en el sentido de que hay que analizar con precisión los elementos que con aquel lema solo se designan de manera tosca y sumaria, establecer con precisión la índole y la medida de su influjo recíproco y, de este modo, avanzar también hasta el conocimiento de aquellos elementos a los que corresponde un influjo especial precisamente sobre el estado duradero de los precios. Pero para esta explicación más profunda, el influjo de la relación entre oferta y demanda sobre la formación de los precios, que Marx suprime razonando, es un eslabón intermedio indispensable: ella no transcurre al margen de él, sino que conduce justo a través de él.

Retomemos nuestro hilo. Hemos visto por diversos signos cuánto se afana Marx por hacer pasar a segundo plano, en su sistema, el influjo de la oferta y la demanda. Ahora bien, en aquel curioso giro que su sistema da tras el primer cuarto del tercer tomo, se le presenta la tarea de explicar por qué los precios duraderos de las mercancías no gravitan según la cantidad de trabajo incorporada, sino según los «precios de producción» que de ella se apartan.

Como la fuerza que esto lleva a cabo, declara —la competencia. La competencia iguala las tasas de ganancia, originariamente diversas para las distintas ramas de producción según la diversa composición orgánica de los capitales, en una tasa general de ganancia media,23 y, en conexión con ello, los precios tienen que gravitar a la larga según los precios de producción que arrojan una ganancia media igual.

Fijemos rápidamente algunos puntos que son de importancia para la apreciación de esta explicación.

Es, en primer lugar, claro que la invocación de la competencia no significa, por su contenido, otra cosa que la invocación de la eficacia de la oferta y la demanda. En aquel pasaje, ya presentado por nosotros una vez antes, en el que Marx describe del modo más conciso el proceso de igualación de la tasa de ganancia mediante la competencia de los capitales (III, 175 s.), hace también que este proceso se efectúe enteramente de manera expresa mediante «tal relación de la oferta con la demanda que la ganancia media en las distintas esferas de producción llega a ser la misma y que, por ello, los valores se transforman en precios de producción».

En segundo lugar, está fijado que en este proceso no se trata de meras oscilaciones en torno al centro de gravitación correspondiente a la teoría del valor de los dos primeros tomos, a saber, en torno al tiempo de trabajo incorporado, sino del desplazamiento definitivo de los precios hacia otro centro de gravitación duradero, a saber, el precio de producción.

Y ahora se agolpa pregunta tras pregunta.

Si, según Marx, la relación entre demanda y oferta no puede ejercer en absoluto efecto alguno sobre la altura del precio duradero, ¿cómo puede la «competencia», que es idéntica precisamente a esa relación, ser la fuerza que desplaza la altura de los precios duraderos del nivel de los «valores» al nivel de los precios de producción, tan apartado de aquel?

En esta invocación forzosa y contraria a la teoría de la competencia como del deus ex machina que empuja los precios duraderos del centro de gravitación conforme a la teoría —la cantidad de trabajo incorporada— hacia otro centro de gravitación, ¿no se abre paso más bien, sin quererlo, la confesión de que las «fuerzas motrices sociales» que rigen la vida efectiva encierran y hacen valer en sí algunos factores determinantes elementales de las relaciones de cambio que no se dejan reducir al tiempo de trabajo, y que, por consiguiente, el análisis de la teoría originaria, que no destiló como base de las relaciones de cambio nada más que tiempo de trabajo, era incompleto y no correspondía a los hechos?

Y además: el propio Marx nos ha dicho, y bien que hemos grabado este pasaje en la memoria,24 que las mercancías solo se intercambian aproximadamente según sus valores cuando existe una competencia vigorosa; invocó, pues, entonces la competencia como un factor que tiene la tendencia a empujar los precios de las mercancías hacia sus «valores». Y ahora conocemos la competencia como una fuerza que, por el contrario, aparta los precios de las mercancías de sus «valores» y los empuja hacia los precios de producción. ¿Existe acaso una conciliación para estas afirmaciones, que además se encuentran en uno y el mismo capítulo, el capítulo décimo del tercer tomo, presumiblemente destinado a una fatal celebridad? Y si Marx tal vez hubiera creído hallar la conciliación en que una proposición vale para los estados primitivos y la otra para la sociedad moderna desarrollada, ¿no habríamos de objetarle que en el primer capítulo de su obra introdujo su teoría del valor-trabajo no a partir de las relaciones de una robinsonada, sino a partir de las de sociedades «en las que domina el modo de producción capitalista» y cuya «riqueza aparece como una ingente acumulación de mercancías»? ¿Y no pretende también, a lo largo de toda su obra, que contemplemos y juzguemos las relaciones de nuestras sociedades modernas a la luz de su teoría del trabajo? Pero si preguntamos dónde, según sus propias afirmaciones, ha de buscarse en la sociedad moderna el ámbito de validez de su ley del valor, buscamos por completo en vano. Pues, o bien no existe competencia: entonces las mercancías no se intercambian en absoluto según sus valores, según Marx, II, 156 y ss.; o bien actúa la competencia: entonces, con mayor razón, no se intercambian según sus valores, sino según sus precios de producción, según Marx, III, 176.

Así se acumula, en el ominoso capítulo décimo, contradicción sobre contradicción. No quiero alargar aún más esta investigación, ya de por sí tan extensamente desarrollada, enumerando además todas las contradicciones e inexactitudes menores de las que este capítulo está plagado. Creo que cualquiera que lea este capítulo sin prejuicios tendrá la impresión de que, por así decirlo, ha salido a la familia de un modo extraño. En lugar de la expresión rigurosa, concisa y prudente, en lugar de la lógica férrea a las que nos tienen acostumbrados las partes brillantes de la obra marxiana, encontramos aquí inseguridad y un proceder vacilante no solo en la argumentación, sino incluso en el empleo de los términos técnicos. ¡Qué llamativa es, por ejemplo, la concepción en constante mudanza de la demanda y la oferta, que unas veces se consideran del todo correctamente como magnitudes elásticas con diferencias de intensidad, pero otras veces, según el peor modelo de una «economía vulgar» hace tiempo superada, como simples cantidades; o qué insatisfactoria y poco consecuente es la exposición acerca de qué factores rigen el valor de mercado cuando las distintas partidas de la masa de mercancías que llegan al mercado son producidas en condiciones de producción desiguales, y cosas semejantes!

La causa de este fenómeno no puede hallarse únicamente en que este capítulo fuera escrito por el Marx ya entrado en años, pues también en partes posteriores se encuentra más de un desarrollo magníficamente redactado. Además, aquel ominoso capítulo, a cuyo contenido ya se aludía oscuramente, intercaladamente, en el primer tomo,³⁹ debió de haber sido concebido tempranamente. Sino que Marx escribe aquí de manera confusa y vacilante porque no le estaba permitido escribir con claridad y precisión sin caer en contradicción y retractación abiertas. Si aquí, donde partió de las relaciones de intercambio reales, observables en la vida efectiva, hubiera arrojado luz sobre ellas con la misma seriedad y la misma minuciosidad con que durante dos tomos persiguió su hipótesis del valor-trabajo hasta sus últimas consecuencias lógicas; si aquí hubiera dado al lema de la «competencia» un contenido científico mediante un cuidadoso análisis económico-psicológico de las «fuerzas motrices sociales» que cobran eficacia bajo aquel nombre colectivo; si aquí no hubiera descansado ni reposado mientras algún eslabón intermedio quedara sin esclarecer, alguna consecuencia sin perseguir hasta el final, o alguna relación apareciera oscura o contradictoria —y casi cada palabra de su actual capítulo décimo reclama tal investigación o esclarecimiento más profundo—, entonces se habría visto empujado paso a paso a la formulación de un sistema de contenido completamente distinto, y no habría podido evitarse la contradicción y retractación abiertas de las proposiciones cardinales de su sistema originario. Evitarlas solo era posible mediante el velamiento, mediante la vaguedad y la oscuridad; esto, si no lo supo Marx, sí debió de sentirlo instintivamente cuando rechazó expresamente el «análisis más profundo de las fuerzas motrices sociales».

Y con ello, creo, queda señalado también el alfa y el omega de todos los extravíos, contradicciones y oscuridades marxianos. Su sistema no mantiene un contacto sólido y cerrado con los hechos. Ni por una empiria sana ni por un sólido análisis económico-psicológico obtuvo Marx de los hechos los fundamentos de su sistema, sino que lo asienta sobre un suelo no más firme que el de una dialéctica acartonada. Esa es la gran culpa que Marx pone en la cuna de su sistema. De ella brota todo lo demás con necesidad. El sistema está ordenado según cierta dirección, los hechos discurren en otra y se atraviesan en el camino del sistema ya aquí, ya allá. Entonces el pecado original engendra cada vez un nuevo pecado. El tropiezo no debe hacerse manifiesto: por eso, o bien se envuelve el asunto en oscuridad o vaguedad, o bien se tuerce y se retuerce con artes dialécticas semejantes a las del comienzo, o, ciertamente, allí donde nada de eso ayuda, se cae en contradicción. Tal es el signo bajo el cual se halla el capítulo décimo del tercer tomo de Marx: trae la mala cosecha largamente diferida que de la mala siembra había de brotar.

Chapter V.

LA APOLOGÍA DE WERNER SOMBART

En Werner Sombart le ha surgido a Marx recientemente ⁴⁰ un apologista tan cálido como ingenioso, cuya apología presenta, no obstante, un rasgo peculiar. Pues, para poder defender la doctrina de Marx, primero le ha supuesto una nueva interpretación.

Vayamos directamente al asunto principal. Sombart admite, y aporta él mismo razones probatorias muy agudas en favor de ello,⁴¹ que la ley marxiana del valor es falsa si se la sostiene con la pretensión de que se corresponde con la realidad empírica. Dice del valor marxiano (p. 573) que «no aparece en la relación de intercambio de las mercancías producidas capitalistamente», que «no designa, por ejemplo, el punto... hacia el cual gravitan los precios de mercado», que «tampoco desempeña papel alguno, por ejemplo, como factor de distribución en el reparto del producto social anual», que en general «no aparece en ninguna parte» (p. 577). El «valor ahuyentado» tiene más bien solo «un refugio: el pensamiento del teórico de la economía... Si se quiere tener un lema para caracterizar el valor marxiano, es este: su valor no es un hecho empírico, sino un hecho del pensamiento» (p. 574).

Qué deba significar esta «existencia del pensamiento» en el sentido de Sombart lo veremos enseguida. Pero antes hemos de detenernos todavía un momento en la confesión de que el valor marxiano no tiene existencia en el mundo efectivo de los fenómenos. Tengo cierta curiosidad por saber si los marxistas ratificarán esta concesión. Cabe dudarlo con razón, ya que el propio Sombart hubo de citar una voz del campo marxiano que, suscitada por una manifestación de C. Schmidt, protestó de antemano contra semejante concepción: «La ley del valor no es... una ley de nuestro pensamiento; ... la ley del valor es más bien de naturaleza muy real, es una ley natural del obrar humano».⁴² También tengo por muy cuestionable que el propio Marx hubiera ratificado esta concesión. De nuevo es el propio Sombart quien, con encomiable franqueza, presenta al lector toda una serie de pasajes marxianos que dificultan esta interpretación.⁴³ Por mi parte, la tengo por francamente incompatible con el tenor literal y con el espíritu de la doctrina marxiana.

Léanse, sin prejuicios, los desarrollos en los que Marx expone su teoría del valor. Su investigación comienza, declaradamente, sobre el suelo «de las sociedades organizadas capitalistamente, cuya riqueza es una ingente acumulación de mercancías», con el análisis de la mercancía (I, 9). Para «seguir la pista» al valor, parte de la relación de intercambio de la mercancía. ¿De la relación de intercambio real, pregunto, o de una soñada? Si hubiera dicho o pretendido lo segundo, ningún lector habría hallado, sin duda, que valiera la pena seguir adelante con una especulación tan endeble. De hecho, se refiere, como por lo demás no podía ser de otro modo, en el tono más decidido, a los fenómenos del mundo económico real. La relación de intercambio de dos mercancías, dice, es siempre representable en una ecuación, p. ej., 1 quarter de trigo = a quintales de hierro. «¿Qué dice esta ecuación? Que existe algo común de la misma magnitud en ambas cosas, y cada una de las dos, en cuanto valor de cambio, debe ser reducible a este tercero»; tercero que, como nos enteramos en la página siguiente, es trabajo de igual cantidad.

Cuando se habla en este tono, diciendo que en las cosas igualadas entre sí en el intercambio existe trabajo de igual cantidad, y que las mismas deben ser reducibles a iguales cantidades de trabajo, se eleva, sin duda, la pretensión de que las relaciones aquí enunciadas no se encuentran solo en el pensamiento, sino en el mundo real. Considérese tan solo: la argumentación de Marx de entonces habría sido del todo imposible si, junto a ella, hubiera querido establecer para las relaciones de intercambio reales la doctrina de que, por principio, se intercambian entre sí productos de cantidades de trabajo desiguales.

Si hubiera dado cabida a este pensamiento —y precisamente en que no le dio cabida reside el divorcio con los hechos que le reprocho—, su conclusión habría tenido que resultar enteramente distinta. O bien habría tenido que declarar que la llamada igualación en el intercambio no es una ecuación propiamente dicha y no permite inferir la presencia de algo «común de la misma magnitud» en las cosas intercambiadas; o bien habría tenido que concluir que lo común buscado, de igual magnitud, no es ni puede ser el trabajo. ¡Pero de ningún modo habría podido proseguir concluyendo como lo ha hecho!

Y también en lo que sigue habla Marx, en innumerables ocasiones, en tono fáctico, de que su «valor» subyace a las relaciones de intercambio, y de tal modo que productos de igual cantidad de trabajo, que «equivalentes», se intercambian entre sí.25 Reclama, en muchos pasajes citados en parte por el propio Sombart,⁴⁵ para su ley del valor el carácter e incluso la fuerza de una ley natural que en el mundo efectivo «se impone violentamente, como, por ejemplo, la ley de la gravedad cuando a uno se le viene la casa abajo sobre la cabeza».26 Incluso en el tercer tomo desarrolla muy expresamente las condiciones fácticas (que se reducen a una vigorosa competencia recíproca, v. más arriba) que deben darse «para que los precios a los cuales las mercancías se intercambian entre sí correspondan aproximadamente a sus valores», y añade a ello todavía la aclaración de que esto «significa naturalmente solo que su valor es el punto de gravitación en torno al cual giran sus precios» (III, 156 y ss.).

Sea observado solo de pasada que Marx cita también a menudo, en señal de aprobación, a escritores más antiguos que habían afirmado la proposición de que el valor de cambio de los bienes se determina por el trabajo incorporado en ellos, y que la habían afirmado, sin duda, como una proposición correspondiente a las relaciones de intercambio reales.27

Sombart mismo registra, además, una argumentación de Marx en la que este reclama muy expresamente para su ley del valor verdad «empírica» e «histórica» (III, 155, en conexión con III, 175 y ss.).

Y, por último: ¿qué significado tendrían los convulsos esfuerzos de Marx, descritos por nosotros, por mostrar que, a pesar de la teoría de los precios de producción, su ley del valor domina las relaciones de intercambio fácticas —regulando, por un lado, el «movimiento de los precios» y, por otro, los propios precios de producción—, si solo hubiera querido reivindicar para su ley del valor una validez del pensamiento y no una validez fáctica?

En suma, creo que Marx no enseñó ni por sí mismo, ni tampoco habría podido enseñar, su teoría del valor-trabajo en el sentido más modesto que Sombart pretende ahora atribuirle, si es que el entramado de inferencias lógicas sobre el cual funda su teoría había de tener un sentido medianamente razonable. Por lo demás, este es un asunto que Sombart puede dirimir con los partidarios de la doctrina marxiana. Para quienes tienen, como yo, la teoría marxiana del valor por errada, es del todo indiferente. Pues, o bien Marx afirmó su ley del valor en el sentido pretencioso de que se corresponde con la realidad —entonces suscribimos con aprobación la declaración de Sombart de que, afirmada en este sentido, es falsa—; o bien Marx mismo no le atribuyó una validez fáctica —entonces, a mi entender, no puede construirse en absoluto ningún sentido en el que pudiera llevar una existencia científicamente relevante. Es, práctica y teóricamente, un cero.

Sobre esto, ciertamente, es Sombart de otra opinión. Atendiendo gustoso a una invitación expresa de este ingenioso erudito, que de una lozana y «alegre» lucha de las opiniones espera lo mejor para el progreso de la ciencia, estoy con placer dispuesto a dirimir también este punto con él. Lo hago, ciertamente, con la conciencia de que con ello ya no me muevo en el terreno de la «crítica de Marx», que él me invitó a revisar sobre la base de la nueva interpretación, sino que practico exclusivamente «crítica de Sombart».

¿Qué debe significar, pues, en Sombart la existencia del valor como «hecho del pensamiento»? Debe significar que «el concepto de valor es un recurso auxiliar de nuestro pensamiento del que nos servimos para hacernos comprensibles los fenómenos de la vida económica». Determinada con mayor precisión, la prestación de la representación del valor consiste en «hacernos aparecer las mercancías, cualitativamente diversas como bienes de uso, en determinabilidad cuantitativa. Es claro que cumplo este postulado pensando el queso, la seda y la pasta para lustrar botas como meros productos de trabajo humano abstracto y refiriéndolos entre sí solo cuantitativamente, como cantidades de trabajo cuya magnitud se determina por lo igual contenido en ellos como tercero, medible en duraciones de tiempo».⁴⁸

Hasta aquí todo está en orden, salvo cierta sutileza. Cierto es que en sí es lícito, para determinados fines científicos, abstraer de toda suerte de diferencias que las cosas presentan en una u otra dirección, y considerarlas solo según una única propiedad que les es común y cuya comunidad ofrece el suelo para la comparabilidad, la conmensurabilidad, etc. Exactamente igual abstrae, por ejemplo, la dinámica mecánica, con razón, para muchos de sus problemas, por completo de la diversa forma, color, densidad, estructura de los cuerpos en movimiento, y no ve en ellos más que masas: bolas de billar empujadas, balas de cañón en vuelo, niños que corren, trenes de ferrocarril en marcha, piedras que se desploman, cuerpos celestes que surcan veloces el espacio, entran entonces en consideración únicamente como masas en movimiento. No menos puede, pues, ser lícito y conveniente representarse el queso, la seda y la pasta para lustrar botas como «meros productos de trabajo humano abstracto».

La sutileza empieza con que Sombart, para esta representación, reclama, con Marx, el nombre de representación del valor. Este proceder admite —para proceder de modo del todo exhaustivo— dos interpretaciones imaginables. Como es sabido, el nombre valor, en sus dos matices de valor de uso y valor de cambio, sirve ya, tanto en el lenguaje científico como en el popular, para designar fenómenos del todo determinados. Aquella imposición de nombre puede haber tenido lugar, pues, o bien con la pretensión de que la propiedad de las cosas considerada por sí sola, la de ser producto de trabajo, constituye el momento decisivo para los fenómenos de valor en el sentido científico por lo demás usual, es decir, p. ej., para los fenómenos del valor de cambio; o bien aquella imposición de nombre puede haber tenido lugar sin esta segunda intención, como una denominación puramente arbitraria, para cuyas denominaciones, por desgracia, no hay una ley estricta y exigible, sino solo la conveniencia y el tacto como pauta.

Si fuera acertada la segunda interpretación, es decir, si la denominación del «trabajo incorporado» como «valor» no estuviera enlazada con la pretensión de que el trabajo incorporado es la esencia del valor de cambio, entonces el asunto sería bastante inofensivo. No habría más que una abstracción del todo lícita, unida, eso sí, a una nomenclatura lo más impráctica, inconveniente y desorientadora posible. Sería, poco más o menos, como si a un físico se le ocurriera de pronto designar los diversos cuerpos, que él, abstrayendo de la forma, el color, la estructura, etc., concibe meramente como masas, con el nombre de «fuerzas vivas»; nombre que, como es sabido, posee ya un firme derecho de ciudadanía en el sentido de que designa una función de masas y velocidades, es decir, algo bastante distinto de la mera masa. De todos modos, no habría aquí error científico, sino solo una (ciertamente, en la práctica bastante peligrosa) grosera inconveniencia en la nomenclatura.

Pero así no está, manifiestamente, el asunto en nuestro caso; no en Marx, pero tampoco en Sombart. Y con ello empieza a crecer nuestra sutileza.

Mi estimado adversario me concederá con seguridad que no es lícito hacer cualquier abstracción arbitraria para cualquier fin científico arbitrario. Sería, por ejemplo, manifiestamente inadmisible tomar como base de la consideración de los problemas ópticos o acústicos aquella concepción de los distintos cuerpos como "meras masas" que está justificada para ciertos problemas dinámicos. También dentro de la propia dinámica mecánica es ciertamente inadmisible mantener la abstracción de la forma y del estado de agregación, por ejemplo, al desarrollar la ley de la cuña. En estos ejemplos se muestra que en la ciencia también los "pensamientos" y la "lógica" no pueden alejarse de los hechos de manera del todo desligada. También para ellos rige la sentencia: "Est modus in rebus, sunt certi denique fines". Y creo poder señalar estos "límites determinados", sin tener que temer una objeción de mi apreciado adversario, en el sentido de que en cada caso solo es lícito abstraer de aquellas particularidades que son irrelevantes para el fenómeno que ha de someterse a investigación, nota bene realmente, efectivamente irrelevantes. Por el contrario, en el resto que ha de someterse a la consideración ulterior, en el esqueleto representativo, por así decirlo, hay que dejar todo lo que es efectivamente relevante en la dirección concreta.

Apliquémoslo a nuestro caso.

La doctrina marxiana toma de la manera más enfática la concepción de las mercancías como "meros productos" por base de la investigación y enjuiciamiento científicos de las relaciones de intercambio de las mercancías. Sombart lo aprueba e incluso llega, en expresiones algo indeterminadas sobre las que, precisamente a causa de su indeterminación, no quiero seguir disputando con él, hasta el punto de considerar a la luz de aquella abstracción los fundamentos de toda la "existencia económica" de los hombres.⁴⁹

Que el trabajo incorporado sea lo único relevante en la primera dirección, o incluso en la segunda, ni siquiera el propio Sombart se atreve a afirmarlo. Se contenta con la afirmación de que con aquella concepción se pone de relieve el "hecho económicamente más relevante de manera objetiva".⁵⁰ No quiero en absoluto disputar esta afirmación. Solo que no debe pretenderse atribuirle el significado de que los demás hechos relevantes junto al trabajo fueran de una importancia tan profundamente subordinada que, por su insignificancia, pudieran descuidarse del todo o casi del todo. Nada sería más falso que esto. Para la existencia económica de los hombres es, por ejemplo, relevante en grado muy alto si la tierra que habitan se parece más a la llanura del Rin o, en cambio, al Sahara o a Groenlandia; y también es de enorme importancia si el trabajo de los hombres está apoyado por una reserva de bienes acumulada desde tiempos anteriores, un momento que tampoco se deja resolver de manera del todo pura en trabajo solo. Y sobre todo, en lo que respecta a las relaciones de intercambio, para algunos bienes, como por ejemplo para los viejos troncos de roble, para los yacimientos de carbón, para los terrenos, el trabajo no es ciertamente la circunstancia objetivamente más relevante; y aunque esto último pueda concederse también para la masa principal de las mercancías, debe destacarse enfáticamente que también los otros factores determinantes, junto al trabajo, ejercen una influencia tan considerable que las relaciones de intercambio fácticas se apartan, sin embargo, de manera bastante notable de aquella línea que correspondería al trabajo incorporado solo.

Pero si para las relaciones de intercambio y para el valor de cambio el trabajo no es el factor únicamente relevante, sino solo un factor relevante, aunque el más fuerte, junto a otros, una especie de primus inter pares, entonces, según lo anticipado, es sencillamente incorrecto e ilícito basar en el trabajo solo una "representación del valor" referida al valor de cambio; tan incorrecto e ilícito como si un físico quisiera basar la "fuerza viva" en la masa de los cuerpos sola y eliminar por completo de su cálculo, mediante abstracción, la velocidad de los mismos.

Estoy realmente asombrado de que Sombart no haya visto ni sentido esto, tanto más cuanto que al formular su opinión emplea casualmente expresiones que son, diría yo, de una incongruencia tan provocadora con sus propias premisas que cabría pensar que habría tenido que tropezar con esta incongruencia manifiesta. Ha partido de que el carácter de las mercancías como productos de trabajo social representa en ellas el hecho económicamente más relevante de manera objetiva, lo fundamenta en que el abastecimiento de los hombres con bienes económicos, "puestas iguales las condiciones naturales", depende en lo principal del desarrollo de la fuerza productiva social del trabajo, y de ello extrae la conclusión de que este hecho encuentra su expresión económica "adecuada" en la representación del valor fundada en el trabajo solo. Repite este pensamiento dos veces en las págs. 576 y 577 en giros algo distintos, pero la expresión "adecuada" reaparece cada vez sin cambio.

Pregunto ahora: ¿no es, por el contrario, manifiesto que la representación del valor fundada en el trabajo solo no es adecuada a la premisa de que el trabajo es meramente el más relevante entre varios hechos relevantes, sino que va mucho más allá de ella? Solo sería adecuada si como premisa se hubiera podido afirmar que el trabajo es el hecho únicamente relevante. Pero eso no lo ha afirmado Sombart en absoluto. Su afirmación dice solo que el trabajo significa mucho, que significa más que cualquier otro factor para las relaciones de intercambio y para toda la existencia humana, y para este estado de cosas la fórmula marxiana del valor, según la cual el trabajo solo lo significa todo, no es ciertamente una expresión más adecuada de lo que sería adecuado poner uno solo en lugar de 1+1/2+1/41 + 1/2 + 1/41+1/2+1/4.

Pero la afirmación de la representación del valor "adecuada" no solo es de hecho inexacta, sino que tras ella acecha, según me parece —en Sombart ciertamente de manera inconsciente—, también un poco de picardía. Pues Sombart, con la concesión expresa de que el valor marxiano no soporta una prueba sobre los hechos, ha reclamado para el "valor acosado" un asilo en el "pensamiento del teórico económico". Pero desde este recinto protector hace de pronto una salida bastante notable al mundo de los hechos, cuando reclama para su representación del valor, sin embargo, de nuevo que sea adecuada al hecho objetivamente más relevante, o, en palabras aún más pretenciosas, que en ella "un hecho técnico que domina objetivamente la existencia económica de la sociedad humana ha encontrado su expresión económica adecuada" (pág. 577).

Creo que este es un proceder contra el que se está autorizado a protestar. ¡Una cosa u otra! O se quiere reclamar para el valor marxiano que corresponde a los hechos: pero entonces manténgase también esta afirmación en la línea de fuego más avanzada, sin buscar cobertura frente a una prueba de los hechos plena y rigurosa tras la posición de que no se quiere en absoluto afirmar un hecho empírico, sino solo construir un "recurso auxiliar de nuestro pensamiento". O se busca cobertura tras este muro protector, se sustrae uno a la rigurosa prueba de los hechos: entonces no se intente, por el rodeo de afirmaciones vagas e incidentales, reclamar de nuevo para el valor marxiano una clase de validez empírica que legítimamente solo le correspondería si hubiera superado la prueba de los hechos expresamente rechazada. Pues la expresión de la "expresión adecuada al hecho dominante" no significa en realidad otra cosa sino que Marx tiene, en lo principal, también empíricamente razón. Bien. Si Sombart o algún otro quiere afirmar esto, que lo afirme abiertamente, que deje a un lado el interludio del mero "hecho ideado" y que en su lugar se someta clara y rotundamente a la prueba de los hechos; esta mostrará, en efecto, cuánto o cuán poco difieren los hechos plenos de la "expresión adecuada al hecho dominante". Pero hasta entonces creo poder contentarme con la constatación de que tampoco en Sombart nos las habemos con la inofensiva variante de una abstracción permitida y meramente mal denominada, sino con un avance pretencioso al terreno de afirmaciones fácticas para las cuales no se ha aportado una prueba, ni siquiera se ha intentado, sino que se ha evitado.

También en otro aspecto Sombart se ha apropiado, según creo, de una afirmación inadmisiblemente pretenciosa de Marx con demasiado poca crítica propia. Me refiero a la afirmación de que la concepción de las mercancías como "meros productos" de trabajo social ofrece la única posibilidad de poner las mercancías en relación cuantitativa para nuestro pensamiento, de hacerlas "conmensurables" y, por ello, de "hacer accesibles" siquiera a nuestro pensamiento los fenómenos del mundo económico.28 ¿Querría Sombart mantenerlo también después de un examen crítico? ¿Pensaría realmente que solo podemos hacer accesibles las relaciones de intercambio a nuestro pensamiento científico, o bien sobre la base del concepto marxiano del valor, o en absoluto? No puedo creerlo. La famosa demostración dialéctica de Marx en la pág. 12 del primer tomo no puede, en efecto, tener fuerza convincente para un Sombart. También ve y sabe Sombart tan bien como yo que no solo los productos del trabajo, sino también los puros productos de la naturaleza se ponen en relación cuantitativa en el intercambio y, por ello, son prácticamente conmensurables tanto entre sí como con los productos del trabajo. Y ¿deberían no ser en absoluto conmensurables para nuestro pensamiento, salvo sobre la base de una característica que en ellos no se da en absoluto y que tampoco en los productos del trabajo, aunque presente según la especie, se da según la magnitud, en cuanto que, reconocidamente, también los productos del trabajo no se intercambian en la proporción del trabajo en ellos incorporado? ¿No debería ser esto más bien, para el teórico imparcial, una indicación nada equívoca de que, a pesar de Marx, el verdadero denominador común, lo verdaderamente "común" en el intercambio, está aún por buscar, y por cierto por buscar en una dirección distinta de aquella en que lo hizo Marx?

Esto me lleva a un último punto que aún quisiera tocar frente a Sombart. Sombart quiere reducir, en última instancia, a una disputa metodológica de principios la oposición que existe entre el sistema marxiano, por un lado, y las concepciones de los sistemas teóricos opuestos y, sobre todo, de los llamados economistas austriacos, por otro. Marx sería un representante de un objetivismo extremo; nosotros, los otros, representaríamos un subjetivismo que desemboca en psicologismo. Marx no rastrearía los motivos que determinan a los distintos sujetos que actúan económicamente en su modo de obrar, sino que buscaría los factores objetivos, las "condiciones económicas" "que son independientes de la voluntad (puedo bien añadir, a menudo también del saber) del individuo"; buscaría averiguar "lo que ocurre a espaldas del individuo por el poder de relaciones independientes de él". Nosotros, en cambio, "intentamos explicar los procesos de la vida económica en última instancia a partir de la psique de los sujetos económicos" y "situamos la legalidad de la vida económica en la motivación psicológica".⁵²

Esta es sin duda una observación fina y aguda, de las cuales se encuentra una abundancia en el ensayo de Sombart en general. Pero me parece, a pesar de su núcleo indudablemente acertado, que no acierta sin embargo con lo principal: ni retrospectivamente, para la explicación del comportamiento habido hasta ahora de los críticos de Marx frente a Marx, y, por consiguiente, tampoco prospectivamente, con la exigencia de una era enteramente nueva de la crítica de Marx, que propiamente apenas habría de comenzar, para la cual incluso aún "faltan casi por completo trabajos previos",⁵³ y en la cual, ante todo, primero habría que buscar una decisión para la cuestión previa metodológica.⁵⁴

A mí me parece que la cosa está mucho más bien así. Ciertamente existe la diferencia, señalada por Sombart, en los métodos de investigación. Pero la "vieja" crítica de Marx, por lo que puedo juzgar a partir de mi propia persona, no ha combatido a Marx a causa de la elección de su método, sino a causa de sus errores en el ejercicio del método elegido. No tengo derecho a hablar por otros críticos de Marx, así que debo hablar de mí mismo. Yo, personalmente, en la cuestión del método me sitúo en un punto de vista semejante al que sostuvo, respecto de las bellas letras, aquel literato que declaró aceptar todo género, con la única excepción del "genre ennuyeux". Yo acepto todo método, bajo el supuesto de que se maneje de tal modo que resulte de ello algo acertado. Tampoco tengo nada que objetar contra el método objetivista. Creo que también puede procurar la obtención de conocimientos reales en aquellos campos fenoménicos que tienen que ver con acciones humanas. También concedo del todo de buen grado, e incluso ocasionalmente he llamado yo mismo la atención sobre fenómenos semejantes, que ciertos factores objetivos pueden entrar en conexión legal con acciones humanas típicas, sin que el influjo del factor en cuestión mismo se haga claramente consciente en quienes actúan de manera legal. Si, por ejemplo, la estadística pone de manifiesto que los suicidios ocurren en número especialmente elevado en determinados meses, digamos en julio y noviembre, o que con la bondad de la cosecha sube y baja el número de los matrimonios anuales, estoy convencido de que la mayoría de los candidatos al suicidio cuya incorporación hace hincharse de tal modo la tangente de suicidios de los meses de julio y noviembre no piensan en absoluto en que sea precisamente julio o noviembre, y de que igualmente en los deseosos de casarse el pensamiento en los precios momentáneamente más baratos de los víveres no desempeña papel inmediato alguno en su resolución.29 No obstante, el descubrimiento de tales conexiones objetivas tiene un indudable valor de conocimiento.

Pero he de hacer al respecto ciertas reservas que, según creo, son evidentes de suyo. Primero, me parece claro que el conocimiento de tales conexiones objetivas, sin el conocimiento de los eslabones intermedios subjetivos que median la cadena causal, ciertamente aún no significa el grado más alto del conocimiento, sino que la comprensión perfecta solo es procurada por el conocimiento de las conexiones externas e internas. Y con ello me parece que también la cuestión planteada por Sombart, "si la dirección objetivista en la ciencia económica está justificada de manera excluyente o complementaria",⁵⁶ queda resuelta, como es obvio, en el sentido de que aquella dirección solo puede estar justificada "de manera complementaria".

Segundo, creo, aunque no quiero aquí disputar sobre ello, como sobre una cuestión de opinión, con quienes piensen de otro modo, que precisamente para el campo económico, en el que tenemos que ver de manera tan predominante con acciones humanas conscientes y calculadas, de aquellas dos fuentes del conocimiento la primera, la objetivista, en el mejor de los casos solo puede aportar una parte bastante pobre y, sobre todo, por sí sola del todo insuficiente del conjunto del conocimiento alcanzable.

Pero tercero —y esto concierne especialmente a la crítica de Marx— he de exigir con toda determinación que, cuando se maneja el método objetivista, se lo maneje correctamente. Constátense las conexiones externas, objetivas, que de manera fatídica, con o sin saber, con o sin voluntad de quienes actúan, dominan sus acciones; pero constátense entonces correctamente. Y eso no lo ha hecho Marx. Su tesis fundamental, de que el trabajo solo domina todas las relaciones de intercambio, no la ha constatado ni por vía objetivista a partir del mundo de los hechos externo, palpable, objetivo, con el cual está, por el contrario, en contradicción, ni la ha derivado de manera subjetivista de los motivos de quienes intercambian, sino que la ha puesto en el mundo como un aborto de una dialéctica tal vez más arbitraria y más ajena a los hechos como acaso nunca antes haya aparecido en la historia de nuestra ciencia.

Y todavía algo más. Marx no se ha mantenido en la línea "objetivista". No pudo evitar invocar también, sin embargo, motivos de quienes actúan como fuerza operante de su sistema. Hace esto principalmente con su invocación de la "competencia". ¿Es pedir demasiado que, si ya hace incorporaciones subjetivistas a su sistema, las haga de manera correcta, fundada y sin contradicción? Y contra esta justa exigencia ha vuelto a infringir Marx. Estas infracciones, que, lo repito, nada tienen que ver con la elección del método, sino que están proscritas bajo el imperio de cualquier método, han sido para mí la razón por la que he combatido y combato la teoría marxiana como errónea: representa, en mi opinión, el único género no permitido, ¡el género de las teorías falsas!

Por eso me sitúo, y me situaba ya desde hace mucho, en el punto de vista hacia el que Sombart quiere encaminar una futura crítica de Marx, que apenas habría que despertar. Él piensa "que se habría de intentar, sin embargo, una valoración y crítica del sistema marxiano del modo siguiente: ¿está la dirección objetivista en la ciencia económica justificada de manera excluyente o complementaria? Si se hubiera respondido a esta pregunta con un sí, entonces cabría preguntar además: ¿está mandado el método marxiano de una determinación cuantitativa de los hechos económicos mediante el recurso auxiliar ideal del concepto del valor? Si sí: ¿es el trabajo el contenido correctamente elegido del concepto del valor? Si sí: ¿son impugnables la demostración marxiana, la construcción sistemática, las conclusiones, etc.?"

Yo me he respondido desde hace mucho la primera cuestión previa metodológica a favor de una justificación "complementaria" del método objetivista. Igualmente estaba y está para mí fuera de duda que, para quedarme en las palabras de Sombart, también está mandada "una determinación cuantitativa de los hechos económicos mediante el recurso auxiliar ideal" de un concepto del valor. Pero la tercera cuestión, si el trabajo es el contenido correctamente elegido de este concepto del valor, la tenía yo desde hace mucho por decididamente de negar, y la cuarta cuestión, si la demostración marxiana, las conclusiones, etc., son impugnables, por igualmente decididamente de afirmar.

¿Cómo decidirá finalmente el mundo sobre esto? Sobre ello no tengo duda alguna. El sistema marxiano tiene un pasado y un presente, pero ningún futuro duradero. De todas las clases de sistemas económicos creo que están condenadas con mayor seguridad a la ruina aquellas que, como el marxiano, descansan sobre una base dialéctica hueca. El espíritu humano se deja imponer momentáneamente, pero no de manera duradera, por una hábil retórica. A la larga acaban siempre por imponerse los hechos, el sólido encadenamiento no de palabras y frases, sino de causas y efectos. En el ámbito de las ciencias naturales una obra como la marxiana sería ya hoy una imposibilidad. En las muy jóvenes ciencias sociales pudo alcanzar influencia, gran influencia, y probablemente solo la perderá lenta, muy lentamente. Lentamente, pues tiene su apoyo más poderoso no en las cabezas convencidas de sus partidarios, sino en sus corazones, en sus deseos y apetencias. Tiene además mucho de que vivir gracias al gran capital de autoridad que se ha granjeado en mucha gente. He dicho en las palabras iniciales de este ensayo que Marx, como escritor, tuvo gran suerte. No la menos afortunada circunstancia de su destino de escritor me parece ser que la conclusión de su sistema apareciera apenas 10 años después de su muerte, casi treinta años después del primer tomo. Si las doctrinas y constataciones del tercer tomo hubieran llegado a la vista del lector aún imparcial al mismo tiempo que el primer tomo, habrían sido entonces, creo, solo pocos los lectores a quienes la lógica del primer tomo no les habría parecido sin embargo algo dudosa. Ahora una creencia en la autoridad arraigada a lo largo de 30 años forma un baluarte contra la penetración del conocimiento crítico, baluarte que, ciertamente con seguridad, pero sin embargo solo lentamente, se irá desmoronando.

Pero, también cuando esto haya ocurrido, con el sistema marxiano no quedará ciertamente superado también el socialismo; ni el teórico ni el práctico. Así como ha habido un socialismo antes de Marx, lo habrá también todavía después de Marx. Para lo que en el socialismo es impulsor —y que, a pesar de todas las exageraciones, algo en él es impulsor lo demuestra no solo el innegable refrescamiento que la teoría económica ha ganado con la aparición de los teóricos socialistas, sino también la célebre "gota de aceite social" con la que las medidas del arte de gobernar práctico suelen ungirse hoy en día por doquier, y en muchos casos ciertamente no en su perjuicio—, para aquello, digo, que en el socialismo es impulsor, sus inteligentes cabezas dirigentes ciertamente no dejarán de buscar a tiempo la conexión con un sistema científico más capaz de vivir. Intentarán cambiar el apoyo que se ha vuelto carcomido. Con cuánta o cuán poca depuración de las ideas en fermentación, lo mostrará el futuro. Quizá, es de esperar, que la cosa no sea sin embargo siempre simplemente empujada en círculo, sino que en esta ocasión un par de errores sean sacudidos para siempre y un par de conocimientos sean definitivamente ganados para el tesoro de un saber seguro y ya no puesto en duda por la pasión de partido.

Pero Marx mantendrá un lugar permanente en la historia de las ciencias sociales, por las mismas razones, con la misma mezcla de mérito positivo y negativo que su modelo Hegel. Ambos fueron personalmente genios del pensamiento. Ambos han ganado, cada uno en su ámbito, una influencia enorme sobre el pensar y el sentir de generaciones enteras, casi se puede decir, sobre el espíritu de la época mismo. Y su obra específicamente teórica fue en ambos un castillo de naipes ideado de manera sumamente ingeniosa, edificado con fabulosa fuerza de combinación en innumerables pisos de pensamiento, mantenido en pie con admirable fuerza de espíritu.

APPARATUS

Notes

Footnotes

  1. Cito el 1.er tomo de El Capital de Marx siempre según la (segunda) edición de 1872, el II tomo según la edición de 1885, el III según la de 1894, entendiéndose por III, salvo que se indique otra cosa, siempre la primera sección del III tomo.

  2. También W. Sombart, en la exposición ejemplar, clara y bien ordenada que hace poco dedicó al tomo final del sistema marxiano en el Archiv für Soziale Gesetzgebung (tomo VII, cuaderno 4, pp. 555 y ss.), considera las proposiciones citadas en el texto como aquellas que contienen la verdadera respuesta al problema planteado (op. cit., p. 564). Habremos de ocuparnos todavía repetidas veces, en lo que sigue, de este sustancioso e ingenioso artículo, a cuyas conclusiones críticas, sin embargo, no me hallo en condiciones de adherirme del mismo modo.

  3. Véase su escrito citado más arriba, en especial el parágrafo 13.

  4. III, 156; de modo enteramente similar en el pasaje antes citado, III, 158.

  5. III, 175 y ss. Cf. también las afirmaciones más breves III, 136, 151, 159 y a menudo.

  6. Zur Kritik des ök. Systems von Karl Marx, Archiv für soziale Gesetzgebung, tomo VII, pp. 584–586. Por lo demás, estoy obligado a destacar que Sombart, con el pasaje citado, solo se proponía combatir a Marx condicionalmente, a saber, para el caso de que Marx hubiera efectivamente asociado a su doctrina el sentido que se le atribuye en el texto. Él mismo le supone, en su intento de salvamento ya mencionado por mí, otra interpretación, a mi juicio algo exótica, de la que habré de hablar todavía especialmente más adelante.

  7. El precio de costo de una mercancía se refiere únicamente al cuanto del trabajo pagado contenido en ella: Marx, III, 144.

  8. P. ej., III, 187, donde Marx subraya «que, bajo todas las circunstancias, el alza o la baja del salario nunca puede afectar al valor de las mercancías...».

  9. Cf. III, 179 y ss.

  10. Este eslabón no lo intercaló Marx expresamente en el pasaje citado. Su intercalación es, sin embargo, evidente.

  11. A la opinión divergente de W. Sombart tomaré, como ya he mencionado, todavía especialmente posición.

  12. A saber, en la medida en que ha de mediarse por el factor «valor total», el cual, a mi entender, no tiene nada que ver con la masa de trabajo incorporada. Pero como en los eslabones siguientes aparece también el factor desembolso salarial, en cuya determinación interviene como elemento, ciertamente, la cantidad de trabajo a remunerar, la masa de trabajo encuentra de todos modos su lugar también entre los fundamentos de determinación indirectos del beneficio medio.

  13. Acertadamente objeta Karl Knies contra Marx: «Dentro de la exposición de Marx no se advierte absolutamente ningún motivo por el cual, junto a la ecuación: 1 quarter de trigo = a quintales de madera producida en el bosque, no haya de aparecer igualmente la segunda: 1 quarter de trigo = a quintales de madera crecida en estado silvestre = b yugadas de suelo virgen = c yugadas de superficie de pasto en praderas naturales». (Das Geld, 1.ª ed., p. 121; 2.ª ed., p. 157).

  14. En una cita de Barbou se difumina incluso, en este mismo párrafo, una vez más la diferencia entre mercancías y cosas: «Una clase de mercancía es tan buena como la otra si su valor de cambio es igual de grande. ¡No existe ahí ninguna diversidad ni distinguibilidad entre cosas de igual valor de cambio!».

  15. P. ej., p. 15 al final: «Por último, ninguna cosa puede ser valor sin ser objeto de uso. Si es inútil, también lo es el trabajo contenido en ella, no cuenta como trabajo (¡sic!) y no forma, por tanto, ningún valor». Sobre el error lógico censurado en el texto ya llamó la atención Knies. Véase Das Geld, Berlín 1873, pp. 123 y ss. (2.ª ed., pp. 160 y ss.). De manera extraña, Adler (Grundlagen der Karl Marxschen Kritik, Tubinga 1887, pp. 211 y ss.) ha malentendido mi argumento al objetarme que las buenas voces no son mercancías en el sentido marxiano. Pues para mí no se trataba en absoluto de si las «buenas voces» pueden subsumirse o no, como bienes económicos, bajo la ley marxiana del valor, sino más bien únicamente de establecer el modelo de una inferencia lógica que presenta el mismo error que la marxiana. Igual habría podido elegir para ello un ejemplo que no tenga relación alguna con el ámbito económico. Igualmente habría podido demostrar, por ejemplo, que según la lógica marxiana lo común a los cuerpos coloridos podría residir en sabe Dios qué, pero no en la mezcla de varios colores. Pues una mezcla de colores, p. ej., blanco, azul, amarillo, negro, violeta, vale para el colorido exactamente tanto como cualquier otra mezcla de colores, p. ej., verde, rojo, naranja, celeste, etc., con tal de que esté presente «en la debida proporción»: ¡por consiguiente, abstráigase manifiestamente del color y de la mezcla de colores!

  16. La posición que Smith y Ricardo adoptan respecto a la doctrina del valor-trabajo la he expuesto detalladamente en mi Geschichte und Kritik, pp. 428 y ss., y allí he demostrado en particular que en los citados clásicos no se halla rastro alguno de una fundamentación de aquella tesis. Cf. también Knies, Der Kredit, 2.ª mitad, pp. 60 y ss.

  17. P. ej., I, 141 y ss., 150, 151, 158 y a menudo; también todavía al comienzo del tercer tomo, así III, 25, 128, 132.

  18. P. ej., I, 150, nota 37.

  19. Véase más arriba.

  20. Naturalmente, prescindo aquí por completo de divergencias de opinión relativamente pequeñas; en particular, a lo largo de todo este artículo he renunciado a hacer valer, o siquiera a mencionar, los matices más finos que existen respecto a la concepción de la «ley de los costos».

  21. III, 169; véase también más arriba.

  22. Un análisis más preciso revela que el precio debe caer entre las cifras de la estimación monetaria de las llamadas «parejas marginales», es decir, entre los importes que, en el caso extremo, están dispuestos a ofrecer por la mercancía el último comprador que aún entra en juego y el primer interesado en comprar ya excluido de la compra, y con los que, en el caso extremo, están dispuestos a contentarse por la mercancía el último vendedor que aún entra en juego y el primer interesado en vender ya excluido de la venta. Lo más preciso véase en mi Positive Theorie des Kapitals, Innsbruck 1889, pp. 218 y ss.

  23. Véase más arriba.

  24. Véase arriba.

  25. Por ejemplo, I. 25: equivalente = intercambiable. "Solo como valor está ella (la tela) referida al chaqué como algo de igual valor o intercambiable con ella". "Al equipararse el chaqué, como cosa de valor, a la tela, se equipara el trabajo contenido en él al trabajo contenido en ella". Véase además págs. 27, 31 (la proporción en que chaqués y tela son intercambiables depende de la magnitud de valor de los chaqués), pág. 35 (donde Marx explica como lo "realmente igual" en el cojín y la casa intercambiados entre sí el trabajo humano), págs. 39, 40, 41, 42, 43, 50, 51, 52, 53 (el análisis de los precios de las mercancías, ¡también solo los reales!, conduce a la determinación de la magnitud de valor), pág. 60 (el valor de cambio es la manera social de expresar el trabajo empleado en una cosa), pág. 80 ("el precio es el nombre dinerario del trabajo objetivado en la mercancía"), pág. 141 ("el mismo valor de cambio, es decir, el mismo quantum de trabajo social objetivado"), pág. 174 ("Según la ley general del valor son, por ejemplo, 10 lbs. de hilo un equivalente de 10 lbs. de algodón y 1/4 de huso ..., si se requiere el mismo tiempo de trabajo para producir ambos lados de esta ecuación") y de modo semejante a menudo.

  26. I. 52.

  27. Por ejemplo, I. 14, nota 9.

  28. Op. cit. págs. 574, 582. Sombart no ha expresado literalmente esta afirmación en nombre propio, pero aprueba una manifestación de C. Schmidt que corre en esta dirección, a la que solo corrige en un detalle subordinado (574); dice además que la doctrina del valor de Marx presta precisamente este "servicio" (582) y, en todo caso, omite por completo contradecirla.

  29. De algún modo, ciertamente, una influencia que parte del factor objetivo, o que al menos guarda con él una conexión sintomática, ha de suscitar una motivación en los agentes; por ejemplo, en los casos empleados en el texto quizá el calor de julio, que actúa sobre los nervios, o el clima otoñal sombrío y de tono melancólico aumenten la disposición al suicidio. La influencia que procede del «factor objetivo» desemboca entonces, por así decirlo, en un motivo típico más general, como sería un trastorno nervioso o la melancolía, y obra sobre la acción a través de él. Que no cabe esperar regularidad en las acciones sin regularidad en los motivos es algo que, en efecto, sostengo también frente a la observación de Sombart, l. c. p. 593; pero, junto a ello, tengo por enteramente posible —con lo que Sombart, desde su punto de vista metodológico, acaso se conforme— que podamos percibir regularidades objetivas en las acciones humanas y comprobarlas inductivamente sin conocer ni comprender el curso de su motivación. Así pues, no acciones regulares sin motivación regular, pero sí conocimiento de acciones regulares sin conocimiento de la motivación correspondiente.

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